
Un estudio ha demostrado que la exposición al PFOS, uno de los llamados “químicos eternos”, podría estar amenazando la viabilidad de las abejas y la calidad de la miel que producen, una situación que no solo pone en peligro a los polinizadores, sino que podría afectar gravemente la seguridad alimentaria.
La investigación, publicada en la revista Environmental Science & Technology y realizada por la Universidad de Nueva Inglaterra (UNE) en Australia, encontró que las abejas sometidas a una exposición crónica y subletal a niveles ambientales de PFOS presentaban alteraciones profundas en la expresión de proteínas cruciales para su función celular.
El impacto del PFOS en la salud y desarrollo de las abejas
En el trabajo dirigido por la doctora Carolyn Sonter bajo la supervisión de la profesora Susan Wilson, la profesora Romina Rader, el profesor Matthew Tighe y la doctora Manisha Shakya –todos de la UNE–, se detectó que el PFOS no solo se acumula en los tejidos de las colonias expuestas, sino que contamina la miel, estableciendo un puente directo entre la presencia del contaminante en el ambiente y el riesgo para el consumo humano y la biodiversidad.
Un hallazgo clave del estudio fue la detección de PFOS en el tejido corporal de la nueva generación de abejas juveniles. Sonter explicó que estas abejas presentaron un claro deterioro físico en comparación con el grupo de control: “Se detectó PFOS en el tejido corporal de la nueva generación de abejas juveniles, y estas mostraron un peso corporal menor que las abejas de control sin exposición a PFOS”.

Este descenso en el peso corporal tiene consecuencias en la biología de la abeja. Las abejas más pequeñas presentan glándulas de menor tamaño, incluidas las glándulas hipofaríngeas, responsables de la producción de jalea real, la sustancia nutritiva destinada a alimentar a las larvas y futura descendencia. “Un peso corporal menor indica una abeja más pequeña con glándulas más pequeñas, incluida la glándula hipofaríngea, que produce jalea real para alimentar a la próxima generación de abejas”, explicó Sonter.
El efecto en cascada es significativo: una reducción en la calidad o cantidad de jalea real compromete la salud y longevidad de la colonia, afectando el desarrollo vital de futuras generaciones.
La amenaza al ciclo reproductivo de las abejas melíferas europeas por efecto del PFOS supone un desafío directo para la agricultura. La doctora Sonter resaltó que la disminución progresiva de poblaciones de abejas por la contaminación “afectaría negativamente la polinización de los cultivos”, lo cual repercute en los rendimientos de alimentos fundamentales para la dieta humana.
Sonter advirtió que la pérdida de abejas dejaría al mundo con una dieta “muy aburrida y menos nutritiva”, dado que “la mayoría de los cultivos agrícolas dependen de las abejas para la polinización”, incluidas las bayas, frutas y la mayoría de las verduras.
El impacto es sistémico: la disminución de abejas comprometidas por PFOS reduciría la producción global de alimentos de origen vegetal, afectando tanto la variedad como el contenido nutritivo de millones de dietas humanas.

Origen, usos pasados y persistencia del PFOS en el ambiente
El perfluorooctanosulfonato (PFOS) forma parte de la amplia familia de los PFAS –siglas en inglés de sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas–, conocidas internacionalmente como “químicos eternos” por su alta persistencia ambiental. El PFOS fue desarrollado en la década de 1930 y, hasta inicios de la década de 2000, fue un componente común tanto en productos industriales como de consumo, incluidas las espumas formadoras de película acuosas empleadas para combatir incendios de alta temperatura.
Además, el PFOS resulta del proceso de degradación de productos como la sulfluramida, utilizada en ciertas regiones para el control de hormigas cortadoras de hojas en la agroforestería. A pesar de que su uso fue descontinuado en países como Australia, la contaminación heredada por PFOS y compuestos relacionados mantiene vigente la amenaza. Como explicó Sonter, “el legado del PFOS es permanente, al menos durante nuestra vida”.
Las rutas de exposición para las abejas son múltiples: pueden entrar en contacto con PFOS a través del polvo contaminado, el agua, pinturas usadas en las colmenas, productos fitosanitarios y el polen de plantas cultivadas en suelos y aguas contaminadas. La contaminación ambiental pasada sigue representando un riesgo activo y difícil de erradicar, tanto para las abejas como para otros organismos y cadenas alimentarias asociadas.

Uno de los principales aportes del estudio conducido por la Universidad de Nueva Inglaterra fue confirmar, bajo condiciones de laboratorio controladas, que el PFOS puede acumularse en las abejas y transferirse a la miel. Este descubrimiento abre nuevas preguntas sobre la magnitud del riesgo tanto para la cadena alimentaria de los polinizadores como para el consumo humano de productos derivados, como la miel.
El equipo investigador señaló la necesidad urgente de entender mejor el proceso de absorción del PFOS por las plantas y su posible transferencia desde el suelo hasta el néctar de la flor, lo que podría suponer una exposición indirecta pero constante para abejas y otros polinizadores. Sonter precisó: “Nuestros próximos pasos son comprender las vías de exposición de las abejas en el campo, porque si las plantas absorben PFAS y lo trasladan al néctar de las flores, esto tiene implicaciones para todos los polinizadores y consumidores de miel”.
A pesar de ser especies esenciales para la biodiversidad y la seguridad alimentaria, Sonter alertó sobre la baja cantidad de investigaciones enfocadas en el efecto de contaminantes ambientales sobre las abejas: “Aunque las abejas son un insecto tan importante, se las investiga y comprende poco en lo que respecta a las amenazas que representan los contaminantes ambientales”.

El equipo de la Universidad de Nueva Inglaterra, incluyendo el Grupo de Investigación en Ciencias de la Contaminación, el Laboratorio de Ecología Comunitaria Rader y el Grupo de Investigación en Ecología y Restauración Acuática, continuará en los próximos años con investigaciones orientadas a encontrar respuestas que permitan diseñar “pautas de protección para las abejas” y su entorno.
Entre las recomendaciones inmediatas, la doctora Sonter indicó que para reducir riesgos en el entorno doméstico, los usuarios pueden “evitar el uso de productos fitosanitarios que contengan PFAS en los jardines. ¡Muchos los contienen!”.
Cada una de estas evidencias, concluye el estudio publicado en Environmental Science & Technology, subraya el papel central de los químicos permanentes como una amenaza ambiental latente que afecta de manera directa e indirecta la producción de alimentos y el equilibrio de los ecosistemas fundamentales para la vida humana y la biodiversidad.
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