
(Desde Varsovia, enviada especial) “Buenas noches, queridos pasajeros. Mi nombre es Enrique Piñeyro y estimo que la mayoría de ustedes me conoce”.
El que habla por el altoparlante es el piloto y dueño de este Boeing 787 Dreamliner. Es también el cineasta ítalo-argentino de Whisky Romeo Zulú ( 2004) y El Rati Horror Show (2010), y el chef detrás del restaurante Anchoíta. También fue piloto de LAPA (Líneas Aéreas Privadas Argentinas) e investigador de accidentes aéreos. Pero, más inherente a esta nota, es el comandante de un vuelo humanitario que partió el domingo 20 de marzo de Buenos Aires, Argentina, con destino a Varsovia, Polonia, para rescatar a unos cientos de ucranianos que escapan de la guerra y llevarlos hacia tres destinos dentro de Italia.
Piñeyro es el fundador de la organización Solidaire, que tiene una alianza estratégica con Open Arms y diferentes entidades de atención a refugiados. Crearon un corredor humanitario aéreo para poner a salvo a familias que abandonaron sus hogares y que buscan dónde ponerse a salvo hasta que termine este conflicto y poder volver a su tierra.

La semana anterior ya había realizado vuelos humanitarios entre Polonia y España. Él y su tripulación se pusieron al servicio de familias que fueron trasladadas a nuevos espacios de acogida gestionados por entidades de recepción de refugiados.
“Hace tiempo habíamos hecho un vuelo humanitario a Níger; era gente que había sido torturada y esclavizada. Todos habían sido esclavos. El alivio de estas personas era palpable. Reían, aplaudían, cantaban. La felicidad era total. Ya empezó en el despegue. Aplaudieron como locos, y yo pensé que era porque yo había hecho un buen despegue”, bromea Piñeyro en diálogo con Infobae desde la cabina de su nave mientras sobrevuelan el Sahara. Deja pasar unos minutos de silencio mientras un jet a propulsión pasa 300 metros por debajo. “En cambio en el vuelo humanitario de la semana pasada que hicimos con refugiados ucranianos, si bien está el alivio de encontrarse en un lugar en el que no bombardean a la población civil, eran familias desgarradas. Mujeres sin maridos, ancianas sin hijos, hijos sin padres. El clima era diferente”.
Y los chicos estaban desconsolados. Recuerda el caso de un adolescente de 12 años, que lloraba sin consuelo en los brazos de su madre: “Ella trataba de contenerlo, y era apenas más alta que él. Y su chiquito de 4 años mirando atónito”.

Escenas así se repetirán cuando salgan los vuelos de Varsovia hacia Roma, Cagliari y Palermo a partir del 21 de marzo durante tres días seguidos. Un itinerario casi non-stop. Es que el tiempo apremia. Mujeres, niños y ancianos, los no aptos para el combate en Ucrania, se ven obligados a dejar su tierra y sus seres queridos. A dejar atrás una parte de sí.
“También se nota la diferente actitud de Europa hacia los refugiados de Ucrania con respecto a los de otros lados”, aclara, pero resalta igualmente el miedo de esta gente, que no conoce el idioma, no conoce la cultura de los lugares que los acogerán. Se verán forzados a comenzar una vida nueva en el “mientras tanto”, con la imprevisibilidad y la espera constante acechándolos todo el tiempo.
En este vuelo hacia Varsovia se encuentra Zhanna Chuchman, ucraniana residente en Argentina desde hace 16 años, junto a su hija Eva, que se fue antes del festival de música de Lollapalooza y vino con lo puesto y un poco más. Ambas viajan a la capital polaca para encontrarse con la hermana de Zhanna, y sus tres hijos, de 15, 6 y 2 años, que lograron salir de Ucrania tiempo antes de que estallara la guerra.
Tiene las uñas pintadas de amarillo y celeste en honor a su patria que está siendo devastada. Y lleva una cinta con los colores ucranianos que ofrece generosa a esta periodista para que lleve consigo durante el trayecto. Zhanna está contenta y emocionada ante la idea de volver a encontrarse con su hermana, a la que no ve desde hace más de tres años. Y se siente feliz porque ella está a salvo en Polonia. El resto de su familia no tiene tanta suerte.

“No pueden salir, y tampoco quieren. Mi mamá vive en un pueblo cerca de Lviev. Hoy hablé con ella y lloró un montón. Está cuidando a mi abuela, que tiene 86 años y se quiere quedar, es todo lo que conoce, no quiere abandonar su hogar”.
Dice que “Lviev está relativamente tranquila en comparación con otros lugares” pero que sólo hace unos días tiraron un misil desde el mar Negro hasta un depósito aéreo. Ese tipo no tiene conciencia”. Y deja flotar en el aire el peso de aquel hombre no nombrado.
Ahora, el enorme avión está casi vacío. Transporta periodistas, fotógrafos y camarógrafos; trabajadores de la embajada de Ucrania y muchas donaciones. Pero dentro de un día estará repleto. A bordo irán “todos los que entren; todos los que se pueda”.
Fotos: Franco Fafasuli
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