
No habría Pedro Sánchez presidente del gobierno español sin Iván Redondo, el experto en comunicación política que formalmente trabaja con el líder socialista desde setiembre de 2017 pero que, unos meses antes, pronosticó en su blog The War Room que era perfectamente posible que el PSOE tumbara a Mariano Rajoy. Nadie le dio mucha importancia entonces, pero a pesar de que traía una experiencia más vinculada a candidatos del PP, el que sí lo escuchó fue el propio Sánchez, a quien ya había asesorado cuando ganó las primarias frente a Susana Díaz.
Un año después de que anunciara que una moción de censura contra Rajoy era posible (nunca había sucedido antes algo así en España) o, por lo menos, elecciones anticipadas si los escándalos de corrupción continuaban, se operó el milagro. Sorpresivamente, Sánchez dio unos pases mágicos y en pocas horas obtuvo el respaldo en el Congreso que lo obligó al líder popular a salir del gobierno por la puerta de atrás, aceptando la derrota, dándole la mano al jefe de la oposición y retirándose a su casa sin chistar.
Sin ser socialista, Redondo (38 años) se ganó así su lugar como jefe de Gabinete de Sánchez. Su influencia se fue haciendo cada vez mayor, y si bien dejó de hablar en público, nunca pasa desapercibida su presencia junto al presidente, quien le reconoce su talento estratégico para llevar al PSOE a recuperar los votos que se le fueron por izquierda a través de Podemos y, en las últimas semanas, los que se les escaparon del centro para instalarse en Ciudadanos.
Lejos de la perfomance que tuvieron Felipe González, que en 1982 obtuvo más de 200 escaños, y José Luis Rodríguez Zapatero, que alcanzó 164, Sánchez sacaría en las elecciones del domingo entre 134 y 139 escaños, superando largamente los 85 que arañó en las elecciones de 2016, cuando el PP llegó a 137.
Sería el tercer milagro de Redondo, que a pesar de que el desempleo llega al 14.7% y la economía empeora, logró que el candidato del PSOE se coloque bien en el centro del espectro político como antes lo hicieron los líderes del socialismo español, alejándose del independentismo con el que Sánchez ganó el gobierno hace 10 meses, y generando la visión de la "convivencia" como respuesta a la dura grieta que enfrenta a constitucionalistas y separatistas en la España dividida que se generó desde las proclamas de Carles Puigdemont.

No hay grandes secretos en los saberes de Redondo. Agudo lector de El Príncipe, de Maquiavelo, obsesionado analista de las elecciones norteamericanas, el hombre que transformó a Sánchez en el ave fénix de la política española, asegura que para lograr objetivos es necesario enfocar en "estrategia más que táctica", planificando el escenario como una partida de ajedrez donde no hay que apurar el desenlace sino el despliegue en la mitad del tablero, donde hay que "trabajar en lo que no se ve".
En el partido socialista no lo quieren mucho. No solo porque viene de trabajar con candidatos regionales del PP, sino por su método, alejado de las negociaciones partidarias y dedicado al testeo permanente de la opinión pública. Hay que decirlo, tampoco le interesan la ideología ni la gestión, asuntos que le deja a la dirigencia del PSOE, que "tiene pensadores y profesionales de alto nivel, con los que él jamás querrá competir", según explican cerca de él a Infobae.
Incluso, trascendió que en las últimas semanas existió una dura disputa entre Redondo y el secretario de Organización del partido, y ministro de Fomento del gobierno, José Luis Abalos, por la participación de Sánchez en los debates presidenciales.
Para el experto en comunicación, era más lo que se arriesgaba que lo que se podía ganar. Desde el principio, se negó a otorgarle un debate "cara a cara" con el jefe de la oposición, que hubiera posicionado a Pablo Casado, el líder del PP, como es tradición en la democracia española.
Ante tantas demoras por confirmar la participación, Sánchez no solo tuvo que ir a un debate, sino a dos y en días sucesivos, ya que quedó entrampado en la dialéctica propia de una campaña con candidatos exigidos por levantar el perfil en el último tramo antes de las elecciones, cuando el oficialista solo necesitaba no equivocarse. En el PSOE señalaron como responsable a Redondo y nadie salió a desmentirlo.
Esa tensión la hizo visible Sánchez en el primer debate, el realizado en la RTVE, donde se mostró nervioso, trastabilló más de una vez y quedó entre sorprendido y acorralado por los candidatos que parecían unirse para criticarlo, recibiendo golpes por izquierda, por derecha y por centro y, sobre todo, desnudando los límites de su personalidad un poco liviana, demasiado apegada al poder a como de lugar.
Para el segundo round, en cambio, ya estaba alertado. Se anticipó en algunos golpes, mostró indiferencia cuando querían encerrarlo y, más que nada, tuvo la habilidad de desaparecer de la escena cuando los dos partidos de la derecha presentes en el debate (el tercero no fue autorizado por la junta electoral) se peleaba por el liderazgo del espacio
En Madrid, dicen que en un viejo currículum vitae de Redondo figuraba que había estudiado "dirección de campañas electorales" en la George Washington University, pero que después eliminó esa referencia porque había participado de dos seminarios sobre el tema, pero que se realizaron en esta capital.
También cuentan que en el 2015 mantuvo una reunión con el por entonces diputado Pablo Casado, que en ese tiempo era el número dos de comunicación del PP, con quien se ofreció para trabajar con Rajoy. Y que durante esa entrevista, le dijo a Casado que le veía capacidad para transformarse en líder de los populares, a lo que el actual candidato le habría contestado "¡bueno, bueno, tengo tiempo!".
Rechazado en el PP, Redondo miró del otro lado del espectro y se encontró con que su talento para construir marcas políticas podría ser mejor valorada en un ámbito desahuciado. No se equivocó. Sánchez confió en su capacidad de planificar escenarios políticos a mediano plazo y se puso en sus manos, primero para alcanzar la secretaría general del PSOE e, inmediatamente después, para hacerse del gobierno español.
Ya obtuvo dos milagros y ahora va por el tercero: que Sánchez llegue a la Moncloa ganando las elecciones y sin pactar con los independentistas, que el 70% del electorado socialista rechaza. Hasta es capaz de pactar con Albert Rivera (líder de Ciudadanos que se pronunció a favor de una coalición de derecha) para lograrlo. Habrá que esperar hasta el domingo para ver si es verdad que no hay dos sin tres.
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