
En la mañana del 6 de julio de 1535, Thomas More, hasta no hace mucho canciller de la Inglaterra de Enrique VIII, sale de la Torre de Londres rumbo al cadalso.
Acaba de amanecer.
Hace calor y hay niebla cerrada.
Sólo se oye el graznido de los cuervos.
Que, negros y sagrados, viven prisioneros de una leyenda: "Estuvieron aquí desde los albores de esta tierra, y si algún día desaparecen, también será el fin de Britannia".
Antes del golpe de hacha, agradece al rey que lo ha condenado "por haberme recluido en un lugar que me permitió meditar largamente sobre mi fin y librarme de las miserias de este pobre mundo".
Besa al verdugo:
–Te perdono. Pero tengo el cuello muy corto. No erres el golpe si no quieres ver empañada tu reputación.
Su cabeza rueda.
Según la leyenda, al saber que More estaba muerto, Enrique VIII se encerró a llorar.
Termina así una extraña relación de amor y odio. Una amistad tan compleja como la unión del agua y el aceite.

Antes de la caída del caballo que lesionó para siempre una de sus piernas y de los dolorosos ataques de gota, dos episodios que ensombrecieron su humor y agriaron su carácter hacia las peores formas de crueldad, el rey amaba el deporte, los torneos a caballo y lanza, los duelos a espada, la comunidad de las armas, el baile, las juergas… Un epicúreo, y no privado de humor.
More, en cambio y aunque sin exagerar, se ocupa de las cosas del espíritu, además de ser un brillante jurista: talento que lo elevará al codiciado cargo de Lord Canciller.
Mientras Enrique come cual un heliogábalo (emperador romano entre 218 y 222, era cristiana, famoso por sus excesos), y bebe como un pez, More apenas se permite un régimen de claustro. Sólo toma agua, y como excepción, a veces moja sus labios con un sorbo de cerveza o de vino…
Los separan apenas trece años. More vio la luz en 1478, y Enrique, en 1491.
Pero ese lapso no influye. No es decisivo.
Más importantes son sus profundas coincidencias…
Por ejemplo, ambos detestan, políticamente hablando, los excesos de la riqueza, lo superfluo, los cercamientos de terreno de los criadores poderosos, que se enriquecen a costa de hombres, mujeres y niños arrojados al desempleo y la pobreza, cuando no al robo y a la caza clandestina en los predios de la clase alta.
Fiel a su rey hasta la impiedad, el humanista More no se avergüenza de convertirse en un cortesano ni de aceptar órdenes que repugnan a las almas nobles, como le represión de los herejes, la confiscación y quema de libros prohibidos, y más de una vez, el encendido de una pira para convertir en cenizas a los infieles. Los atroces "autos de fe"…

Pero esa alianza estaba a punto de desmoronarse.
Según consta en una carta, More relata que al regresar de un viaje –misión real– Enrique VIII, poco antes proclamado "Defensor de la fe" por el papa León X, le informó que su matrimonio con Catalina de Aragón –sin descendencia, problema que lo desvelaba– "es contrario al derecho canónico, a la ley de Dios y a la naturaleza, y la Iglesia no puede conceder una dispensa a esa monstruosidad".
Una bala de mosquete en su boca hubiera dañado menos a More.
Porque Enrique VIII hablaba de divorcio. De romper con Catalina y unirse a Ana Bolena. Y exigía a su amigo y canciller convencer a Roma de que su matrimonio con Catalina no era válido.
Y algo peor: quería romper con la Iglesia católica y proclamarse jefe de una nueva entidad rectora: la Iglesia de Inglaterra.
Enrique le ruega al papa Clemente VII una decisión favorable. Pero en pésimo momento, y también formidable excusa: Roma está bajo el ataque y el saqueo de tropas españolas, italianas, alemanas. ¡Cercada por infieles!
En ese punto, el humanista More vira el timón ciento ochenta grados. ¡Guerra y muerte a los herejes! ¡Hogueras para ellos!
Pero, a pesar de la insoportable presión de Enrique, no abdica de Pedro y del mandato de Cristo: "Tu eres Pedro, sobre esta piedra edificarás mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán".
Mientras, el rey hierve por llevar a su cama a Ana Bolena, y ésta lo elude:
–Primero, antes que nada, hay que casarse.
Prefiere –¿qué remedio le queda?– demorar el espinoso conflicto de una doble iglesia y seguir persiguiendo y quemando herejes…
Pero Roma y Londres están decididamente enfrentadas.
En enero de 1531, el Parlamento asfixia al clero obligándolo a admitir que el rey es el protector y máximo jefe de la que llamada "Iglesia Nacional".
El clero se rinde.
More renuncia de inmediato. Pero no discute la decisión de su amigo el rey…, que ya no lo es tanto.
Navega, penosamente, entre dos aguas: el honor del rey y el honor de Dios.
En mayo de 1533, Roma y Londres rompen lanzas definitivas.
El matrimonio de Enrique VIII y Ana Bolena se consuma.

La Iglesia Anglicana es una realidad inamovible. Hasta hoy.
El rey, a pesar del pasado y todo aquello que los une, confina a More a la Torre de Londres, condenado a muerte por golpe de hacha.
Cargo: desobediencia.
En su cautiverio, el reo escribe una larga serie de memorables cartas que conforman un libro y una obra moral imprescindible: Cartas desde la Torre.
Ana Bolena también será decapitada por orden de su esposo, el 19 de mayo de 1536, para casarse de Jane Seymour.
Pero de su unión con Ana nació Isabel I.
La gran reina.
La mujer que desde unas islas perdidas e inclementes erigió el imperio más vasto y poderoso de su tiempo.
Enrique VIII murió en 1547 a los 56 años.
Tuvo seis mujeres.
Catalina de Aragón, Ana Bolena, Jane Seymour, Ana de Cleves, Catalina Howard y Catalina Parr.
Mandó decapitar a Ana Bolena por infidelidad y brujería, y a Catalina Howard por infidelidad.
Cargos falsos. Se hartaba de ellas al mismo tiempo que su salud se quebrantaba. A los 49 años ya parecía un anciano, y su obesidad –sumada a la herida nunca curada de su pierna– apenas le permitía caminar.
Los cuervos siguen rondando y graznando por el parque que rodea la Torre de Londres: Britannia no morirá.
(Post scriptum. El 19 de mayo de 1935 el papa Pío XI canonizó a Thomas More. Hasta hoy no se entiende porqué su nombre fue virado al castellano como "Tomás Moro". En términos de catolicismo, no existe ninguna diferencia…).
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