
“Ahjjjjj”, expresaban con asco los rusos y daban vuelta la cara cada vez que escuchaban su nombre. En mayo de 1995 el desprecio por Gorbachov era unánime. Se estaba viviendo el peor momento desde la caída de la Unión Soviética con Boris Yeltsin al frente de Rusia y decenas de miles de “vivillos de pueblo” quedándose con cada pedacito del Estado. Lo que los soviéticos habían construido con enorme sacrificio personal durante setenta años se transformaba en enormes negocios de unos pocos. “Bueno para nada ese Gorbachov”, me dijo un “niño de la guerra” español, los chicos que había evacuado la República a Moscú para protegerlos en 1936. Más ruso que español, pero con su idioma intacto, él y sus compañeros habían visto sucumbir su segundo sueño. El primero en manos de Franco, el segundo en las de Gorbachov.
Los que estábamos allí para los festejos del 50 aniversario del fin de la II Guerra Mundial o la Gran Guerra para los soviéticos, era incomprensible que no se valorara en toda su dimensión lo que había hecho Gorbachov. Lo culpaban de algo que ya había ocurrido cuando tomó el poder. La Unión Soviética había implosionado, había caído por su propio peso mucho antes de 1985, que es cuando fue nombrado Secretario General del Partido Comunista. La Generación Komsomol, los tecnócratas formados en las juventudes comunistas que entendían que había que “desestalinizar” de una buena vez al país y hacer reformas económicas profundas, ya se estaban imponiendo en los gobiernos locales, particularmente del oeste y las repúblicas bálticas. La economía estaba totalmente colapsada. Podía haber sido Gorbachov, un hombre profundamente socialista, u otro. El cambio era imparable.
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Gorbachov lo entendió y comenzó con sus reformas que en un principio fueron llamadas uskoréniye (aceleración), pero después los términos glásnost (liberalización, apertura, transparencia) y perestroika (reconstrucción) se hicieron mucho más populares. En el fondo, fue salvar “los trapos”, reformar el sistema dentro del sistema, cambiar sin bajar las banderas. En cierta manera fue un romanticismo: cambiar la concepción opresiva comunista y su economía decadente manteniendo la red de contención estatal.
Sin embargo, los primeros cinco años de Gorbachov en el poder estuvieron marcados por logros significativos, algunos extraordinarios: un acuerdo de desarme nuclear profundo con Estados Unidos; retiró las fuerzas soviéticas de Afganistán, concediendo tácitamente que la invasión de 1979 y los nueve años de ocupación habían sido un fracaso; admitió las graves consecuencias del desastre de la central nuclear de Chernóbil, una franqueza inaudita en la Unión Soviética; permitió elecciones multipartidistas a nivel municipal como un ensayo para hacer lo propio a nivel nacional; combatió la corrupción dentro del partido y el Estado; liberó a disidentes prominentes como el físico Andrei Sájarov y otros prisioneros de conciencia; eliminó una enorme cantidad de las restricciones a la libertad de expresión lo que permitió la publicación de libros censurados y la exhibición de películas prohibidas; permitió la libertad de culto y estableció relaciones diplomáticas con el Vaticano; la lucha contra el alcoholismo.
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A pesar de estos cambios, Gorbachov quedó atrapado entre los reformistas que criticaban el lento ritmo de cambio y los conservadores que criticaban la extensión del cambio. Primero fueron los antiguos jerarcas y la KGB los que lo quisieron destituir, luego fue Boris Yeltsin, el oso en el bazar que llegó para romper todo. Gorbachov pasó a ser un héroe del mundo, menos Rusia.
Vladimir Putin es el emergente perfecto de la Era Gorby. Un ex agente secreto soviético convertido en capitalista rabioso que ayudó a crear la casta de los oligarcas quienes después le financiaron su consolidación en el poder. Y es ahora, precisamente, quien más deplora las reformas de Gorbachov. Su objetivo es recrear al gran imperio (ya sea el de los zares o el de los soviéticos) que Gorbachov dejó caer. Para Putin, el fin de la Unión Soviética fue la “mayor catástrofe geopolítica del siglo”, una “auténtica tragedia” para millones de rusos porque los dejó dispersos por las nuevas fronteras nacionales. El desastre fue causado, según Putin, por “los débiles nervios” de un líder demasiado dispuesto a plegarse a las exigencias de un Occidente traicionero y tramposo. “La parálisis del poder y la voluntad es el primer paso hacia la degradación y el olvido completos”, dijo Putin, refiriéndose al colapso de la Unión Soviética, en las vísperas de la invasión a Ucrania. “Perdimos la confianza sólo por un momento, pero fue suficiente para alterar el equilibrio de fuerzas en el mundo”.
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En Ucrania, Putin está luchando por recrear el imperio cuyo fin presidió Gorbachov, y está dispuesto a seguir matando a miles de personas en nombre de la restauración del dominio de Moscú sobre lo que reclama como tierras rusas. La invasión es apenas el corolario de sus esfuerzos denodados por terminar con todas las reformas que se realizaron en la URSS gorbachoviana, particularmente las referidas a la libertad de expresión. “Todas las reformas de Gorbachov han quedado reducidas a cero, a cenizas, a humo”, dijo al New York Times el periodista Aleksei Venediktov, amigo personal del ex líder.
Eco de Moscú, la radio que dirige Venediktov y que salió al aire por primera vez en 1990 y fue el símbolo de las nuevas libertades de Rusia, fue cerrada por el Kremlin inmediatamente después de que Putin ordenara la invasión del 24 de febrero. Lo mismo ocurrió con el periódico independiente Novaya Gazeta que Gorbachov ayudó a fundar con el dinero de su Premio Nobel de la Paz de 1990.
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Putin está empeñado en revertir todo lo que ocurrió en su país entre 1985 y 1990. Quizá se necesiten otros diez o veinte años para comprender la verdadera dimensión del cambio global que produjo Mijaíl Serguéyevich Gorbachov. El resultado de la aventura militar putinesca será determinante.
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