
La última crónica publicada por el periodista estadounidense Evan Gershkovich en el Wall Street Journal antes de su detención en Rusia acusado de espionaje denuncia que “la economía rusa empieza a desmoronarse” a medida que la invasión a Ucrania entra en su segundo año y las sanciones occidentales se hacen más duras. “Cae la inversión, escasea la mano de obra y se reduce el presupuesto”, advirtió Gershkovich en su artículo divulgado el pasado 28 de marzo, un día antes de su arresto en Yekaterimburgo, la cuarta ciudad más grande del país.
El informe de Gershkovich, coescrito por el reportero Georgi Kantchev, advierte que los ingresos en las arcas del Kremlin se encuentran actualmente en una trayectoria de menor crecimiento, probablemente a largo plazo, pese a que los primeros meses de la guerra impulsaron un aumento de los precios del petróleo y el gas natural que resultaron en una “ganancia inesperada” para Moscú.
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Señala que el gas y el petróleo, las principales exportaciones del país, perdieron clientes importantes y que las finanzas públicas están bajo presión: el rublo cayó más de un 20% frente al dólar desde noviembre. Además, la mano de obra se reduce a medida que los jóvenes son enviados al frente de batalla o escapan del país por miedo a ser llamados a luchar. Como resultado, la incertidumbre socavó la inversión empresarial.
“La economía rusa está entrando en una regresión a largo plazo”, afirmó Alexandra Prokopenko, antigua funcionaria del Banco Central ruso que abandonó el país poco después de la invasión, en declaraciones a Gershkovich.
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Pese a que no parece haber razones para preocuparse a corto plazo, hay quienes advierten y exigen al Kremlin tomar cartas en el asunto de inmediato. Tal es el caso del oligarca Oleg Deripaska, quien alertó que Rusia se quedará sin dinero en 2024 y pidió más previsibilidad a las autoridades de Moscú. “El año que viene no habrá dinero. Necesitaremos inversores extranjeros”, dijo categóricamente en el Foro Económico de Krasnoyarsk en Siberia.
Frente a esta situación, Rusia depende cada vez más de China, lo que amenaza con hacer realidad los temores en Moscú de convertirse en una colonia económica del gigante asiático, según Gershkovich.
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“A pesar de la resistencia de Rusia a corto plazo, el panorama a largo plazo es sombrío: Moscú se encerrará mucho más en sí misma y dependerá excesivamente de China”, aseguró Maria Shagina, investigadora del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres.
Mientras Vladimir Putin creía que podía utilizar el suministro energético ruso para limitar el apoyo de Europa Occidental a Ucrania, los gobiernos del Viejo Continente comienzan a buscar nuevas fuentes de gas natural y petróleo. Frente a esto, Moscú está vendiendo su petróleo con descuento respecto a los precios mundiales.
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El Fondo Monetario Internacional (FMI) calculó que la tasa de crecimiento potencial de Rusia era de alrededor del 3,5% antes de 2014, año en que se apropió de la península de Crimea en Ucrania. Pero Gershkovich advierte que, según algunos economistas, esa tasa ha caído hasta el 1 por ciento. “Para una economía como la rusa, el 1% no es nada; ni siquiera es un nivel de mantenimiento”, dijo Prokopenko, ex funcionaria del banco central.
El Instituto Gaidar de Política Económica, con sede en Moscú, añadió que la industria de Rusia atraviesa su peor crisis laboral desde 1993. Y Putin declaró recientemente que la escasez de mano de obra está obstaculizando la producción militar.
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Por otra parte, Gershkovich señala que las empresas privadas en Rusia se están adaptando a las prohibiciones de importación de Occidente. Y recuerda que, antes de las actuales sanciones, Moscú había intentado sustituir las importaciones por productos nacionales, pero con poco éxito. “Es un poco como volver a la época soviética y hacerlo todo nosotros mismos”, afirmó Vasily Astrov, economista del Instituto de Estudios Económicos Internacionales de Viena. “Será casi imposible sustituir adecuadamente lo que falta”.
Ilya Korovenkov, director de Chili Lab, una empresa de tecnología de la información, reveló que antes de la guerra los clientes solían encargar nuevas capacidades y que ahora el trabajo se centra en arreglar y mejorar los sistemas existentes. Analistas del banco central han definido a la situación como una “industrialización inversa”, sugiriendo una dependencia de la tecnología menos sofisticada.
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Gershkovich afirma que, frente a todos estos cambios, la economía rusa depende cada vez más del Estado y que el crecimiento de la producción industrial ahora procede de fábricas de armas. Y apunta a que la producción militar oculta los problemas. “No es un crecimiento real y productivo. Esto no desarrolla la economía”, le explicó Prokopenko.
Para 2023, la mayoría de los analistas prevén otra caída del PIB en Rusia y, según el FMI, en 2027 la producción económica será un 7% inferior a lo previsto antes de la guerra. “La pérdida de capital humano, el aislamiento de los mercados financieros mundiales y las dificultades de acceso a la tecnología avanzada obstaculizarán la economía rusa”, afirmó el FMI. Además, analistas de British Petroleum estiman que la producción total de petróleo de Rusia, que era de unos 12 millones de barriles diarios en 2019, se reducirá a entre 7 y 9 millones diarios en 2035.
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Y Gershkovich concluyó su artículo con una frase que dijo el economista Vasily Astrov cuando lo entrevistó: “No estamos hablando de una crisis de uno o dos años. La economía rusa seguirá una trayectoria diferente”.
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