
Las tormentas y las mareas han dejado sus huellas en la Isla Hart. Y, más recientemente, han desenterrado otras. El terreno, a pocos kilómetros de Manhattan, ha servido durante 150 años como una fosa común para los cadáveres no reconocidos ni reclamados, que son depositados, lejos de cualquier ceremonia y en el olvido.
La circulación de fotos de cráneos, fémures y otros huesos humanos, desenterrados por la erosión del terreno, ha impulsado las investigaciones en el lugar. En solo una visita, un equipo del gobierno local recolectó 174 restos, los cuales fueron almacenados y catalogados.
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"Cuando escucho de la erosión, no puedo dejar de pensar… ¿Serán sus huesos? ¿Alguno será de él?", se pregunta Carol DiMedio, cuyo abuelo, Luigi Roma, fue enterrado en esta isla tras morir de tuberculosis en 1933.
Cerca de un millón de cadáveres yacen en esta isla, comprada por la ciudad en 1868. Ha sido sede de una prisión de la Guerra Civil, un asilo, un hospital para enfermos de tuberculosis, una cárcel y una base de misiles. Mientras tanto, Nueva York continuó enviando en barco todos los cuerpos no reclamados por las familias.
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El Departamento de Correccionales, administrador de la isla, nunca organizó una especie de cementerio ni se dedicó a cuidar el estado de los terrenos, lo que ahondó el apelativo de "Isla de la Muerte". Además, la entrada es restringida: solo aquellos que tengan familiares enterrados allí pueden acceder.
No son novedosos los hallazgos de huesos, pero aumentaron a partir de los daños causados por el Huracán Sandy y otras tormentas. "Han venido a limpiar los huesos, pero no es la primera vez y no será la última", lamenta Melina Hunt, creadora del Proyecto Isla Hart, dedicada a documentar las pobres condiciones del lugar desde 1991. Buscan que el lugar sea un parque y nombrado un sitio histórico, aunque continúe con sus funciones.
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"Se trata de neoyorquinos", subrayó el concejal Mark Levine, en referencia a los restos. "Son seres humanos marginalizados y olvidados en vida, fueron gente que murieron como indigentes, víctimas de enfermedades contagiosas. Estamos victimizándolos nuevamente en su última morada", lamentó.
La esperanza de personas como DiMedio, de 61 años, es que se desentierren los huesos y sean analizados para, a través del ADN, hallar a sus familiares perdidos. Ha investigado desde niña para saber dónde podría estar el cuerpo de su abuelo. Cuando lo descubrió, no quiso contarle la verdad a su madre.
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"Le mentí y le dije que estaba en un lugar hermoso, con agua azul y cielo celeste, muchos árboles y gaviotas. No tuve el corazón para decirle que está en este siniestro lugar llamado Isla Hart".
(Con información de AP)
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