
La cuenta regresiva ya comenzó. En pocos días el clima volverá a estar en las agendas de líderes políticos del mundo, activistas y el público en general. Al menos, por un par de semanas. El domingo será el comienzo oficial de una cumbre tan esperada como la fue la de París en 2015. Se trata de la Conferencia de las Partes (COP, por sus siglas en inglés) en su edición número 26.
Sí, hubo 25 reuniones anteriores en las que los delegados de países de todo el mundo, reunidos por las Naciones Unidas, se juntaron para tratar de encontrar una salida a la crisis climática que se genera por el efecto invernadero que produce la concentración de gases contaminantes en la atmósfera.
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¿Qué es lo que tienen que acordar que demora tanto tiempo? Básicamente los países deben cambiar sus modos de consumo y producción de una manera drástica porque las evidencias científicas, que tienen más de 40 años, muestran que vamos en un camino ascendente en el aumento de la temperatura global promedio.
Este año el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) dio a conocer un reporte preocupante y urgente: la suba global promedio de la temperatura ya alcanzó 1,2 ºC, es decir tres décimas de grado menos que el límite que estableció el Acuerdo de París (de 1,5 °C, donde las condiciones de la vida en la Tierra podrían volverse extremadamente adversas). Incluso el informe dice que ya es inevitable alcanzar ese límite, por la inercia de las emisiones, y que los cambios, como el derretimiento de glaciares y los polos, son irreversibles.
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Esto lo que muestra es la urgencia de actuar. En 2015 los países se pusieron de acuerdo para trabajar en conjunto para bajar la emisión de sus gases contaminantes. Este año el Reino Unido, más precisamente la ciudad de Glasgow, será el anfitrión de la nueva cumbre, en la que se presentarán los planes de reducción de carbono para 2030.
Muchos países se han comprometido a llegar a un nivel cero en 2050. Esto significa reducir al máximo las emisiones de gases de efecto invernadero y equilibrar las emisiones restantes absorbiendo una cantidad equivalente de la atmósfera.
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Los expertos coinciden en que esta meta es posible pero requerirá que los gobiernos, las empresas y los individuos hagan grandes cambios.
Pero, entonces, ¿qué es lo que queda por discutir? Básicamente, lo más importante.
1. Artículo 6: Es el único que falta definir para poder poner en marcha el Acuerdo de París. Se trata de buscar coincidencias para definir los mecanismos financieros y no financieros de intercambio de emisiones. En pocas palabras: crear el mercado. Aquí hay varias aristas: que no haya doble contabilidad, por ejemplo, si un país le compra a otro, quién descuenta; la posición de Brasil y otros países de América Latina que plantean un “qué me dan a cambio si reduzco emisiones”. En conjunto, la energía, la agricultura y los cambios del uso de la tierra, incluyendo la deforestación, representan alrededor del 80% de las emisiones de la región. Y el transporte es la fuente de emisiones de GEI que más crecimiento está registrando en América Latina. La región, además, se encuentra particularmente expuesta a los eventos climáticos extremos, que se están volviendo cada vez más frecuentes. Entre 1950 y 2016, el Caribe sufrió 324 desastres provocados por el clima, que se llevaron las vidas de más de 250.000 personas y dieron lugar a pérdidas equivalentes a 22.000 millones de dólares.
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2. Financiamiento: El Acuerdo de París establece que, por año, se creará un fondo de 100.000 millones de dólares para que los países en vías de desarrollo puedan afrontar planes de mitigación (recortar emisiones) y adaptación (adaptarse a lo que la crisis climática provoque). Pero, a cinco años, no se logró reunir aún ese monto y tampoco se sabe quién pone la plata y para quién va.
3. Pérdidas y daños: Aunque la frase pareciera ser muy clara, relacionada con los países que ya sufren las consecuencias del cambio climático, no lo es tanto. No se refiere sólo a cuestiones económicas. Aquí se debaten los desplazamientos, la posible desaparición de países isleños hasta los daños en la salud que ocasiona, por ejemplo, la contaminación del aire. Siempre es un tema espinoso.
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4. Transparencia: Este punto se refiere no sólo a la claridad con la que deben ser repartidos ese flujo de fondos sino también a la contabilización de las reducciones. Las promesas de Net Zero (esto es emitir lo mismo que se captura o compensar) no deben servir como greenwashing ni para países ni para empresas. Este pedido de transparencia también está relacionado con la justicia climática ya que muchos países, responsables por la contaminación histórica, tienen las mismas obligaciones que otros que están en desarrollo. Esa inequidad entre regiones, sigue presente.
5. Sociedad civil: Su voz será central. A pesar de la desorganización y la restringida llegada a Glasgow de organizaciones civiles de países no desarrollados de América del Sur y de África, finalmente se habilitó la participación del activismo. En el centro están, esta vez, los jóvenes. La sueca, Greta Thunberg, estará allí acompañada por miles de chicos. Varias organizaciones sudamericanas también estarán presentes. La pandemia y las restricciones y hasta la nueva variante de COVID-19 podrían hacer que las sesiones plenarias sólo puedan verse online. Habrá que ver cuánto de la organización perjudica a la participación real de este segmento en las negociaciones.
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Mientras tanto, las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera alcanzaron un nuevo récord el año pasado y aumentaron a un ritmo más rápido que el promedio anual en la última década, pese a la reducción temporal durante los confinamientos por el coronavirus, advirtió ayer la Organización Meteorológica Mundial (OMM).
El secretario general de la OMM, Petteri Taalas, pronosticó: “Al ritmo actual de aumento de las concentraciones de gases de efecto invernadero” se verá “un aumento de la temperatura a finales de este siglo muy por encima de los objetivos del acuerdo de París de 1,5 ºC a 2 ºC arriba de los niveles preindustriales”.
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De acuerdo con este organismo de la ONU, la desaceleración económica causada por el coronavirus “no tuvo ningún efecto evidente en los niveles atmosféricos de los gases de efecto invernadero ni en sus tasas de aumento, aunque sí se produjo un descenso transitorio de las nuevas emisiones”.
Las emisiones de dióxido de carbono (CO2) son generadas por los seres humanos, que resultan principalmente de la quema de combustibles fósiles como el petróleo y el gas o de la producción de cemento.
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“Esta cumbre va a ser muy, muy dura. Y estoy muy preocupado, porque puede salir mal y no conseguir los acuerdos que necesitamos. Es una cuestión de suerte”, dijo el líder británico, respondiendo a las preguntas de niños en edad escolar que visitaron Downing Street, la residencia oficial del Gobierno.
El tiempo se acaba y la ventana de oportunidad es cada vez más chica. Esta cumbre puede empezar a definir cuál será el futuro que vamos construir.
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