Desde la época de la conquista, al lugar se lo conocía como Ayacucho, "rincón de los muertos" o "rincón de las almas", en quechua. Tres siglos después ese pedazo de pampa peruana sería el escenario del último gran combate que libraría a América del Sur del yugo español. Y también sería la despedida de la acción del Regimiento de Granaderos a Caballo, que recién retomaría durante la guerra de Malvinas.

En el centenario de este acontecimiento, un escritor argentino preanunciaría la era de los golpes militares. Y 194 años después un partido de fútbol de un campeonato que homenajea a aquellos libertadores de la América del Sur se juega en la misma capital del país que por siglos nos había colonizado. Esta es la historia que parece no tener final.

Ayacucho, la batalla

Las guerras por la independencia en América estaban llegando a su fin. El 26 de julio de 1822 José de San Martín y Simón Bolívar tuvieron en Guayaquil un histórico encuentro, y lo que conversaron quedó entre ellos. Sin embargo, eran evidentes sus proyectos y visiones contrapuestas. San Martín, más debilitado políticamente por la oposición de ciertos sectores en Perú y por la falta de apoyo de Buenos Aires, daría un paso al costado, dejaría Perú y, luego de una estadía en Chile y Mendoza, emprendería su largo viaje al exilio. La gloria sería de Bolívar.

A fines de julio de 1824, Simón Bolívar le había otorgado el mando del ejército independentista al venezolano Antonio José de Sucre. Eran 5780 soldados de un ejército con un ADN bien americano: había argentinos, chilenos, bolivianos, paraguayos, peruanos, venezolanos y colombianos.

El ejército español, de casi diez mil soldados, estaba encabezado por el virrey José de la Serna y Martínez de Hinojosa, y por el general José Canterac, quien unos meses atrás había sido derrotado en Junín. Independentistas y españoles tenían algo en común: venían desgastados, faltos de provisiones, llevando sobre sus espaldas la carga de una campaña demasiado larga. Y las fuerzas españolas veían cómo, día a día, hombres que habían sido reclutados a la fuerza desertaban.

La suerte de la América se dirimiría en Ayacucho, cerca de Cuzco, una pampa de un kilómetro y medio de largo y 800 metros de ancho que los indígenas conocían como "el rincón de los muertos", donde sus antepasados habían dejado sus osamentas en sus antiguas guerras contra el invasor inca.

La caballería estaba al mando del general Guillermo Miller, un militar inglés de 30 años que combatió a Napoleón, que había participado en la guerra anglo-estadounidense y que un buen día se preguntó por qué no probar fortuna en América del Sur.

El combate comenzó a la mañana del 9 de diciembre de 1824 y para las 15 horas ya estaba decidida la victoria para los patriotas. Uno de los cuerpos que integraban la caballería eran los últimos Granaderos a Caballo, unidad que San Martín había creado en 1812 y que supieron dejar su impronta en más de treinta campos de batalla.

Dicen que más allá del desempeño de la infantería y de la inteligencia militar de Sucre, fue clave la arremetida de los escuadrones de caballería de Húsares de Junín, al mando del teniente coronel Manuel Isidoro Suárez, y de los granaderos comandados por los coroneles Félix Bogado y Alejo Bruix. Fue tal la carga contra las tropas españolas que la confusión provocada determinó un desbande general de los godos. San Martín escribiría: "De lo que mis granaderos son capaces solo lo sé yo; quien los iguale habrá, quien los exceda, no".

Los españoles tuvieron 1400 muertos y 700 heridos, y los patriotas, 300 muertos y 600 heridos. "Usted es el rival de mi gloria", le escribiría Bolívar a Sucre. América del Sur dejaba de ser española y esa batalla fue entonces la coronación de un proceso que, años más tarde, tendría otras aristas.

Ayacucho, la hora de la espada

Porque Ayacucho seguirá estando presente en la historia. Al cumplirse el centenario de esta batalla, el reconocido poeta Leopoldo Lugones pronunció en Lima un discurso en la inauguración de la estatua del mariscal Sucre, que se transformó en un grito de guerra que preanunciaría los golpes de Estado. "Señores: dejadme procurar que esta hora de emoción no sea inútil. Yo quiero arriesgar también algo que cuesta mucho decir en estos tiempos de paradoja libertaria y de fracasada, bien que audaz ideología. Ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada. Así como esta hizo lo único enteramente logrado que tenemos hasta ahora, y es la independencia, hará el orden necesario, implantará la jerarquía indispensable que la democracia ha malogrado hasta hoy, fatalmente derivada, porque esa es su consecuencia natural, hacia la demagogia o el socialismo".

Lugones, que en su juventud había sido un militante socialista, progresivamente se había ido volcando hacia ideas más liberales, luego fue conservador hasta que, al momento de pronunciar este discurso, era un claro exponente del fascismo criollo, que lo haría aplaudir y apoyar el golpe de Uriburu contra Hipólito Yrigoyen.

Ayacucho, el fútbol

Y esos libertadores de América serían aún más exaltados, pero no desde discursos laudatorios, sino desde el fútbol, una pasión que el latinoamericano la asume como una cuestión de Estado, donde los nacionalismos y la rivalidad entre países pujan a codazo limpio con la razón de ser de lo que debiera ser un simple juego. La copa que comenzara a jugarse en 1960 con el nombre de "Campeones de América", cinco años más tarde se la rebautizaría como "Copa Libertadores de América", en honor a aquellos que habían dejado su vida libertando el continente.

El partido entre River y Boca se jugará en Madrid el mismo día en que se cumplirán 194 años de la batalla de Ayacucho, donde los derrotados de entonces serán los anfitriones de una final de un campeonato que se llama Libertadores de América, que recuerda a aquellos patriotas que los echaron de América del Sur.

La de Ayacucho sería la última carga de los granaderos. Regresarían a Buenos Aires la tarde del 13 de febrero de 1826. Eran solo 78 del millar que nueve años antes habían comenzado la campaña libertadora. Entre ellos, siete habían peleado desde el combate de San Lorenzo. Volvieron ignorados, con esa misma ignorancia que hace que la fecha del superclásico más relevante del fútbol coincida con un importante aniversario en que tanto civiles como militares nos dejaron un continente libre y soberano. Pero parece ser que otro es el juego.