
El calentamiento global podría agravar las consecuencias de los terremotos en el Ártico al desestabilizar laderas congeladas, según un estudio del Helmholtz Centre for Ocean Research Kiel (GEOMAR).
El trabajo analizó el terremoto de magnitud 6,5 que sacudió la isla de Jan Mayen el 10 de marzo de 2025, un territorio noruego deshabitado del Atlántico Norte. Ubicada a unos 500 kilómetros al este de Groenlandia y 550 kilómetros al norte de Islandia, la isla está asentada sobre una zona de origen volcánico. Allí, el sismo desencadenó un alud de rocas con impacto sobre glaciares.
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La investigación, publicada en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), buscó explicar por qué ese movimiento telúrico generó una inestabilidad inusual en una zona con antecedentes de actividad sísmica. La hipótesis central apunta a la degradación del permafrost, el suelo que permanece congelado de manera permanente y que ayuda a mantener la cohesión de la roca.

El terremoto de marzo activó una cadena de procesos sobre un volcán ártico
Jan Mayen alberga al volcán Beerenberg, el más septentrional del planeta en actividad. Su última erupción se registró en la década de 1980. Desde el borde del cráter descienden glaciares que recorren cerca de 2.000 metros hasta la costa, una característica que aumenta la vulnerabilidad del área ante sacudidas intensas.
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Según el estudio, el sismo principal provocó en cuestión de minutos una avalancha de rocas en una pendiente situada por encima del glaciar Kjerulf. Los investigadores estimaron que el derrumbe se produjo dentro de los tres minutos posteriores al terremoto y que movilizó entre 0,81 y 1,17 millones de metros cúbicos de material volcánico. El material se dispersó sobre la superficie helada y llegó a cubrir entre 30% y 50% del glaciar, hasta zonas cercanas a la línea costera.
Los científicos detectaron daños en dos glaciares y una falla de ladera inédita
El equipo internacional indicó que no solo el glaciar Kjerulf resultó afectado. Las observaciones satelitales también identificaron desprendimientos de hielo en el glaciar Weyprecht, vecino al primero. Ese fenómeno, conocido como calving, consiste en la fractura y separación de grandes masas de hielo desde el frente glaciar.
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Para los investigadores, el caso constituye “un ejemplo de peligros naturales en cascada”, en palabras del autor principal, Guilherme W. S. de Melo, investigador posdoctoral de la unidad de Geodinámica Marina de GEOMAR. El especialista sostuvo que el trabajo documenta por primera vez una avalancha rocosa desencadenada por un terremoto en Jan Mayen y señaló que la pendiente volcánica pudo haberse vuelto más frágil por el deterioro del terreno congelado.
El estudio también describe la presencia de molards, montículos de rocas y escombros vinculados a este tipo de procesos, localizados a unos 7 kilómetros del epicentro. Ese registro aportó indicios sobre la magnitud de la inestabilidad generada tras la sacudida.
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El deshielo del suelo permanente aparece como factor de debilitamiento
La clave del fenómeno, según los investigadores, está en el deterioro del permafrost. En las regiones frías, el hielo acumulado en grietas y fisuras actúa como un soporte natural que mantiene unidas las rocas. A medida que suben las temperaturas, esa estructura pierde solidez y las laderas quedan más expuestas a derrumbes.

Los autores subrayan que los terremotos no son inusuales en Jan Mayen. Sin embargo, al revisar 40 años de imágenes satelitales, no encontraron pruebas de un episodio comparable en extensión de escombros asociado a sismos previos. Esa diferencia llevó a considerar que no se trató solo de un evento sísmico aislado, sino de un temblor actuando sobre un relieve que ya venía debilitándose.
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En ese contexto, la pérdida gradual del hielo interno reduce la estabilidad de las fracturas, de modo que una vibración sísmica puede bastar para desencadenar desprendimientos de gran escala.
La reconstrucción combinó sismología, satélites, sonido atmosférico y datos climáticos
Para reconstruir la secuencia completa, el grupo de trabajo integró distintas fuentes de información. Utilizó registros sísmicos locales y regionales, modelización del movimiento del suelo, imágenes satelitales de alta resolución, mediciones de infrasonido y series de temperatura del aire junto con antecedentes climáticos. Los autores revisaron además registros térmicos correspondientes al período 1970–2025 para seguir la evolución del calentamiento en la zona.
Según ese relevamiento, las temperaturas medias de verano pasaron de 2 a 3 ℃ en la década de 1970 a 5 a 6 ℃ en los últimos años. En invierno, las medias subieron de -7 a -6 ℃ a -2 a -1 ℃, mientras que los episodios de frío extremo por debajo de -20 ℃ se volvieron mucho menos frecuentes desde la década de 1990.
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Ese cruce permitió establecer con mayor precisión el momento del derrumbe y evaluar sus consecuencias sobre el entorno glaciar. La combinación de métodos ofreció además una base para comparar este episodio con otros antecedentes de la zona y medir hasta qué punto la respuesta del terreno fue excepcional.
Los autores señalan que este tipo de análisis puede cobrar mayor importancia en regiones polares, donde la modificación paulatina del suelo congelado altera el comportamiento de montañas, acantilados y volcanes cubiertos por hielo.
El caso de Jan Mayen refuerza las alertas sobre riesgos encadenados en zonas frías
Los resultados del trabajo no se limitan a esta isla remota del Atlántico Norte. Para el equipo, el caso muestra cómo el cambio climático puede intensificar amenazas naturales sin ser el disparador inmediato del desastre. En Jan Mayen, el detonante fue un terremoto; en otros escenarios, puede ser el colapso de un glaciar o una masa mixta de hielo y roca.
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De Melo vinculó esta lógica con desastres recientes observados en otras regiones montañosas, como el ocurrido en la región fronteriza del Himalaya, donde el desencadenante directo fue un colapso glaciario.
A su entender, ambos hechos remiten a un mismo trasfondo: el aumento de la temperatura global y la degradación del permafrost pueden desestabilizar de forma progresiva laderas y glaciares, elevando la posibilidad de episodios encadenados.
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