La operación Moisés permitió el traslado de unos 18 mil judíos etíopes a Israel
La operación Moisés permitió el traslado de unos 18 mil judíos etíopes a Israel

Esa tarde de 1970, en su oficina de Tel Aviv, el cerebro mayor del Mossad, casi riendo, les dijo a sus colaboradores: "El agente Gad Shimron debe estar loco… Quiere salvar a los judíos etíopes que huyeron de Etiopía a Sudán, ¡disfrazado de hotelero y experto en buceo! Nada menos que desde un país musulmán, con un barco y lanchas nuestras, y a pagar con fondos reservados israelíes… ¡El sol del desierto le nubló la razón!".

Sin embargo, ese proyecto de corteza delirante tenía raíces sólidas, y pasaría a la historia como una de las más grandes hazañas de espionaje del Mossad, considerado el mejor servicio de inteligencia del planeta…

En 1972, un grupo de empresarios italianos terminó de construir en el pueblo sudanés de Arous, a orillas del Mar Rojo, un complejo turístico de lujo: quince bungalows, gran cocina, gran comedor con vista a la playa, y ante una de las aguas más cristalinas jamás imaginadas.

Pero el paradisíaco resort murió antes de nacer. Sin electricidad ni agua –¿sabotaje de Sudán para apropiarse del negocio?–, los italianos arriaron bandera, a pesar de los miles de folletos que enviaron a las agencias de viaje de media Europa: "Arous en el Mar Rojo, un maravilloso mundo aparte. El gran centro de buceo de Sudán. Instalaciones de lujo, deportes acuáticos, gran abundancia de comida fresca, y vino": gran excepción; en el mundo musulmán está prohibido el alcohol…

Pero la Corporación de Turismo Internacional sudanesa no explotó esa maravilla: ante la pingüe oferta de otro grupo de empresarios europeos, y la inmediata llegada de turistas de varios países del globo, se frotaron las manos. ¡Un negoción!

Después de los primeros traslados en barco, Israel logró aterrizar 18 aviones en Sudán para trasladar a los falashas.
Después de los primeros traslados en barco, Israel logró aterrizar 18 aviones en Sudán para trasladar a los falashas.

Pero muy otra era la verdad, y desde el vamos.

Jamás hubo un grupo de empresarios italianos, ni sabotajes contra el agua potable y la electricidad, ni un segundo grupo de inversores europeos, ni turistas.

Todo era una genial y gigantesca farsa montada por el agente secreto judío Gad Shimron y un pequeño comando, y aceptada y pagada, aunque con poca esperanza en el resultado, por el máximo jefe del Mossad.

Empezaba lo más peligroso: rescatar a los miles de judíos etíopes refugiados en Sudán y llevarlos a Israel. Operativo de pie de plomo, vida o muerte. Porque un primer fracaso –la policía y el ejército detectando que los turistas no eran tales– significaba el final del plan y seguramente la muerte de los agentes.

En realidad, ya había corrido sangre. En la fuga de los primeros falashas -exiliado o extranjero en el antiguo amárico-, una comunidad llamada Beta Israel (Casa de Israel), más de mil quinientos fueron asesinados en el camino, y otros tantos murieron en los misérrimos campamentos cercanos a las ciudades de Gedaref y Kassala, y no menos fueron secuestrados y desaparecidos…

Bien aceitada, la maquinaria de rescate cumplió cada paso. Documentos falsos a cada refugiado. Orden perentoria de no revelar su religión. Pasaportes falsos también para otro grupo de espías judíos que simularon ser empleados de una empresa suiza y alquilaron el resort por tres años pagando 225 mil dólares. Equipamiento del lugar con aire acondicionado, motores para lanchas y equipos de buceo, tablas de surf, y otros deportes Made in Israel…, entrados de contrabando. Contrato de quince empleados sudaneses –buen truco–, camareras, choferes, y hasta un chef birlado de un hotel, pagándole el doble…

Mientras tanto, la marina israelí ya estaba lista para su misión decisiva: anclar un buque madre camuflado no muy lejos de la orilla, y desde allí lanzar gomones de gran capacidad para rescatar refugiados y poner proa a la Tierra Prometida.

Desde luego, no faltaron escollos e imprevistos. El más riesgoso: ¡la llegada en masa de auténticos turistas! Hubo que hacer figurillas para que no sospecharan qué había en esos muebles clausurados con doble llave y el cartel "Prohibido tocar, alta tensión", disfraz de los poderosos equipos de radio y todo el aparataje de comunicación con la central del Mossad.

Pero con una carta ganadora: lo que pagaban los turistas compensaba en parte el costo del operativo Moisés, así llamado en clave…

La rutina más cercana al filo de la navaja sucedía de noche. Los agentes, falsos hoteleros, se deslizaban amparados por las sombras hasta un punto de encuentro a diez kilómetros al sur de Gedaref, y recogían a grupos de etiópes judíos llegados de contrabando desde los campos de refugiados: tarea a cargo de hombres y mujeres de la misma comunidad, entrenados a full.

Según Gad Shimron, "los rescatados no sabían quiénes éramos, ni sospechaban nuestro origen israelí: les decíamos que éramos mercenarios, y que nos pagaban muy bien por ese trabajo".

Unos 140 mil falashas viven hoy en Israel
Unos 140 mil falashas viven hoy en Israel

Pero aun faltaba los peor: los 800 kilómetros –dos días de viaje– hasta el resort, eludiendo puestos de control, camuflando ómnibus como transporte de turistas, y sobornando a los sudaneses más ávidos de bolsillo que de patriotismo…

Una vez en la playa, en un punto al norte del resort, equipos de mar, tierra y aire (helicópteros) llevaban a los refugiados hasta el buque-madre con destino a Israel.

Uno de los agentes, al recordar esos años, fue tajante: "Si uno de nosotros era descubierto, todos terminábamos ahorcados en el centro de Jartum" (capital de Sudán). Y más de una vez, sobre todo en marzo del 82, una patrulla de soldados sospechó que algo extraño sucedía, y descargó su metralla sobre "unas sombras en el mar": gomones. No hubo víctimas, pero tampoco la menor certeza del origen de los fugitivos: se juzgó que eran simples contrabandistas.

Entretanto, la fama del resort se multiplicó a través del boca a boca. Se alojaron oficiales egipcios y británicos, diplomáticos extranjeros destinados a Jartum, y hasta funcionarios de Sudán, sin que asomara la menor duda sobre la identidad y la misión de los hoteleros. Tanto, que el negocio de Arous empezó a financiarse por sí mismo, y una parte de las ganancias sirvió para alquilar más y más camiones para los refugiados…

Hacia 1982, en pleno operativo, Gad Shimron y su equipo recibieron un dato clave: cerca de la costa había una pista de aterrizaje británica abandonada al terminar la Segunda Gran Guerra.

Fue el sol. Un sol más fuerte que el de Sudán.

Una noche de mayo de ese año aterrizó el primer avión Hércules con un pelotón israelí a bordo. Fueron rescatados 130 judíos etíopes prisioneros. Pero un beduino delató la operación, y fue perentorio buscar otro punto de aterrizaje. Peor: un pedazo de desierto vecino de Gearef, con escasa luz y muy difícil de distinguir.

Sin embargo, se lograron diecisiete vuelos más, y exitosos. Y en los cinco años siguientes, casi dieciocho mil judíos etíopes lograron hacer pie en Israel.

El Mossad mantuvo el resort para futuras operaciones encubiertas. Pero el 6 de abril de 1985 un golpe de estado derrocó al gobierno del general Yaafar -al- Nimeiri, el hombre que convirtió a Sudán en un país islámico, y la aventura terminó.

Una mañana, los turistas del paraíso de Arous se despertaron en la más absoluta soledad: todo el personal (los espías) había desaparecido.
Debieron prepararse el desayuno con sus propias manos.

(Post scriptum. Se cree que los judíos etíopes descienden de una de las llamadas "Diez tribus perdidas" del antiguo reino de Israel, o de los israelitas que acompañaron al rey Salomón y a la reina de Saba de retorno a Etiopía en el 950 antes de Cristo. También se conjetura que huyeron luego de la destrucción del primer Templo Judío en el 586 antes de Cristo. En 1977, uno de ellos, el líder Ferede Aklum, encabezó la primera ola de refugiados etíopes judíos que huyeron a Sudán corridos por la guerra civil y el hambre. Volver a Israel fue, para ellos, aprobar una dolorosa materia pendiente por la que esperaron 2.700 años. Hoy son apenas 140 mil entre los casi nueve millones de almas que habitan los algo más de 22 mil kilómetros de Israel. Pero, más allá de la hazaña y los riesgos de su rescate, se quejan de "discriminación, racismo y pobreza". Y no les gusta que se los llame "falashas", por peyorativo).