
Los escoceses se sienten nuevamente traicionados. En el referéndum independentista de 2014, el 55% votó en contra porque Londres le seguía prometiendo ser la vía para continuar unidos al resto del continente. El Brexit tiró todo eso al Mar del Norte. Habían sido engañados. Sacrificaron su sentimiento independentista para seguir en la Unión Europea y los vecinos del sur terminaron con las dos opciones a la vez. Ya había sucedido hace tres siglos. La historia parecía repetirse una vez más y trasladarse a 1707, cuando se firmó el Acta de Unión con Inglaterra.
El relato de un cronista inglés del siglo XVIII decía que 99 de cada 100 ciudadanos escoceses se oponían a la unión. Pero la situación económica del país después de una calamitosa aventura colonial en tierras panameñas del Darien era tan desesperada que gran parte de los parlamentarios aceptaron un muy generoso cheque de casi 400.000 libras esterlinas por firmar la unión entre los dos países. Se suponía que esas fortunas iban destinadas a las arcas comunes de todos los escoceses. Obviamente, terminaron en los bolsillos de los propios parlamentarios. Los ingleses se aseguraron así la sucesión protestante al trono del país y la exclusión de los católicos. Robert Burns, el más célebre poeta escocés, lo expresó así: “Se nos compra y se nos vende por el oro inglés. ¡Vaya Hatajo de canallas en una pequeña nación!”
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Ahora, los escoceses vuelven a tener una oportunidad para reivindicar sus derechos y su impronta europeísta. Los partidos de las Highlands favorables a la independencia, y a un nuevo referéndum para conseguirla, obtuvieron la mayoría de escaños en el Parlamento regional en las elecciones de la semana pasada. El Partido Nacionalista Escocés (SNP) ganó con más del 47% de los votos y obtuvo 64 asientos en el parlamento escocés. Junto a los Verdes, tendrá un sólido control de la Asamblea autónoma. La carismática primera ministra Nicola Sturgeon se apresuró a informar que hará todo lo posible para llegar a un nuevo referéndum independentista para iniciar el proceso de reinserción en la Unión Europea. “Dado el resultado de esta elección, simplemente no hay justificación democrática alguna para que Boris Johnson (el premier británico) o cualquier otra persona busque bloquear el derecho del pueblo de Escocia a elegir nuestro futuro”, dijo Sturgeon.

El apego escocés a la UE quedó claro en el referéndum del Brexit, cuando una mayoría del 62% de los escoceses se decantó por seguir en Europa. Es evidente que la salida del club europeo representa un importante diferencial político con respecto a la situación de 2014.
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De todos modos, nada hace predecir que esta situación se resolverá en poco tiempo y que la UE vuelva a tener a un trozo británico. En principio, tanto Sturgeon como Johnson saben que hasta que no se supere la pandemia de coronavirus no podrá haber ningún cambio político sustancial. Y desde Londres invocan ligazones jurídicas que a pesar de que los nacionalistas escoceses pudieran ganar un referéndum para desprenderse del Reino, sería muy difícil de concretar. La llamada Ley de Escocia dice que la constitución es un “asunto reservado”. Por lo tanto, cualquier cambio en la forma en que se gobierna el país o quién está a cargo de ese gobierno debe ser aprobado por los políticos del Reino Unido que ocupan los escaños en el Parlamento británico de Westminster. Y esto requiere una intervención de los jueces máximos, una lucha entre interpretaciones que llevaría años. Algo parecido ya sucedió en Canadá con la arremetida independentista de Quebec en 1998.
Y la señora Sturgeon puede decir que la gran mayoría de los escoceses quieren la independencia, pero en realidad están divididos en dos zanjas profundas en la que los secesionistas tienen apenas una leve ventaja. John Curtice, un analista de encuestas explicó a la BBC: “El SNP más los Verdes llegan al 49% de los votos, y si se le suma Alba (partido nacionalista, pro independencia) pueden ganar el 51% de los votos en un nuevo referéndum. Escocia está dividida por la mitad en esta cuestión institucional”. Parecería que el sentimiento mayoritario escocés es el básico humano: que los escuchen. Y en ese sentido Johnson parece tener una sordera grave. El agresivo nacionalismo inglés, encarnado en personajes como Nigel Farage, líder del partido del Brexit, es unánimemente rechazado por los escoceses. No quieren tener nada que ver tampoco con “Boris”, un político del sur del país y que habla con un elitista acento inglés de Eton que suena casi hiriente en los oídos escoceses más acostumbrados a sus “eses” marcadas al estilo español. Sus políticas y retóricas les traen a la mente las humillaciones del pasado.
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Las regalías del gas y el petróleo del Mar del Norte están poniendo desde hace unos años las cosas un poco más equilibradas. Y es allí donde también aparece que más allá de las gaitas, las faldas a cuadros y el whisky hay una historia en común que sería difícil de enterrar. Los escritores Conan Doyle y Robert Louis Stevenson son tan escoceses como hijos del Londres victoriano. La filosofía de Hume y Adam Smith desarrolladas en Edimburgo, la Atenas del Norte, son inseparables de la historia política y social de todas las islas del Reino. Los cinco millones de escoceses y la diáspora repartida por Estados Unidos quieren lo mismo que hoy desean mayoritariamente los ingleses, tener una Gran Bretaña fuerte dentro de la unión europea. Algunos ya piensan en todo el Reino que la solución no está en Edimburgo sino en Londres y Bruselas: un referéndum para revertir el Brexit.
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