
La fiebre amarilla ha reaparecido con fuerza en la Amazonía, impulsada por la creciente expansión de asentamientos humanos sobre áreas previamente cubiertas de selva. Investigadores de la University of California - Santa Barbara advierten, en un estudio publicado en Biology Letters (2025), que este fenómeno está provocando cambios ecológicos profundos que multiplican la probabilidad de transmisión del virus a comunidades vulnerables.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) confirmó 212 contagios en 2025, una cifra que supera ampliamente los 61 casos registrados en 2024 y que enciende las alarmas ante un escenario epidemiológico cada vez más complejo.
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Esta tendencia preocupa a la comunidad científica y a organismos internacionales, que observan cómo el avance de la urbanización sobre la selva no solo transforma el paisaje, sino que crea nuevas interfaces entre el ambiente silvestre y las poblaciones humanas. Kacie Ring, investigadora de Universidad de California en Santa Bárbara, explicó: “La fiebre amarilla infecta cada vez más a personas que viven cerca del bosque”.

Según el equipo responsable del estudio, el factor central no es la simple fragmentación del bosque, sino el contacto directo entre urbanización y selva, que facilita el cruce del virus desde sus reservorios naturales hacia los asentamientos.
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El trabajo de los científicos se apoyó en la recopilación y análisis de datos sanitarios y ambientales de Brasil, Perú y Colombia durante el periodo 2000-2021, integrando información epidemiológica con imágenes satelitales de alta resolución. El resultado permitió trazar la evolución de la llamada interfaz urbano-forestal: el límite donde la ciudad y el bosque se encuentran.
Según el informe, esta franja crece en promedio un 13% cada año en las regiones estudiadas, lo que incrementa notablemente las oportunidades de contacto entre humanos y mosquitos vectores. De hecho, los modelos del equipo indican que un aumento del 10% en esta frontera puede elevar hasta 150% la probabilidad de que la fiebre amarilla salte de la selva a áreas urbanas.
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La expansión urbana genera mayor exposición a enfermedades transmitidas por mosquitos, ya que los bordes del bosque concentran altas tasas de infección tanto en humanos como en los propios vectores. Andy MacDonald, coautor del trabajo, advirtió: “La preocupación es que, cuanto más frecuentes sean estos saltos, más probable será que reaparezcan los ciclos urbanos de transmisión”.
El temor de los expertos radica en que, durante el siglo XX, la transmisión urbana de fiebre amarilla había sido controlada gracias a campañas masivas de vacunación y programas sostenidos de erradicación de mosquitos. Sin embargo, la situación actual es muy diferente.
Ring enfatizó que hoy sería inviable repetir aquellas estrategias, ya que los riesgos ambientales y la escasez global de vacunas plantean obstáculos inéditos. La OMS reconoció que las reservas internacionales de vacunas contra la fiebre amarilla se han reducido de forma significativa, en parte debido a la baja incidencia de casos en décadas pasadas, lo que llevó a muchos países a disminuir sus inventarios.
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Esta decisión, que parecía lógica en un contexto de control epidemiológico, ahora limita la capacidad de respuesta frente a brotes súbitos e imprevisibles.
El informe de la OMS detalla que los casos confirmados en 2025 se distribuyen tanto dentro como fuera de la Amazonía, lo que evidencia la creciente capacidad del virus para expandirse más allá de su nicho tradicional.
Los expertos advierten que el riesgo no se limita a áreas rurales o selváticas, sino que también alcanza a ciudades periféricas y polos urbanos en expansión. “Si los casos cambian de forma súbita, no estamos preparados para afrontarlo”, explicó MacDonald, quien subrayó la necesidad de fortalecer la vigilancia y la cobertura vacunal en regiones en riesgo.
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El estudio también alerta sobre la posible reaparición de otras enfermedades transmitidas por vectores como la malaria, el dengue y la leishmaniasis. La transformación del uso del suelo, junto con la deforestación acelerada, está creando condiciones propicias para la adaptación y proliferación tanto de los mosquitos como de los patógenos que transportan. El aumento de temperaturas, la alteración de los ciclos de agua y la fragmentación de hábitats tradicionales contribuyen a un escenario donde los brotes epidémicos pueden volverse más frecuentes y difíciles de controlar.

Para los investigadores, la frecuencia creciente de brotes en la Amazonía es indicio de un profundo desequilibrio ecológico con consecuencias directas para la salud humana y el ambiente. El avance urbano en áreas limítrofes no solo transforma el paisaje, sino que abre la puerta a riesgos sanitarios emergentes que desafían la capacidad de respuesta regional y global.
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La coordinación entre países, el refuerzo de las campañas de vacunación y la protección de los ecosistemas amazónicos aparecen, para los especialistas, como estrategias clave para evitar que la fiebre amarilla y otras enfermedades regresen con fuerza a los centros urbanos del continente.
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