
La escuela primaria Joaquim Ruyra iba a ser demolida hace diez años, pero debido a la crisis continuó en funcionamiento en el viejo edificio de La Florida, una de las zonas con mayor conflictividad social de Barcelona. El 92% de los alumnos es de origen extranjero y más del 95% recibe una beca de comedor. Un error administrativo lo dejó con cinco maestros menos de los que le corresponderían, por lo cual en cada clase hay entre 25 y 36 niños.
Esos elementos ubican a las escuelas en el lado bajo de las mediciones de rendimiento. Pero no a esta escuela, que la prensa española ha calificado como milagro en la educación pública.
"Durante la última evaluación externa de sexto de primaria que realiza la Generalitat [de Catalunya], el porcentaje de estudiantes del Joaquim Ruyra con nivel alto sobrepasó con creces la media catalana", argumentó Alba Muñoz en El Mundo. "Según datos del Departament d'Ensenyament, un 55,2% de los alumnos este centro tienen un nivel alto de catalán, cuando la media de nivel alto en esta asignatura es del 25%. En lengua castellana, los alumnos con nivel alto del Ruyra llegan al 39,3% (la media es de 20,8%). En inglés, el 32,1% contra 24% y en matemáticas se alcanza un porcentaje prodigioso (un 58,7% contra un 30,6% de media)".

Una escena asombró a la redactora del periódico español:
—¿Cómo se dice luciérnaga en catalán? —preguntó un maestro a una colega que explicaba una lección a los niños de siete años.
—Cuca de llum —le repondió la mujer, y todos los niños corearon:
—¡Cuca de llum!
—No lo sabía, muchas gracias —respondió el maestro, y volvió a su clase.
Miquel Charneco, el jefe de estudios, le explicó luego a la periodista que esa escena le presentó una de las estrategias de enseñanza de la escuela: "Antes los profesores eran eruditos que leían más que el resto de la población. Quedaba muy mal hacerle según qué preguntas o demostrar desconocimiento. Ahora estamos en la sociedad de la información. Evidenciamos a propósito nuestro desconocimiento y la búsqueda de soluciones". También usan en clase el teléfono celular para averiguar datos.
Las aulas tienen las puertas abiertas y dentro de cada una hay por lo menos dos adultos que atienden a los niños: un profesor y un tutor; muchas veces hay más porque el colegio recibe voluntarios, muchos de los cuales son madres y padres de los estudiantes. En lugar de una clase magistral se realizan cuatro actividades de 20 minutos cada una —grupos interactivos—, y como todos pasan por cada una no hay disputas. En las paredes hay papeles escritos con letra infantil que funcionan como ayudamemoria sobre decimales o acentos. El aprendizaje es dialógico: en charlas, que pueden ser entre maestros y alumnos o entre los alumnos solamente.

"Si no entiendes un ejercicio, ¿quién te lo va a explicar mejor? ¿El profesor, el libro, o un compañero?", preguntó la directora, Raquel García. "Siempre es mejor que te lo explique un igual. Por eso aquí funcionamos al revés: si hay silencio en clase es que algo va mal".
Hace casi 10 años García y Charneco hicieron un curso de formación con un asesor del Departamento de Educación de la Generalitat sobre comunidades de aprendizaje, que es la metodología que aplican en el Ruyra. "El secreto de los nórdicos es que los maestros trabajan como médicos. Es decir, leen estudios y revistas científicas", dijo Charneco. "No quieres que tu dentista te saque una muela con un método de hace 30 años. Quieres lo más moderno y que esté avalado por la ciencia".
El barrio donde están los Bloques Florida —viviendas sociales levantadas durante el franquismo— solían estar habitados por familias gitanas. "En el año 2000 teníamos 15 chavales de origen extranjero; en 2016 el porcentaje se invirtió y ahora tenemos 15 nacionales, uno o dos por clase", dijo la directora. Los niños extranjeros suelen cambiar de escuelas, porque las familias se mudan o regresan a sus países de origen. "Tenemos una movilidad del 40%. A esto lo llaman escuela autobús, los alumnos entran y salen. Es lo que tenemos y con eso trabajamos. Buscamos la excelencia, la buena convivencia y la integración".

Muñoz habló con una madre voluntaria, Sadaf, nacida en Pakistán. "En este colegio puedes saber qué hacen los niños en clase. ¿Cuántos padres lo saben realmente?", dijo la mujer. "A otras familias de mi país les gusta que yo venga, y a mí también".
En su clase los niños trabajaban en cálculos, competían por ver qué grupo llegaba primero al resultado correcto: un cronómetro colgado en la pared los ayudaba. Otro padre presentaba un ejercicio de geometría como una operación de aparcamiento: "Hay que asegurar que el camión rojo pueda salir".
Si un voluntario no sabe realizar una operación matemática, por ejemplo, no hay problemas: basta con que se comporte como con sus hijos en su casa, que les facilite lo necesario para que haga sus deberes. Según la directora, tampoco importa si alguien se equivoca: al contrario, en realidad, porque los niños se dedicarán a rebatirlo y al argumentar fijarán la lección para siempre.
"El milagro del Joaquim Ruyra no sería posible sin una realidad que no tiene que ver con notas ni rendimientos", escribió la periodista de El Mundo. "Han conseguido que muchos padres hagan de voluntarios en los grupos interactivos, pero sobre todo han conseguido que en el barrio sientan que la escuela les pertenece, que no sean tímidos ni se sientan evaluados al cruzar el umbral de la puerta del aula".
Hay también una cuestión académica: "Los alumnos son receptores y reproductores de un método que entienden y disfrutan". Las comunidades de aprendizaje, que ya fueron avaladas por la Comisión Europea —son parte del proyecto Includ-ED— tienen esa característica: no se concentran tanto en cómo enseñan los maestros sino en cómo aprenden los alumnos.
Otra característica inusual: en el Ruyra adoran las inspecciones y exámenes. "Puede parecer extraño, pero la evaluación es fundamental para nosotros", comenta Raquel, y cuenta que además de las evaluaciones generales por norma, realizan otras "internas". Evaluaciones individuales que los alumnos viven como premios. "Después de muchos grupos interactivos, toca medir los niveles de competencias. Uno debe de ser consciente de su propio proceso de aprendizaje".
Chirine, una de las alumnas, definió el Ruyra: "Este cole tiene una forma expertísima de trabajar, que es interactuar y ayudar a los otros. Antes éramos solitarios. Aquí podemos ayudar hasta a los padres, porque a lo mejor sabemos cosas que ellos ya han olvidado".
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