
Entre las discusiones que se llevan a cabo en la Cumbre del Clima de las Naciones Unidas que se desarrolla hace 8 días en Glasgow, hay un tema que sigue sin resolverse: las contribuciones de 100 mil millones de dólares anuales prometida por los países desarrollados al resto del mundo.
En la COP15, que se celebró en Copenhague en 2009, se acordó un sistema de financiamiento climático que consistía en que los países más ricos movilizaran dinero hacia los países más pobres para promover políticas de mitigación y adaptación del cambio climático, entendiendo que las naciones emergentes son las afectadas por la crisis y a quienes más les cuesta acceder a los recursos necesarios para prevenir sus impactos.
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Sin embargo, si bien en la teoría la propuesta parece honesta y sensata, en la práctica tiene varios inconvenientes. El primero de ellos es la imprecisión de los términos del acuerdo: pues no se determinó cuáles instrumentos financieros eran válidos y cuáles no, por lo cual es difícil determinar con certeza si los términos se están cumpliendo o no.
A su vez, muchos organismos internacionales que llevaron registro de la movilización de recursos financieros, encontraron en casi todos los casos que la cifra no alcanzaba los 100 mil millones acordados. Si bien la cantidad de recursos movilizados del norte al sur global fueron en aumento, sigue sin alcanzar el objetivo.
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Una deuda histórica

Para algunas personas la iniciativa de financiamiento climático puede parecer un acto de caridad de los países desarrollados hacia los países en desarrollo, pero para muchas otras, es más bien una deuda pendiente. Esto se debe a que, en la mayoría de los casos, los países desarrollados, deben su riqueza a la explotación de los recursos naturales de países en desarrollo.
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El desarrollo industrial del norte global se debió en gran parte a la extracción de las materias primas del sur, en varios casos a través de relaciones coloniales desiguales. Por lo cual, desde una perspectiva histórica, la riqueza que acumula hoy el llamado primer mundo es el resultado de la explotación pasada y presente de esos territorios.
Sumado a eso, la crisis climática y ecológica que estamos atravesando es el resultado de ese desarrollo industrial basado en un modelo extractivista que destruye y contamina comunidades y ecosistemas. Por ende, a la hora de hablar de calentamiento global, hay países que tienen una mayor responsabilidad -sea presente o histórica-, y es por eso que el precio de 100 mil millones de dólares por año no puso para nada nerviosos a los países desarrollados, sino que más bien les dio una salida fácil.
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Canje de deuda por acción climática

En los últimos meses, el Gobierno Argentino puso énfasis en una propuesta que probablemente sea llevada a las mesas de negociación de Glasgow en los próximos días: el canje de deuda financiera por acción climática.
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La deuda externa es uno de los principales problemas de los países del sur global, y particularmente de la Argentina. Es por eso que, entre las propuestas de renegociación de la deuda, surgió la posibilidad de canjear una parte de la deuda por acciones climáticas concretas y medibles, tales como reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, frenar la deforestación, reducir los subsidios a combustibles fósiles o acelerar la transición energética, entre otras.
Hasta ahora, la iniciativa fue apoyada por distintos gobiernos latinoamericanos en el diálogo de líderes organizado por la Argentina en septiembre, y recibió también comentarios favorables de parte de dirigentes de organismos como el FMI y el Banco Mundial.
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Una oportunidad única

La COP26 tiene todas las condiciones necesarias para convertirse en un hito fundamental en el diseño de un sistema de financiamiento climático global que sea inclusivo y comprensivo de las responsabilidades históricas de esta crisis. Y nuestro país podría jugar un rol clave en ese proceso.
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La posibilidad de un sistema de refinanciamiento de la deuda externa a través de acción climática podría ayudar a disminuir el calentamiento global a la vez que reduce la presión financiera de los países del sur.
El mundo está recuperándose de la crisis de la pandemia e ingresando en una década decisiva en términos climáticos. La forma en que se aborden este y otros debates determinará el futuro de toda la humanidad: se puede trabajar en conjunto, entendiendo que nos enfrentamos a problemas de índole global, o seguir actuando de manera aislada e individualista, y afrontar las consecuencias de la crisis ambiental que ese paradigma generó.
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* Eco House es una organización sin fines de lucro especializada en educación, política, economía y voluntariado para la sostenibilidad. Cuenta con más de 700 voluntarios.
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