Científicos de diversas universidades de Estados Unidos, Europa y otras regiones advirtieron que el ruido antropogénico, el generado por la actividad humana, altera de forma directa la comunicación, la reproducción y la supervivencia de numerosas especies animales.
La advertencia no proviene de un único estudio, sino de décadas de investigaciones acumuladas que apuntan a un mismo fenómeno: el estruendo constante de carreteras, industrias y ciudades funciona como una barrera invisible que desorienta, estresa y aísla a la fauna, con consecuencias que van mucho más allá de lo que se percibe a simple vista.
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La pandemia de COVID-19 ofreció, de manera involuntaria, uno de los experimentos más reveladores sobre este problema. Cuando el tráfico se desplomó y las ciudades enmudecieron, Jennifer Phillips, investigadora que lleva años estudiando el impacto del ruido en los animales, corrió al Presidio de San Francisco con su grabadora.

El hallazgo fue contundente: los gorriones de corona blanca del parque, que durante años habían cantado con trinos agudos y forzados para imponerse sobre el ruido del tráfico, volvieron a emitir melodías más suaves, complejas y de mayor alcance.
El parque era siete decibelios más silencioso, una diferencia comparable a la que existe entre el ruido habitual de una casa y un susurro. “Los pájaros podrían interpretar una canción con mayor intensidad, básicamente una canción más sensual, pero sin tener que gritarla tan fuerte”, explicó Phillips a MIT Technology Review.
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Décadas de evidencia acumulada
El campo de investigación sobre contaminación acústica y fauna silvestre despegó en la década de 2000, cuando la tecnología digital facilitó el registro y análisis de largos periodos de sonido en la naturaleza.
Uno de sus pioneros fue el biólogo Hans Slabbekoorn, quien estudiaba palomas en la ciudad de Leiden, en los Países Bajos, y notó que el ruido de fondo le impedía escuchar sus arrullos.
Esa pregunta, si él tenía dificultades para oírlas ¿Qué les ocurría a ellas? lo llevó a comparar los cantos de aves en zonas tranquilas con los de zonas ruidosas. El resultado fue claro: en los sectores con mayor nivel sonoro, las aves cantaban en tonos más agudos.
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Desde entonces, los estudios se multiplicaron. Los científicos documentaron que el ruido interrumpe la comunicación entre animales, eleva sus niveles de estrés, reduce su peso corporal y disminuye su tasa reproductiva.
Los azulejos orientales producen menos polluelos cerca de carreteras. El ruido extremo, como el de aviones en despegue, puede causar pérdida auditiva en las aves. Y los animales expuestos de forma crónica al estruendo se vuelven menos capaces de detectar depredadores, lo que los pone en riesgo directo.
La “carretera fantasma” y otras pruebas
Para descartar que los efectos negativos se debieran a otros factores y no al ruido en sí, el científico conservacionista Jesse Barber y su equipo diseñaron un experimento en las estribaciones de Boise, en el estado de Idaho.
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En una zona remota y sin carreteras donde miles de aves migratorias hacen escala cada año, instalaron altavoces entre los árboles y reprodujeron grabaciones de ruido de tráfico durante cuatro días, alternados con otros cuatro de silencio. Los resultados fueron claros: casi un tercio de las aves abandonó la zona cuando el sonido se activó, y las que se quedaron comieron menos y no acumularon el peso necesario para continuar su migración.

Otro experimento citado por MIT Technology Review, dirigido por David Luther, biólogo de la Universidad George Mason, confirmó que el impacto del ruido comienza desde el nacimiento.
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Polluelos de gorrión criados en laboratorio y expuestos al ruido urbano desde sus primeros días aprendieron únicamente cantos agudos, rápidos y sin matices. Los que crecieron sin esa interferencia desarrollaron melodías más suaves y complejas. El ruido modificó su forma de comunicarse desde la cuna.
Soluciones disponibles
A diferencia de otros tipos de contaminación, el ruido puede mitigarse de forma relativamente rápida actuando sobre sus fuentes. En el caso de Alverna, en los Países Bajos, una carretera muy transitada logró reducir su nivel sonoro en 10 decibelios gracias a un conjunto de intervenciones combinadas:
- Rebaje del trazado de la carretera, reduciendo su altura respecto del entorno para contener la propagación del sonido.
- Construcción de escalones laterales revestidos con piedra, que funcionan como barreras físicas y absorben parte del ruido.
- Plantación de árboles a lo largo del trayecto, que contribuyen a amortiguar el sonido.
- Reducción del límite de velocidad, de 80 a 48 km/h, disminuyendo el ruido generado por el tránsito.

Ninguna de estas medidas por sí sola resultó determinante, pero su aplicación conjunta permitió una disminución significativa del ruido.
Según el biólogo Fraser Shilling, de la Universidad de California en Davis, las barreras acústicas pueden disminuir el ruido en torno a 10 decibelios, lo que permite a especies sensibles recuperar hábitats.
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A esto se suma la electrificación del transporte, que reduce notablemente la contaminación sonora: un vehículo eléctrico puede generar hasta 13 decibelios menos que uno de combustión durante la aceleración urbana. En esa línea, ciudades como Alameda y Alexandria ya avanzan en la eliminación de equipos a gasolina, reemplazándolos por alternativas eléctricas más silenciosas.
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