Richard Loving, recostado sobre su esposa, Mildred Jeter
Richard Loving, recostado sobre su esposa, Mildred Jeter

En 1951, Richard Perry Loving tiene 17 años, y Mildred Jeter apenas 11. Los dos han nacido en Virginia, Estados Unidos. Sus familias son amigas. Su posición social –y por el resto de sus días–es la clase obrera. Richard es blanco. Mildred, negra.

Son novios desde que, en la escuela, y a pesar de los seis años que los separan, ya jugaban a serlo.

Historia simple: se aman y quieren casarse. Esperan hasta 1957, cuando ella cumple sus 18, y se casan en Washington D.C. porque allí se permite el matrimonio interracial. Pero retornan a su pequeño pueblo, Central Point, y a la modestísima casa en la que conviven desde la mayoría de edad de Mildred. Que al poco tiempo queda embarazada…

Y poco después también, a las dos de la mañana, mientras duermen, la luz de una linterna en sus caras, y unos gritos, los despiertan. Junto a la cama hay tres hombres de uniforme, armados: el sheriff y dos ayudantes, alertados por una cobarde denuncia anónima.
El sheriff le pregunta al aterrado Richard:
–¡Quién es esta mujer!
–Mi esposa.
–¡No mientas!
–Es cierto. Estamos casados.
–Quiero ver el certificado de matrimonio.
Richard se levanta, tambaleante, y busca el papel. El sheriff apenas lo mira:
–Aquí no sirve. Lo declaro nulo.
Al amanecer, el trío vuelve y los detiene. Como a dos delincuentes…

Richard sale en libertad a la mañana siguiente, pero Mildred soporta varios días más por su atrevimiento. Con la luz en la cara, mientras el sheriff interrogaba a su marido, le gritó:
–¡Soy su esposa!
No la ataron a un árbol y la azotaron, como era habitual en los atroces años de la esclavitud… pero seguramente lo lamentaron.

Enfrentados a un tribunal, fueron condenados a un año de prisión por "cohabitar como hombre y mujer, en contra de la paz y la dignidad de la comunidad de Virginia". Pero el juez les ofreció suspender la sentencia… si se iban de Virginia y seguían en ese exilio "por lo menos durante veinticinco años".

Lo peor: esa monstruosidad jurídica se ajustaba a derecho. Porque en esos años seguían vigentes –¡en dieciséis estados!– las leyes antimestizaje.
Según el juez, la pareja había violado la Racial Integrity Act de 1924, que prohibía "todo matrimonio entre personas clasificadas como `blancas´con personas clasificadas como `de color´".

Delito agravado por el embarazo de Mildred: un negro era penado por tener relaciones sexuales con un blanco, pero no al revés… El blanco estaba protegido por todo el aparato legal.

Y Richard, de ancestros europeos, lo era. Mildred, en cambio, hija de un afroamericano y una india de la tribu Rappahannock, cargaba con el estigma de un racismo que no daba un paso atrás.

Ley que iba más allá aún: en aras de la pureza de la raza blanca, además de la prohibición de uniones interraciales contemplaba la esterilización de "locos, idiotas, imbéciles o epilépticos".

Cualquier parecido con Adolfo Hitler… no es mera coincidencia.

Los Loving–Jetter eran pobres. Él, un obrero todoterreno: albañil, electricista, pintor. Ella, trabajo duro en el campo: cultivo del tabaco, base económica del pequeño pueblo. Un poco antes de que les llegara la cruel opción "Cárcel, o exilio casi de por vida", Richard la llevó hasta un paraje amplio y verde, le preguntó si le gustaba, ella –perpleja– asintió, y él le dijo:
–Aquí voy a construir nuestra nueva casa.

Pero apenas empezó a unir unos pocos ladrillos, el castigo…

Se mudaron –decir huyeron es más justo– a Washington. Vivieron peor que en Virginia. Tres hijos les nacieron: Donald, Peggy y Sidney. Pero en 1964, harta de no poder pisar su tierra y no ver a su familia, decidió –con esa fuerza tan de las mujeres– llevar su caso ante la Justicia.

Acudió primero al fiscal general del Estado Robert F. Kennedy, y este le aconsejó elevar su caso a los abogados de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles, que trataron de persuadir al juez Leon Bazile para que revisara su veredicto de condena y diera marcha atrás.

Pero se enfrentaron a una bestia.

Se negó.

El diario The Telegraph recordó y reprodujo, textual, aquella sentencia: "El todopoderoso Dios ha creado las razas blancas, negras, amarillas, malayas y rojas, y las ha separado en diferentes continentes. El hecho de que separara a las razas nos muestra que Él no pretendía que se mezclaran entre ellas".

Un espanto. Y un largo silencio entre las paredes de la diosa Themis.

Pero entonces… ¡llegó la caballería justiciera!: la prensa.

En 1966, la revista LIFE le encargó al fotógrafo sudafricano Grey Villet un reportaje fotográfico: la vida íntima de los Loving–Jeter desde la mañana hasta la noche.

Grey convivió con ellos varios días, y LIFE publicó una conmovedora nota titulada "El crimen de estar casados".

El impacto fue enorme. Tanto, que el caso Loving versus Virginia llegó a la Corte Suprema de Justicia.

Y en junio de 1967, a ocho años de la condena y el exilio de la pareja, el máximo tribunal falló a favor de los demandantes… y fue más allá: declaró inconstitucionales "todas las leyes contra las uniones segregacionistas del país".

Todo el proceso transcurrió en silencio.

Mildred se enteró del fallo de la Corte… por teléfono. La llamó uno de los abogados.

Los dos volvieron a Central Point.

Él terminó de construir su casa.

Pero sin saberlo, lograron la legalidad (la libertad, en definitiva) del medio millón de parejas interraciales que había en esos años.

Muchos los consagraron como héroes, revolucionarios, activistas por los derechos civiles, bandera de justicia.

Pero no quisieron ser un frente de batalla ni un símbolo: "Solo lo hicimos por nosotros. Porque queríamos vivir aquí", le dijo Richard a LIFE.

Los nueve jueces de la Corte Suprema, por ese fallo, entraron en la historia.
Sus nombres: Earl Warren, Hugo Black, William Douglas, Tom Clark, John Harlan II, William Brennan Jr., Potter Stuwart, Byron White y Abe Fortas.

En 1975, después de ocho años de vivir en paz, trabajando y cuidando a sus tres hijos, la musa de la mala suerte los golpeó trágicamente. En 1975, un coche manejado por un borracho los arrolló. Richard, de 41 años, murió en el acto, y Mildred perdió un ojo.

Ella dejó este mundo el 2 de mayo de 2008, a los 69 años.

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