"¡Se formó la gozadera!": los cubanos en Miami a la espera de Irma

Entre las precauciones y los últimos festejos antes de la catastrófica llegada de Irma, los emigrados de la isla en la Florida combinan tensión, humor, alcohol y resignación

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En Cuba, por donde el huracán Irma estaba el viernes, la infraestructura es más frágil y el estado más presente. En Coral Gables, el barrio de la Calle 8 y el restaurante anticastrista Versailles, el Navarro —la tienda cubana por excelencia— está que explota de gente que se queja de la falta de pilas grandes para las linternas. "¡Esto es el capitalismo!", ironiza uno en la fila. "¿Qué tú quieres, que el gobierno te regale las cosas? Eres cubano y aquí estás: ¿además quieres linterna?".

Algunos acopian sus medicinas —el Navarro es una multitienda pero, sobre todo, una farmacia— y otros alcohol y café, latas de atún y chocolate, utensilios de plástico y platos de papel, encendedores y velas que no sirven para decoración ni para honrar santos, papel higiénico, bananas. Agua. En botellones grandes de plástico.

En el estacionamiento, un automóvil retrocede mientras otro avanza, y ninguno se detiene, aunque tampoco chocan. Se han visto por los espejos. Alguien tiene que ceder y lo hace:

Bitch —le dice a la otra la conductora que frenó.

Todo el mundo luce nervioso, alterado. Un hombre adelanta su auto perpendicular a los dos carriles de una avenida; quiere girar a la izquierda, hacia los otros carriles, y pide a bocinazos que le cedan el paso. Dos autos se mueven; otro, que podría hacerlo, no.

El noticiero transmite 24/7 cosas horribles: la fuerza sin precedentes de Irma, el tamaño sin precedente de Irma. "Huracán nuclear", dice una presentadora; "tiene el tamaño de un país", comparó otro. Los meteorólogos son el oráculo de Delfos. Y llevan la pesadumbre de quien asiste a un funeral.

La gente especula sobre la dirección en que soplará el viento. Los automóviles tienen que ir en el lado opuesto, y si en el lado Este de las propiedades hay un árbol o un cartel de tránsito, conviene tapar las ventanas: todo volará y el vidrio que no se deshace se corta en fragmentos mortíferos. Pero los que no compraron hasta el jueves las planchas de madera contrachapada que se usan para eso —y salen USD 120 en lugar de los habituales USD 60— ya no las consiguen ni siquiera tras cuatro horas de espera.

—Esa mata vuela —dice una mujer sobre el árbol de mangos en el patio de la casa de su sobrina.

—Esa mata no vuela —le discute la muchacha.

Ya se empieza a sentir el viento, que tendrá la velocidad en que gire el huracán más la de su desplazamiento. Si los vientos corren a 155 millas (casi 250 kilómetros) por hora e Irma avanza a razón de 10 millas (más de 15 kilómetros) por hora, por ejemplo, Miami recibirá un azote constante a una velocidad de 165 millas (265 kilómetros), más ráfagas de tres segundos a una intensidad muchísimo mayor.

Las compañías aseguradoras de casas y de automóviles mandan correos electrónicos a sus "dear valued policyholders" (queridos y estimados asegurados). Esperan que no sufran pérdidas, pero si es el caso tendrán personal disponible para atenderlos.

Cuando empiece a volar todo, todo, todo lo que Irma encuentre en las calles, el domingo al amanecer, habrá un ruido de espanto y se cortará la luz. El lugar más seguro para estar es debajo de una cama o dentro de un baño sin ventanas. Pero la idea de pasar 12 horas en un refugio semejante —el huracán tarda en seguir hacia el norte, porque en tierra no cuenta con el impulso del agua caliente del mar— es muy difícil de comprender, o siquiera rozar.

La solución cubana: "¡Se formó la gozadera!". Eso lee una argentina desorientada en la pantalla de su celular. Acompañan el mensaje de su vecina —que se ha quedado en el edificio donde viven, a pesar de la orden de evacuación— fotos de un grupo de gente, botellas de ron, latas de cerveza y un salmón entero sobre una parrilla junto a una piscina, en la zona común de un edificio. De fondo, las ventanas de los apartamentos tienen las contraventanas cerradas o están tapadas por planchas de madera.

—¿Armaron una fiesta? —la llama y le pregunta.

—Y tú te la estás perdiendo. En Cuba la gente sale pa'la calle, y si el ciclón se debilita, se queja.

—En Argentina diríamos que están bailando en la cubierta del Titanic.

Puede ser, admite la cubana, pero ¿qué otra cosa hacer? Nadie podía salvar al transatlántico, ni es posible desviar a Irma.

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