Del “Soy un berlinés” al "Sr. Gorbachov, derribe este muro”, los históricos desafíos de Kennedy y Reagan

`¡Ich bin ein Berliner!´, la célebre frase lanzada por John F. Kennedy en Berlín para reforzar su compromiso de defensa de la ciudad ante el avance soviético. Veinticuatro años más tarde, Ronald Reagan también desafiaba allí al líder soviético.

Especial para Infobae America
John F. Kennedy visitando una de las torretas desde donde se podía ver por encima del Muro de Berlín y la zona soviética.
John F. Kennedy visitando una de las torretas desde donde se podía ver por encima del Muro de Berlín y la zona soviética.

“Hace dos mil años, no existía mayor orgullo que decir `Civis Romanus sum´ (soy un ciudadano romano). Hoy, en el mundo de la libertad, no hay mayor orgullo que poder decir `¡Ich bin ein Berliner!´ (¡Yo soy un berlinés!)”, lanzó John Fitzgerald Kennedy. Una multitud de casi medio millón de berlineses occidentales estalló en vivas y aplausos. Habían escuchado la frase más popular de la Guerra Fría y el discurso que le “marcaba la cancha” a la Unión Soviética que había levantado 22 meses atrás el muro para dividir la capital alemana.

Berlín Occidental era una isla flotando en medio del estado comunista, a ciento cincuenta kilómetros de distancia del resto del territorio de Alemania Occidental. Desde el fin de la Segunda Guerra mundial, una línea ondulada en el mapa separaba los dos estados alemanes, antes incluso de que adoptaran el nombre de República Democrática Alemana (RDA) y República Federal de Alemania (RFA). A su vez, Alemania Occidental estaba dividida en sectores ocupados por estadounidenses, franceses y británicos. La RDA, dominada por los soviéticos, era la mitad más pequeña de Alemania, tanto en terreno como en población y desarrollo económico. En 1955, con su economía floreciente y montones de puestos de trabajo, la RFA alcanzó la soberanía plena, aunque seguían en ella las tres fuerzas ocupantes. Mientras tanto, en el Este, los comunistas luchaban por poner fin a una crisis de refugiados. Desde finales de los años cuarenta hasta 1961, 2,8 millones de alemanes del este huyeron a Occidente. La mayor parte de esa marea humana, casi el 20 por ciento de la población de la RDA, y una gran cantidad de sus trabajadores y profesionales más calificados, salió por Berlín.

Kennedy en su visita del 26 de junio de 1963 a Berlín Occidental junto al alcalde Willy Brandt y el canciller alemán Konrad Adenauer.

Foto de Cecil Stoughton. White House Photographs. John F. Kennedy Presidential Library and Museum, Boston.
Kennedy en su visita del 26 de junio de 1963 a Berlín Occidental junto al alcalde Willy Brandt y el canciller alemán Konrad Adenauer. Foto de Cecil Stoughton. White House Photographs. John F. Kennedy Presidential Library and Museum, Boston.

A pesar de las divisiones, Berlín seguía siendo, en muchos aspectos, una sola ciudad, con un servicio interconectado de teléfono, metro, tren, tranvía y líneas de autobuses. Más de sesenta mil berlineses del Este, con permisos oficiales, cruzaban la frontera cada día para trabajar o asistir a clases en las universidades del Oeste. Se los conocía como “grenzgänger” (cruzadores de fronteras). Muchos no volvían. En 1961, la población de Berlín Oeste era de 2,2 millones de personas, el doble de la del sector este. Los soviéticos presionaban para parar esta sangría. El primer ministro Nikita Khrushchev consideraba a la RFA y a Berlín Oeste como “una espina clavada en mi garganta”, pero también sabía que podía utilizar “el problema” a su favor y presionar a Estados Unidos. En noviembre de 1958, el premier soviético ya había usado a la ciudad alemana como prenda de cambio contra los aliados occidentales. Dio a Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia seis meses para ponerse de acuerdo, convertir Berlín Oeste en “una zona libre desmilitarizada”, y comenzar el retiro. Los aliados rechazaron el ultimatum. Propusieron, a cambio, unas elecciones libres en todos los sectores y la reunificación definitiva. No hubo acuerdo y fue considerado un empate técnico como casi todo lo que sucedía en la Guerra Fría.

El discurso de John Kennedy el 26 de junio de 1963 frente al Muro de Berlín

Durante la campaña presidencial estadounidense de 1960, John F. Kennedy dijo que Berlín continuaría siendo “una prueba para nuestros nervios y nuestra voluntad”. Cuando asumió la presidencia, se convirtió en su principal problema de política exterior. La primera cumbre entre los líderes tuvo efecto apenas unos meses más tarde en Viena. Allí, el experimentado Khrushchev presentó una posición muy dura frente al inexperto Kennedy. Amenazó con firmar un postergado “tratado de paz” con la RDA para terminar con el acuerdo de las cuatro potencias para compartir Berlín. Los alemanes del este, de ese modo, recuperarían el control de todos los accesos a la parte occidental por aire, tren o la autopista. Obviamente, los aliados rechazaron la iniciativa soviética, pero Kennedy se mostró proclive a aceptar una permanente división de Berlín.

De acuerdo a documentos desclasificados recientemente, al fin de la cumbre Kennedy dijo a sus colaboradores que la reunión con Khruschev había sido “lo peor que me ha pasado en la vida. Ese hombre me destrozó”. JFK había quedado convencido de que lo único que podría hacer era defender a los berlineses del oeste y olvidarse de los del lado soviético. “Dios sabe que no soy aislacionista, pero me parece particularmente estúpido arriesgarnos a matar a un millón de americanos por una discusión sobre derechos de acceso a una autopista... o porque los alemanes quieren que Alemania esté reunificada. No fuimos nosotros quienes causamos la desunión de Alemania”, fue la conclusión del carismático presidente, de acuerdo a la transcripción de los documentos oficiales.

Kennedy dando el famoso discurso en el que lanzó "Soy un berlinés", frente a la alcaldía de Berlín Occidental, en junio de 1963.
Kennedy dando el famoso discurso en el que lanzó "Soy un berlinés", frente a la alcaldía de Berlín Occidental, en junio de 1963.

Pero para mantener libre a los berlineses de la RFA tenía que realizar algún contraataque, de lo contrario el oso soviético lanzaría muy pronto un peligroso manotazo. En un discurso de julio de 1961, Kennedy declaró que Estados Unidos no quería más confrontaciones en Berlín y al mismo tiempo ordenó el envío de tropas y el rearme de la zona occidental. “Buscamos la paz, pero no nos rendiremos”, dijo. En Alemania, el mensaje fue leído con mucha claridad: Estados Unidos estaba dispuesto a seguir defendiendo con firmeza a Alemania Occidental pero dejaría que los comunistas hicieran lo que quisieran en el Este. Esto aumentó el número de personas que huían del Este. Los refugiados eran llevados a un complejo de veinticinco edificios en la zona Marienfelde. Llegaban un promedio de 19.000 por mes. Después del discurso de Kennedy esa cifra se duplicó.

Desde el Kremlin presionaron a Walter Ulbricht, el líder de la Alemania comunista, para que detenga el flujo de salida de esas personas. Era un muy mal ejemplo para todo el bloque soviético. En forma secreta comenzaron a acumular grandes cantidades de rollos de alambre de púas, vallas de madera y bloques de cemento. Ulbricht estaba convencido de que sólo restringiendo absolutamente el tránsito de personas se podía detener la salida de los migrantes. También estaba convencido de que no habría ninguna represalia. En una entrevista que le habían hecho al influyente senador estadounidense, J. William Fulbright, había dicho: “Si quieren cerrar las fronteras la semana que viene, pueden hacerlo sin violar tratado alguno. No comprendo por qué los alemanes del este no cierran sus fronteras...Creo que tienen derecho a cerrarlas en cualquier momento”. Los funcionarios de la embajada estadounidense en Bonn (la capital alemano occidental) estaban azorados. Kennedy no hizo declaraciones públicas, pero en la Casa Blanca le confesó a un consejero: “Khruschov está perdiendo Alemania del Este, y no puede dejar que ocurra semejante cosa. Si cae Alemania, también caerá Polonia y toda Europa del Este. Tendrá que hacer algo para evitar el flujo de refugiados. Quizá un muro. Y nosotros no podremos impedirlo”.

Las imágenes de John Kennedy y Ronald Reagan, estampadas sobre un tramo del muro de Berlín (Shutterstock)
Las imágenes de John Kennedy y Ronald Reagan, estampadas sobre un tramo del muro de Berlín (Shutterstock)

De acuerdo a documentos de la ex Unión Soviética, Khruschev le dijo a Ulbricht que “cuando la frontera esté cerrada, los americanos y alemanes occidentales serán felices”. También aseguró que el embajador estadounidense en Moscú le había confesado que el aumento en la cantidad de refugiados huidos del Este estaba causando “muchos problemas a los alemanes occidentales. Así que cuando instituyamos los controles, todo el mundo quedará satisfecho”. Ulbricht encargó a su jefe de seguridad y próximo líder, Erich Honecker, la operación para construir el muro.

Cuando, finalmente, comenzaron a levantarse las vallas en la medianoche del 13 de agosto, todos dijeron haber sido tomados por sorpresa. Khruschev había reforzado las tropas soviéticas que estaban preparadas para actuar si los occidentales se lanzaban contra los alambrados. El secretario de Estado norteamericano, Dean Rusk, ordenó que los funcionarios de la embajada se abstuvieran de hacer comentarios que fueran más allá de una protesta diplomática. Uno de sus asesores, Foy Kohler, le dijo a un reportero del Washington Post que “los alemanes orientales nos han hecho un favor”. Los berlineses occidentales no podían salir del shock provocado para intempestiva maniobra. El alcalde, Willy Brandt, estaba furioso y culpaba a Washington de haber entregado a los alemanes a los deseos soviéticos.

El legendario periodista, Edward Murrow, que había dejado la CBS para dirigir la Agencia de Información de Estados Unidos, estaba en ese momento en Berlín y mandó un mensaje urgente a su amigo Jack Kennedy. Comparaba la movida de los comunistas con la remilitarización de Renania por parte de Hitler. Y advirtió a JFK de que si no se mostraba firme, podría enfrentarse a una crisis de confianza tanto en Alemania Occidental como en resto del mundo. Kennedy hizo oído sordo. Al día siguiente dijo en una reunión de gabinete: “No es una solución bonita, pero un muro es muchísimo mejor que una guerra”. Y agregó que “este es el fin de la crisis de Berlín. Al otro bando le ha entrado miedo... no a nosotros. No vamos a hacer nada ahora porque no hay alternativa alguna excepto la guerra. Todo ha terminado, no van a invadir Berlín”.

John F. Kennedy durante la visita a Berlín Occidental en junio de 1963.
John F. Kennedy durante la visita a Berlín Occidental en junio de 1963.

El 16 de agosto, el popular periódico alemán occidental Bild Zeitung titulaba en su tapa: “¡Occidente no hace nada!”. Y en el artículo de las páginas interiores se preguntaba “¡¿Cómo es posible que el presidente Kennedy permanezca callado?!" El alcalde Willy Brandt envió un enérgico mensaje por telex a la Casa Blanca criticando a los aliados por permanecer “inactivos y a la defensiva”, y advirtiendo que esa actitud podía conducir a un hundimiento de la moral en Berlín Occidental, promoviendo al mismo tiempo “una confianza exagerada en el régimen de Berlín Este”. “Si no se hace nada, lo siguiente que harán los comunistas será convertir a Berlín Este en un gueto aislado, del que intentarían huir la mayor parte de sus ciudadanos”, escribió Brandt y urgió a Kennedy a “rechazar el chantaje soviético”. Esa noche, hablando ante una enorme multitud, Brandt proclamó: “¡Berlín espera algo más que palabras! ¡Berlín espera acción política!”. Kennedy no se conmovió por las palabras del alcalde alemán. Creía que la ira de Brandt era apenas parte de una campaña política. Los documentos muestran que durante las reuniones con sus asesores más de una vez se refirió a Brandt como “ese hijo de puta de Berlín”.

La prensa estadounidense también comenzó a criticar a Kennedy por su actitud. No tuvo más remedio que ceder. Envió a Berlín a su vicepresidente, Lyndon B. Johnson, para que anunciara el compromiso de los estadounidenses con la defensa de la ciudad. Para hacer más fuerte aún la puesta en escena, también reforzó la guarnición militar estadounidense en la ciudad. Pero la tensión continuó hasta que el 27 de octubre de 1961 casi se convierte en una catástrofe. Un incidente menor con el pase de unos funcionarios en el famoso Checkpoint Charlie, el punto fronterizo estadounidense de la Friedrich-Zimmerstrase, terminó con un enfrentamiento entre tanques americanos y soviéticos. Fue el único momento de la Guerra Fría en el que las tropas de Washington y las de Moscú se encañonaron mutuamente. Finalmente, Khruschov ordenó retirar a sus hombres después de que los estadounidenses garantizaran que harían lo mismo.

La visita de Johnson no disipó las dudas de los berlineses. Kennedy seguía manteniendo relaciones difíciles con el gobierno de Konrad Adenauer. El canciller de la RFA temía que, si las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética se tensaban, los americanos dejarían a sus aliados alemanes en la estacada, y que la defensa de Berlín Oeste sería imposible ante una invasión comunista. Para Kennedy, estos recelos resultaban exasperantes y los creía injustificados. Finalmente, decidió visitar Berlín. Usó el pretexto de asistir a la conmemoración del decimoquinto aniversario del puente aéreo que había salvado a la capital alemana del bloqueo soviético. Se sorprendió del recibimiento entusiasta que tuvo de una multitud de berlineses en las calles de la ciudad. Agradecían, por sobre todo que se hubiera mostrado firme en el incidente del Checkpoint Charlie. Fue cuando decidió cambiar algunos pasajes del discurso central que tenía previsto para que fuera más impactante. Quiso intercalar algunas frases en alemán, pero su oído para los idiomas no era precisamente óptimo. Al final, en una improvisación, pronunciaría apenas cuatro palabras en la lengua de Goethe. Bastó para que la frase se convirtiera en clásica. “Ich bin ein Berliner”, dijo, y la relación entre americanos y alemanes cambió para siempre.

Ronald Reagan, en su discurso frente a la puerta de Brandeburgo el 12 de junio de 1987

Casi un cuarto de siglo más tarde, otro presidente estadounidense, Ronald Reagan, pronunció otro discurso trascendental que fue el comienzo del fin del muro. Fue con una frase muy provocativa que el conservador californiano lanzó directamente al secretario general del Partido Comunista soviético: “Secretario General Gorbachov, si usted busca paz, si usted busca la prosperidad de la Unión Soviética y Europa oriental, si usted busca la liberalización, venga aquí a esta puerta. Sr. Gorbachov, abra esta puerta. Sr. Gorbachov, derribe este muro”.

Reagan había llegado a la presidencia seis años antes. En ese mismo 1981 asumió Francois Miterrand como presidente de Francia, un año después fue electo canciller de la RFA, Helmut Kohl y desde mayo de 1979 el Reino Unido tenía como primer ministro a Margaret Thatcher. Un cuarteto poderoso que coincidía en muchos aspectos y, sobre todo, en terminar de una vez por todas con “el asunto de Berlín”. Mientras tanto, en la URSS los líderes se sucedían en forma vertiginosa. En 1982 murió Brézhnev, en el ‘84 Andrópov y en el ‘85 Chernenko. Hasta que en marzo de 1985 fue elegido como Secretario General del PCUS, Mijaíl Gorbachov.

Ronald Reagan dando su famoso discurso frente a la Puerta de Brandenburgo, en Berlín, el 12 de junio de 1987.
Ronald Reagan dando su famoso discurso frente a la Puerta de Brandenburgo, en Berlín, el 12 de junio de 1987.

La llegada de Gorbachov al Kremlin y las reformas impulsadas ayudaron a desmantelar el desvencijado aparato comunista. Aunque no tenía intenciones de suprimir el comunismo, al contrario, pretendía renovarlo. La Perestroika (reestructuración), la Glasnost (apertura) y la Uskoreniye (aceleración) no fueron más que intentos de modernización del sistema. Estas reformas no fueron entendidas en Berlín. Erich Honecker, de 73 años, estalinista duro de toda la vida, no veía con gran simpatía lo que sucedía ni en Moscú, ni en Hungría ni mucho menos a pocos kilómetros de su frontera, en Polonia. Las relaciones entre la RDA y Moscú se tornaron cada vez más frías. En tanto, Kohl puso en práctica una política de apertura hacia los hermanos del este. Se removieron misiles y minas alrededor del muro, y se flexibilizó la autorización de viajes. Y un hecho fortuito acercó a los dos líderes alemanes. Se vieron en los funerales de los jerarcas soviéticos y mantuvieron conversaciones. Kohl trató de mostrarle a Honecker que tenían más en común entre ellos, que entre la RDA y la URSS. Por último, en 1987, Honecker realizó una visita a Bonn. El último elemento fue la aparición en escena del papa Juan Pablo II, un polaco anticomunista que trabajó durante años para terminar con el muro y la Unión Soviética.

Ronald Reagan ayudando a desmantelar el muro de Berlín en 1989.
Ronald Reagan ayudando a desmantelar el muro de Berlín en 1989.

El 12 de junio de 1987, Ronald Reagan fue a Berlín para presionar aún más a Gorbachov. Venía de una cumbre del G-7 en Italia y estuvo un día en Berlín. Unas horas antes se había registrado una manifestación de unas 50.000 personas en contra de su visita. Fue junto a su esposa, Nancy, al Reichstag desde donde observaron la línea divisoria y de allí, directamente a un escenario que le habían preparado frente al muro. Era una perfecta puesta en escena. El podio daba la espalda a la emblemática Puerta de Brandeburgo (que había quedado del lado comunista) que se podía observar a través de unos gruesos vidrios antibalas. También era evidente cuando se asomaban curiosos algunos guardias del Este. Fue cuando lanzó su famoso “Mr. Gorbachev, tear down this wall!”. En ese momento, el discurso no tuvo la relevancia que adquirió con los años. El efecto directo se vio 29 meses más tarde, cuando Gorbachov dejó que “el muro de la vergüenza” cayera en pedazos.

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