
Vladimir Putin, con el objetivo fijo de reestablecer y consolidar a Rusia como una potencia mundial, avanza sus fichas del tablero geopolítico en África, donde cada vez afianza más su influencia militar en detrimento de los líderes de Occidente.
Si bien Estados Unidos ha prometido reavivar sus compromisos económicos y comerciales en África, el gobierno de Joe Biden plantea una menor intervención internacional y un disminución de tropas, lo que hace que su presencia sea más estratégica que activa. En cambio, Moscú ha ido construyendo alianzas militares con un perfil cada vez más alto: solo en los dos últimos meses firmó acuerdos de cooperación castrense con Nigeria y Etiopía, las dos naciones más pobladas de África, y ha estrechado sus vínculos con otros países como Libia o Mali. Se trata, en varios casos, de naciones que han enfriado sus relaciones con Occidente.
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En 2019, en la primera Cumbre Rusia-África celebrada en Sochi, Putin prometió que Rusia no participaría de “un nuevo ‘reparto’ de la riqueza del continente”, sino que apostaría por “la competencia por la cooperación con África”. El segundo encuentro está previsto para 2022, pero mientras tanto el Kremlin avanza sus relaciones con asistencia alimentaria y médica, además de los acuerdos comerciales y militares.
El prestigioso Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (Sipri, por sus siglas en inglés) estima que África representó el 18% de las exportaciones de armas rusas entre 2016 y 2020. Y cada oportunidad que Washington deja abierta es una ventana por la que Rusia intenta entrar.
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En julio, Reuters informó que el Congreso de EEUU frenó un proyecto de venta de armas a Nigeria valuado en 1.000 millones de dólares por las acusaciones de abusos de los derechos humanos por parte del gobierno. No pasó ni un mes hasta que Rusia firmó un acuerdo con la administración del presidente Muhammadu Buhari para suministrar equipamiento militar, formación y tecnología a las fuerzas nigerianas.
En el caso de Etiopía, la Unión Europea retiró a sus observadores electorales en junio alegando “la violencia continua en todo el país, las violaciones de los derechos humanos y las tensiones políticas, el acoso a los trabajadores de los medios de comunicación y los miembros de la oposición detenidos”. Rusia envió a los suyos tras una reunión entre el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergei Lavrov, y su homólogo etíope, Demeke Mekonnen.
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Los avances no son una novedad. Ya en 2018, bajo el gobierno de Donald Trump, el entonces asesor de seguridad nacional de Estados Unidos, John Bolton, señaló la “influencia expansionista de Rusia en toda África”, por lo que instaba a que Washington mantenga un punto de apoyo en el continente.

Pero Rusia también avanza por canales no oficiales, a través de mercenarios no reconocidos por el estado que han proporcionado ayuda directa a los gobiernos de Libia y la República Centroafricana, según la ONU. El Kremlin insiste en negar sus vínculos con el Grupo Wagner, una organización paramilitar que, según la ONU, ayuda a los abusos de los derechos humanos en la región.
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En el caso de Francia, de larga historia colonial en el continente, y que todavía es el país con mayor número de tropas en la región, su imagen se deteriora y su influencia es cada vez menor.
En abril, el presidente francés Emmanuel Macron apoyó una transición dirigida por los militares en Chad, del mandatario chadiano Idriss Deby, muerto en combate con las fuerzas rebeldes en abril, a su hijo. Esto violó la constitución del país y provocó protestas antifrancesas y escenas de vandalismo contra empresas multinacionales.
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Distinta fue su perspectiva en el caso de Mali: cuando el coronel Assimi Goïta estableció el gobierno militar, Macron denunció el golpe y suspendió una operación militar conjunta con el ejército maliense. Las protestas posteriores también fueron hostiles hacia Francia, mientras se veían banderas y carteles rusos.

“París es incoherente en su tratamiento de los regímenes amigos, consintiendo un traspaso de poder inconstitucional en Chad, pero adoptando una línea más dura tras un golpe de Estado en Malí”, dijo Louw Nel, analista político principal de NKC African Economics, en declaraciones recogidas por CNBC.
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“Dada la clara tendencia negativa de la estabilidad política en Malí, hay razones para considerar el peligro de que acabe pareciéndose a la República Centroafricana, donde el débil gobierno del presidente Faustin-Archange Touadéra se mantiene esencialmente gracias al músculo ruso: los mercenarios del Grupo Wagner de Yevgeny Prigozhin”, advirtió Nel.
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