
El pilar del relato de Vladimir Putin para explicar sus políticas es la lucha permanente contra una OTAN malévola y expansionista. Justifica sus acciones porque de esa manera defiende los intereses y las fronteras nacionales de una alianza militar de sus enemigos europeos con Estados Unidos. Esa fue la razón que esgrimió para invadir Ucrania: dar un ejemplo de lo que le podría suceder a cualquiera de sus vecinos que se le ocurriera expresar el mas mínimo deseo de integrarse a la OTAN. Tres meses más tarde, queda en claro que el “gran estratega” de Moscú cometió un error de cálculo extraordinario.
El hecho de que se convenciera a sí mismo de que las naciones occidentales no acudirían en ayuda de Ucrania por la sencilla razón de que no gozaba de la protección del artículo 5 de la alianza –si uno de los miembros es atacado, todos los otros acuden en su ayuda- demuestra la irracionalidad de su percepción geopolítica. La alianza se mostró mas unida que nunca y armó a las fuerzas ucranianas como antes lo había hecho con ningún aliado asociado. Antes de comenzar su invasión, no había ninguna perspectiva de una confrontación real rusa con la alianza militar occidental, ahora está luchando directamente contra el aparato militar más poderoso.
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Como esos personajes de los dibujos animados a los que lo acompañan a todas partes una nube que sólo lanza la lluvia sobre ellos, Putin ahora es desafiado por otros dos países que hasta hace apenas unas semanas mantenían su neutralidad militar. Finlandia y Suecia rompen con décadas de tradición no intervencionista para pedir la incorporación “inmediata” a la OTAN. Las une el espanto. Temen ser las próximas Ucranias. Es mejor estar ya bajo el famoso artículo 5 que esperar que la garra del oso ruso lance el primer manotazo para recibir la solidaridad occidental.

“Las encuestas de opinión sobre la pertenencia a la OTAN han cambiado casi de la noche a la mañana. Ahora hay una abrumadora mayoría a favor de la adhesión a la alianza tanto en Finlandia como en Suecia”, escribió el ex primer ministro finlandés, Alexander Stubb, en el Financial Times. “Para Finlandia la decisión ha sido más fácil, porque se basa en la política real. Durante la guerra fría fuimos neutrales por necesidad, no por elección. Finlandia no es neutral desde principios de los años 90. La tradición de neutralidad de Suecia ha sido más larga y más ideológica. Pero cuando las realidades cambian, ambos países se adaptan. Al fin y al cabo, la seguridad tiene que ver con la realidad, no con la ideología”.
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Se espera que ambos países nórdicos presenten formalmente la solicitud en los próximos días y que los 30 miembros activos los acepten con los brazos abiertos. Está previsto que asistan a la cumbre de la OTAN de junio en Madrid en calidad de “invitados”, lo que otorga a los dos Estados el estatus de observadores en todos los debates, excepto en los relativos a las capacidades nucleares. Aunque no se convertirían en miembros de pleno derecho hasta dentro de seis u ocho meses, debido a los procesos nacionales de ratificación, serían tratados como si lo fueran.
El Kremlin, por supuesto, renovó sus amenazas contra Helsinki y Estocolmo. “Naturalmente, lo tienen que decidir las propias autoridades de Suecia y Finlandia, pero deben comprender las consecuencias de ese paso para nuestras relaciones bilaterales y la arquitectura de seguridad europea en general que ahora está en crisis”, dijo la portavoz de la cancillería rusa, Maria Zajarova. Y el ex primer ministro, Dmitri Medvedev, advirtió que, si estas naciones se unen a la OTAN, Rusia reforzará su contingente militar, incluyendo el despliegue de armas nucleares, en el mar Báltico, cerca de Escandinavia.
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El premier británico Boris Johnson, que visitó ambos países el miércoles y firmó convenios bilaterales de seguridad, dijo sin mencionar el famoso Artículo 5, que tanto Suecia como Finlandia disfrutarían del mecanismo de defensa colectiva de la OTAN tan pronto como lo solicitaran. Los analistas militares no creen que Rusia esté en condiciones de intervenir inmediatamente contra estos dos países. Cuando se le preguntó sobre esa posibilidad al Secretario de Defensa británico, Ben Wallace, se encogió de hombros y dijo: “¿Con qué?...Rusia está muy debilitada militarmente. Ya perdió un 16% del total de sus fuerzas terrestres”.
“Con esta incorporación se produce el reajuste geopolítico mas importante en los países nórdicos desde hace una generación. Políticamente, es enorme”, dijo a The Telegraph, Pekka Toveri, ex jefe de inteligencia de las fuerzas de defensa finlandesas. “El mar Báltico se convertirá en un lago interior de la OTAN, donde la armada rusa no tiene capacidad para operar, excepto bajo el agua”.
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En términos históricos, las relaciones de Suecia y Finlandia con Rusia son complicadas desde hace siglos. El rey Carlos XII de Suecia invadió y conquistó partes del territorio ruso a principios del siglo XVIII, pero perdió la batalla en Poltava, en la actual Ucrania, ante el ejército del zar Pedro el Grande, y también su papel de potencia en el norte de Europa. En ese mismo proceso, el reinado de Estocolmo perdió Finlandia a manos rusas en otra guerra en 1809. Se creó el territorio autónomo del Gran Ducado de Finlandia dentro del imperio ruso.

Un siglo mas tarde, en medio del caos de la Revolución Rusa de 1917, Finlandia declaró su independencia el 6 de diciembre de ese año. Mantuvo ese estatus hasta la II Guerra Mundial, cuando la Alemania nazi y la Unión Soviética firmaron un pacto de no agresión que incluía un protocolo secreto que asignaba a Finlandia, así como a Estonia y Letonia, como parte la “esfera de influencia” soviética.
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El Ejército Rojo de Joseph Stalin atacó Finlandia en 1939, en lo que se conoció como la Guerra de Invierno en la que los finlandeses tuvieron que luchar solos, los aliados occidentales no le prestaron ninguna ayuda militar. Esto provocó que Helsinki se aliara con la Alemania nazi en una segunda guerra contra la Unión Soviética entre 1941 y 1944. Cuando se firmó el Armisticio de Moscú en septiembre de 1944, Finlandia perdió un 10% de su territorio. Tuvo que reubicar a 400.000 habitantes, el 11% de su población, de los territorios perdidos y pagar indemnizaciones de guerra por valor de 300 millones de dólares, unos 5.300 millones de dólares en términos actuales. Esto dejó a Finlandia con una enorme dependencia política y económica del Kremlin y aislada de Europa occidental. El presidente Urho Kekkonen, que gobernó entre 1956 y 1982, fue el gran cultor de esa “finlandinización”. La ahora poderosa tecnológica Nokia era entonces una empresa del Estado que fabricaba los uniformes militares rusos.
La caída de la Unión Soviética liberó a Finlandia que se adhirió a la Unión Europea en 1995, aunque no a la OTAN. Cambió la neutralidad por la no alineación militar. Hasta 2020, el 80% de los finlandeses creía que la paz se mantenía mejor manteniendo relaciones amistosas y vínculos económicos con Moscú. La invasión de Rusia a Ucrania los hizo cambiar de opinión. El 76% ahora está a favor de unirse a la OTAN y solo el 12% permanece en contra.
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Suecia se mantuvo como un Estado neutral y esto le permitió practicar una política exterior independiente, aunque después se supo que desde la década del 60 tenía un acuerdo secreto por el que Estados Unidos acudiría en defensa de Estocolmo en caso de un ataque de la URSS. Durante la Guerra Fría tuvo varios incidentes graves con los soviéticos, pero todos se resolvieron en forma diplomática. La oposición de Suecia a la adhesión a la OTAN fue siempre más ideológica. Su política exterior de posguerra se centró en el diálogo multilateral y el desarme nuclear, y durante mucho tiempo se vio a sí misma como mediadora en la escena internacional. Incluso, redujo su ejército tras el final de la Guerra Fría. La invasión y anexión de Crimea por parte de Rusia en 2014, le hizo cambiar el rumbo nuevamente. Reintrodujo el servicio militar obligatorio y aumentó el gasto en defensa. Ahora, hay una mayoría de suecos que dicen que es necesario sumarse a la OTAN.

Ambos países cuentan con fuerzas armadas muy bien pertrechadas y adiestradas. De hecho, muchos de sus soldados realizan frecuentes entrenamientos conjuntos con las tropas de la OTAN e incluso participaron en la intervención conjunta en Afganistán. Finlandia gasta el 2% de su producto interior bruto en defensa. Dispone de 62 cazas F-18 y recientemente compró 64 F-35. Tiene una reserva permanente de 900.000 hombres y mujeres, con capacidad para aumentar la movilidad en tiempo de guerra a 280.000. Suecia también cuenta con un ejército de similares proporciones en reclutas y tiene una poderosa flota de submarinos y aviones de vigilancia y reconocimiento de inteligencia. En Bruselas, los delegados militares europeos creen que ambas fuerzas reforzarán a la OTAN y le dará una ventaja comparativa en el Mar Báltico.
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En Bruselas también creen que este movimiento de los dos países escandinavos está creando una enorme controversia dentro de las propias fuerzas armadas rusas, particularmente la Marina, que de pronto se encuentra con unos enemigos que pueden bloquear la salida de la flota por el Báltico y hacia el Atlántico. “Creo que algunos en el Kremlin se preguntarán qué demonios está pasando. Rusia tenía una situación geoestratégica en Europa central y oriental que era muy beneficiosa. Tenían a Bielorrusia en el bolsillo, una parte de Ucrania en el bolsillo. Su flota navegaba libremente frente a Escandinavia”, dice con ironía Pekka Toveri, el ex jefe de inteligencia finlandés. “Entonces este ‘genio estratégico’ le da la vuelta a la tortilla y pierden el norte de Europa por completo. Ahora ya no tienen manera de que puedan proteger la península de Kola (alberga la Flota del Norte en el extremo noroeste de Rusia) y San Petersburgo si hay una guerra con la OTAN”.
El cambio geoestratégico de Finlandia y Suecia cambia definitivamente la relación de fuerzas en Europa del Este. Es un golpe que, evidentemente, no se vio venir Putin. De todos modos, por ahora debería estar mas preocupado por la suerte de sus tropas en el Donbás ucraniano. En las últimas horas perdió una división entera de sus mejores tanques y los soldados rusos retroceden en las zonas estratégicas del norte de Kharkiv.
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