
“Bienvenido a la vida en la China de Xi Jinping. Donde las autoridades puedan entrar a tu casa en medio de la noche para intimidarte y hostigarte cuando ni siquiera eres sospechoso de un delito. Una tierra de confesiones televisivas forzadas y seis meses o más de prisión antes de tener acceso a un abogado”. Michael Smith, uno de los dos periodistas australianos que este lunes tuvo que abandonar China por miedo a ser arrestado, describió en un impactante artículo cómo fue su precipitada salida del país y cómo funciona la persecución del régimen de Beijing a la prensa extranjera independiente.
Smith, corresponsal en Shanghái del Australian Financial Review (AFR) y Bill Birtles, corresponsal en en Beijing del canal ABC, aterrizaron en Sidney el martes por la mañana. Sus nombres se añaden a la lista de periodistas extranjeros, especialmente estadounidenses, a los que recientemente se les negó el derecho a trabajar en China o fueron expulsados. Su fuga se produce tras el arresto, el mes pasado por una razón desconocida, de Cheng Lei, una periodista económica australiana que trabajaba para el canal estatal chino en inglés CGTN.
Smith detalló en en un articulo escrito en AFR que todo comenzó con la visita en plena noche de seis oficiales uniformados del Ministerio de Seguridad del Estado y un traductor que exigieron ingresar a su vivienda. “Me senté en el sofá vestido con mis calzoncillos y rodeado de estos visitantes no deseados. Un oficial me filmó con una cámara grande que se habría visto mejor en un estudio de televisión. Un foco brilló en mis ojos”, escribió.
Luego los funcionarios le leyeron una declaración en chino y la tradujeron “robóticamente” al inglés. Los agentes le informaron que se trataba de una investigación en el marco de la “seguridad nacional”, que no podía salir del país y que sería interrogado. El periodista dijo que por esos momentos temió tener el mismo destino que la presentadora australiana Cheng Lei, detenida en agosto y que trabaja para la televisión pública china, y quien está siendo investigada por una cuestión de “seguridad nacional”.

“Mientras el oficial leía un documento que describía las leyes de seguridad nacional de China, me preguntaba si, como Cheng, estaba a punto de ser ‘desaparecido’ en una de las famosas cárceles negras de China”, dijo Smith.
Los agentes le hicieron firmar la declaración que acababan de leer, que tuvo que confirmar con una huella digital. Luego se fueron. “Aliviado de que no me iban a llevar a un centro de detención, los seguí afuera y pedí una aclaración. ¿Qué acababa de pasar exactamente? ¿Qué querían? ¿Puedo tener una copia del documento? Mis solicitudes fueron denegadas bruscamente y se fueron hacia la noche. Mis vecinos ancianos estaban afuera mirando. Parecían asustados”.
En los días siguientes, Smith se refugió en secreto durante varios días en locales diplomáticos de su país, hasta que se llegó a un acuerdo para permitir su regreso a Australia. Lo mismo hizo Birtles, quien en las mismas horas había recibido una visita igual a la de Smith.
Smith dijo que pasó los siguientes cinco días en un lugar seguro, hasta que las autoridades australianas y chinas llegaron a un arreglo que preveía que los periodistas podían salir del país tras ser interrogados.
“Cuando entré en el pasillo tenuemente iluminado, me pregunté brevemente si alguna vez volvería a salir”, pensó Smith antes de ingresar a la sala del interrogatorio. La entrevista duró una hora, en la que le hicieron preguntas sobre sus actividades en China y sus relaciones con otros periodistas. “Me preguntaron si conocía a la señora Cheng. Mi información debe haber sido decepcionante dado que nunca hemos hablado”, dijo.
Luego pudo irse. Su prohibición de salida del país se levantó apenas unas horas antes de la salida de su vuelo. “El ruido sordo del sello del oficial de inmigración fue el sonido más dulce que había escuchado en mucho tiempo”, escribió Smith. No obstante, agregó, “a pesar de mi alivio cuando el avión despegó, fue un final decepcionante para casi tres años en China. Nunca pude despedirme de mis amigos, terminar historias en las que había estado trabajando o marcar la creciente lista de lugares para visitar”.

El periodista dijo que los acontecimientos plantean más preguntas que respuestas. “Por lo general, los corresponsales en China son atacados porque han escrito una historia particular que preocupa al Partido Comunista. Este no era el caso”.
Su análisis es que lo ocurrido fue un acto para intimidar al gobierno australiano en un momento en que se enfrenta a Beijing. “Éramos los únicos dos periodistas que trabajaban para medios de comunicación australianos en China en ese momento. La medida fue claramente política”, dijo Smith.
En los últimos años, Australia se opone a lo que considera, desde que el presidente Xi Jinping llegó al poder en 2013, la creciente influencia de China en Asia. El gobierno australiano también provoco el furor de Beijing hace unos meses por su petición de investigar los orígenes de la pandemia de covid-19. Desde entonces, China ha tomado una serie de medidas económicas de represalia contra Australia, su mayor socio comercial.
“Al final, alguien lo suficientemente importante estaba convencido de que las consecuencias diplomáticas de no permitirnos salir del país no valían la pena”, escribió.
“Mientras mi avión descendía sobre un soleado puerto de Sydney el martes por la mañana, no pude evitar pensar que la ciudad nunca se había visto tan bien”, concluyó Smith. “La ironía ahora es que estoy en otra forma de detención, 14 días de cuarentena en un hotel, pero la alternativa en China podría haber sido mucho peor”.
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