Serguei tenía cuarenta y cinco años y vivía en Irpín. Su hija no quería velarlo, y le pidió por favor que se fuera. Serguei no quiso, dijo que esa era su ciudad y no pensaba dejarla. Resignada, Daria dejó a su padre y evacuó a Kiev. Vivió semanas de angustia sabiendo lo que pasaba en Irpín, los bombardeos permanentes al principio, la ocupación después y el combate urbano. En un momento, perdió la comunicación.
Solo después de casi cuarenta días de guerra, cuando las tropas rusas decidieron dejar la zona de Kiev (expulsados a fuerza de resistencia), Daria pudo encontrar a su padre. Ya estaba muerto. Según pudo reconstruir su hija, Serguei estaba en la calle y se encontró con soldados rusos que por algún motivo le dispararon. Murió en manos de las balas, no de los bombardeos. Su cuerpo quedó tirado en la calle, y recién cuando se abrió Irpín Daria pudo recuperarlo.


Ahora llora, desconsoldamente, y pide que se grabe el velatorio y se cuente la historia. Dos sacerdotes dicen sus oraciones mientras la familia mira el cajón. Serguei fue maquillado y vestido con un traje, pero aún se ven rastros de heridas en su rostro. “No es mucho lo que se puede decir en estas circunstancias. Solo acompañamos a la familia y pedimos que termine esta ocupación”, dice el sacerdote luego de la ceremonia. No tiene mucho tiempo para hablar, apenas termina la despedida de Serguei, cuatro personas sacan el cajón e inmediatamente entra otro, lo mismo sucede con las familias.
Los motivos de muerte no se distinguen en el cementerio de Baikove, en Kiev, uno de los más grandes de la capital. Ninguno de los velatorios sin embargo es seguido de entierro: allí solo se creman los cuerpos porque no hay lugar para más tumbas. Es uno de los cementerios más antiguos (fue inaugurado en 1831), y allí descansan personas principalmente de religión católica y luterana y de la iglesia ortodoxa.

Su crematorio, el que más trabaja hoy en Kiev, fue construido en 1975. Tiene una forma extraña, como velas superpuestas, un estilo futurista que contrasta con el resto del lugar. Al lado, una pequeña colina desde la cual sale el humo. Parecen ser las almas huyendo desde las entrañas de la tierra. Y todo alrededor, lápidas en marmol talladas con dibujos vívivos de las personas enterradas. No son tumbas minimalistas, al contrario, cada uno de los que allí descansa tiene una versión de sí grabada en la piedra. Algunos son retratados con el rostro que tenían al momento de la muerte, otros con una versión anterior, su hora alta.
En Baikove conviven ex combatientes de la Segunda Guerra Mundial, con los de la guerra del Donbás, del 2014 a esta parte. Los primeros pelearon junto a los rusos (en rigor, junto a la Unión Soviética), para expulsar a los nazis de Ucrania. Los segundos lo hicieron contra los rusos, también para explulsarlos del país. La asimetría parece cruel con este pueblo, que intenta dejar atrás los muertos de la guerra.

Justo después de Daria entra un joven al cementerio. Está visiblemente afectado y cuenta que vino a cremar a su abuelo. Cuando comenzó la guerra, el joven fue hasta Lviv para acompañar a su madre y su hermana, que buscaban dejar el país. Volvió pronto a Kiev para buscar a su abuelo pero llegó tarde: murió por COVID. No llegó siquiera a despedirlo y ahora, dice, debe velarlo solo porque el resto de la familia ya se fue.
El trabajo en el crematorio depende de los días. Cuando pueden, intentan hacer una ceremonia completa por cada fallecido, pero si en el día llegan demasiadas familias deben hacer despedidas resumidas. Desde que se fueron los rusos, el trabajo aumentó porque comenzaron a aparecer cuerpos. Antes se velaban mayormente soldados, hoy víctimas civiles.


El otro cementerio emblemático de la ciudad es el de Lukyanovskoye. Queda junto a la torre de televisión que fue atacada al comienzo de la guerra, y es el lugar donde suceden muchas de las ceremonias en homenaje a los que cayeron en combate. Allí tampoco hay espacio para ser enterrado, pero el lugar aún hoy es considerado un memorial al ejército ucraniano. De hecho, hay toda una área militar creada para enterrar a los soldados. Allí las lápidas tienen los mismos dibujos vívidos que en Baikove pero acá se ve a las personas vestidas con uniforme cargando armas, o con traje de piloto o incluso pueden verse los aviones que volaban.


El vínculo de los ucranianos con la muerte tiene demasiada relación con las guerras. Daria dice que no entiende por qué sucede eso, si su padre no era militar, no debió morir así. “Rusky, rusky”, dice permanentemente en su intento por dejar bien claro quiénes mataron a Serguei. “Los rusos”, significa. “Los rusos lo hicieron”. Es todo lo que dice mientras camina rumbo al auto para acompañar la camioneta que llevará el cuerpo de su padre al crematorio.
Fotos: Franco Fafasuli
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