
Casi un millón de personas, la mitad niños y adolescentes, están protagonizando en este momento el mayor éxodo de la guerra en Siria. La ofensiva del régimen de Bashar al Assad sobre Idlib, en el norte sobre la frontera turca, está provocando una catástrofe humanitaria calificada por la Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, la ex presidenta chilena Michelle Bachelet, como “horrible”. Las imágenes de una bebé que murió de frío mientras su madre la llevaba en sus brazos bajo una intensa nevada, mostradas por Arwa Damon, la corresponsal de CNN, sacudieron la conciencia de muchos en el mundo, pero no la de los poderes que podrían terminar con esta nueva tragedia siria. Rusia es la que está ayudando al régimen de Damasco en la ofensiva y sus aviones son las que bombardean a la población civil. Las fuerzas de elite de Irán también participan. Turquía sólo quiere defender su territorio y evitar una nueva inmigración masiva. Estados Unidos ya se retiró de gran parte de Siria y no hay visos de que vaya a intervenir. Europa nunca se involucró realmente.
“Familias enteras, algunas de las cuales cruzaron Siria de una punta a otra en la última década escapando de la guerra, se encuentran de forma trágica con que las bombas son parte de su vida diaria”, lamentó Bachelet en un comunicado, en el que también se preguntó “¿cómo alguien puede justificar este tipo de ataques indiscriminados e inhumanos?”. Las filas de vehículos cargando a decenas de personas agotadas por el esfuerzo y el frío, carros arrastrados por caballos y miles más a pie, se extiende por kilómetros entre las montañas. El régimen sirio, apoyado por aviones rusos y milicias proiraníes, está siguiendo una estrategia de arrasar con todo en Idlib. Los helicópteros lanzan bombas de barril sobre hospitales, escuelas, mercados y casas. La ciudad y sus alrededores ya es apenas un montón de escombros que tapan a los muertos.

Para el régimen sirio todos en Idlib (la ciudad y la provincia tienen el mismo nombre) son “terroristas”. Allí hay cuatro millones de personas, muchos que llegaron escapando de la guerra en otras zonas del país. Civiles apoyados por los rebeldes prodemocráticos que fueron los que comenzaron el levantamiento militar contra la dinastía de Al Assad. Y entre ellos se esconden el remanente de muchos otros grupos armados como los afiliados a Al Qaeda y el ISIS. Turquía, que ya tiene tres millones de sirios refugiados en su territorio, cerró su frontera en 2015 para prevenir nuevas olas de inmigrantes. Esto dejó atrapados a los civiles entre las tropas turcas por un lado y las del régimen sirio y los aviones rusos por el otro. Tratan de sobrevivir en unos campos de las organizaciones humanitarias mal equipados y escasos de alimentos o en las montañas, donde las temperaturas bajan en la madrugada hasta 15 grados bajo cero. Naciones Unidas tiene en la zona 5.000 carpas y su portavoz dice que se necesitarían diez veces más.
En tanto, las fuerzas del régimen sirio apoyadas por rusos e iraníes avanzaron muy rápido por el sur y el este de la provincia y ya tomaron el pueblo de Al Atarib, apenas a 20 kilómetros de la frontera turca. Los camiones y la gente que viene de a pie avanza a uno o dos kilómetros por hora a causa del mal estado de las rutas y el hielo acumulado. El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, amenaza con responder a la ofensiva. Reclama que las tropas de uno y otro lado vuelvan a las posiciones acordadas a principios de febrero. También se violó el acuerdo que habían alcanzado en 2018 en Sochi por Erdogan y Vladimir Putin. Rusia considera que los turcos respaldan a los rebeldes opositores y que no logró separar a tiempo en Idlib a los terroristas de la oposición moderada, como había prometido. En Ankara dicen que Rusia quiere hacer en Idlib lo que ya hizo en Chechenia: arrasar con todo lo que pueda para cortar de raíz el sentimiento separatista. “Al Assad y los que apoyan su régimen quieren bombardear el país y convertirlo en uno donde solo vivan sirios leales, donde todos los posibles alborotadores hayan sido expulsados. Pero esto no traerá paz a Siria”, describió Rainer Hermann, en el diario Frankfurter Allgemeine Zeitung.
Los presidentes Erdogan y Putin volvieron a hablar el jueves, pero la conversación telefónica no los acercó. Turquía se está embarcando en un juego arriesgado. Está intentando que el ejército sirio vuelva detrás de los 12 puestos de observación a través de la frontera. Estos puestos fueron creados para controlar un alto el fuego para Idlib acordado en su momento por Moscú y Ankara con el apoyo de Irán. Pero también allí se juegan los intereses europeos. Si la ola de refugiados logra entrar a territorio turco, no se quedará allí porque no hay recursos necesarios para establecerse y querrán seguir viaje hacia Europa. Una nueva migración masiva hacia el norte, podría desestabilizar aún más a la Unión Europea, golpeada ya por el Brexit. Y Rusia pareciera tener la llave. Es Putin quien podría inclinar la balanza para uno u otro lado, detener los ataques y la salida de refugiados o continuar la ofensiva y crear un grave problema humanitario.
Mucho de esto recuerda a la guerra en la ex Yugoslavia, cuando Europa permaneció indefensa, perdida, y observó las masacres serbias. En aquel entonces, fue solo un ultimátum del diplomático estadounidense Richard Holbrooke al dictador serbio Slobodan Milosevic, y luego un bombardeo estadounidense, lo que puso fin a la masacre de civiles. Ahora, en la frontera turco-siria, Europa aparece otra vez sin respuestas más allá de entregarle dinero a Erdogan para que él haga el trabajo sucio. Y Trump está muy ocupado en conseguir su reelección.
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