
Rusia está levantando un escudo de seguridad a través de las ex repúblicas soviéticas de Asia Central para evitar que la tensión étnica o el terrorismo puedan desbordar las fronteras de Afganistán y desestabilizar la región. En la última semana el ejército ruso realizó una serie de ejercicios militares junto a las fuerzas de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), liderada por Moscú, y que incluye a Tayikistán, Bielorrusia, Armenia, Kazajistán y Kirguistán, que finalizaron en el campo de entrenamiento de Harb-Maidon, a menos de 30 kilómetros al norte de la frontera tayica con Afganistán.
A diferencia de los demás vecinos del norte de Afganistán, que reconocieron de facto al nuevo gobierno talibán instalado en Kabul y comenzaron a establecer relaciones de trabajo con el régimen, Tayikistán se negó a reconocer al movimiento islamista e incrementó el número de tropas a ambos lados de la frontera.
De los ejercicios que se prolongaron por seis días participaron más de 5.000 militares, la mitad de ellos rusos, con unos 500 vehículos militares. Se sabe que las fuerzas rusas también practicaron el uso de nuevas armas durante los ejercicios, incluyendo rifles de precisión laser y lanzallamas dirigidos por drones. Estas mismas fuerzas ya habían realizado una serie de ejercicios similares, aunque de menor envergadura, en agosto y septiembre en la misma zona de las inmediaciones de la frontera afgana. El ministro de Defensa ruso, Sergei Shoigu, declaró que “es muy importante para nosotros que las fuerzas armadas de Tayikistán y Uzbekistán estén preparadas para defenderse de posibles amenazas, aunque los líderes talibanes digan que no harán ninguna incursión a través de la frontera ni ataques a los vecinos”.

Al Kremlin le preocupa la posibilidad de que militantes islamistas se infiltren en las antiguas repúblicas soviéticas centro-asiáticas, que Moscú considera su colchón defensivo del sur. Rusia tiene una base militar importante en Tayikistán y anunció que brindará ayuda al gobierno de Dushanbe en caso de cualquier intrusión transfronteriza. La mayor amenaza proviene del ISIS, el Estados Islámico, que se enfrenta a los talibanes y los atacan desde que estos llegaron a Kabul a mediados de agosto. En estos dos meses se produjeron decenas de letales atentados. Los extremistas islámicos creen que los talibanes no son suficientemente rigoristas con respecto al islamismo sunnita que ellos practican.
Precisamente, en los ejercicios las tropas practicaron acciones contra milicianos invasores y los aviones de ataque rusos Su-25 bombardearon objetivos simulados que imitaban camionetas blindadas como las que usan los talibanes. El jefe del Distrito Militar Central de Rusia, el coronel Alexander Lapin, dijo que el ejercicio se llevó a cabo “en el contexto de la desestabilización de la situación en el vecino Afganistán, con el fin de trabajar en las cuestiones de repeler posibles amenazas y la interacción práctica para garantizar la seguridad y mantener la estabilidad de Asia Central”.
Mientras tanto continúan las negociaciones diplomáticas. Una delegación de alto nivel de los talibanes visitará Moscú esta semana para mantener conversaciones en las que también participarán delegados de China, Pakistán, India e Irán. Aunque Zamir Kabulov, representante especial del presidente Vladimir Putin para Afganistán, dijo que “no se espera ningún avance sustancial”. También estará en la capital rusa un enviado de Washington con la intención de coordinar una posición en común para las relaciones con los talibanes.

Los hombres de turbante negro que gobiernan Afganistán cometieron un error al abrir las cárceles y dejar que escaparan no sólo sus militantes sino cientos de terroristas del denominado ISIS-K o Provincia del Estado Islámico de Khorasan, la filial regional de la organización que opera en Afganistán y Pakistán y que son enemigos de los talibanes. El peligro se evidenció con el atentado del 26 de agosto en el aeropuerto de Kabul, cuando en medio de la retirada caótica que llevaba a cabo el ejército de Estados Unidos, con miles de personas hacinadas, desesperadas por huir del país, un atacante suicida hizo detonar la bomba que llevaba y causó la muerte de 170 afganos y 13 militares estadounidenses. El kamikaze fue identificado como Abdul Rahman el Loghri, liberado 11 días antes por los talibanes de la cárcel de Bagram, que era hasta ese momento la principal base militar de Estados Unidos en Afganistán.
Las principales agencias de inteligencia occidentales atribuyen al ISIS-K algunas de las peores atrocidades que se cometieron en Afganistán en los últimos años como ataques dirigidos a escuelas de niñas, hospitales e incluso una sala de maternidad donde mataron a tiros a mujeres embarazadas y enfermeras. A diferencia de los talibanes, cuyo interés se limita a Afganistán, el ISIS-K es parte de la red global del Estado Islámico que busca atacar “objetivos occidentales, internacionales y humanitarios” donde sea que puedan alcanzarlos. Su principal bastión en territorio afgano está ubicado en la provincia oriental de Nangarhar, cerca de las rutas de tráfico de drogas y personas que entran y salen de Pakistán. En su momento de máximo poder el grupo contaba con unos 3.000 combatientes, pero sufrió bajas significativas en enfrentamientos con las fuerzas de seguridad estadounidenses y afganas, y también con los talibanes. Aunque, al mismo tiempo, recibió a decenas de militantes talibanes que abandonaron sus filas por considerar a ese movimiento como “blando”.
De estas fuerzas es que Rusia quiere blindar las fronteras de sus aliados. En el Kremlin saben que la desestabilización de esas repúblicas llegaría rápidamente a las regiones del Cáucaso y otras aledañas donde viven unos 14 millones de musulmanes.
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