
"Llegué a tocarla y creí que la había desviado al tiro de esquina, pero escuché el silencio del estadio y me tuve que armar de valor para mirar hacia atrás. Cuando me di cuenta de que la pelota estaba dentro del arco, un frío paralizante recorrió todo mi cuerpo y sentí de inmediato la mirada de todo el Maracaná sobre mí". La frase con la que explicó Moacir Barbosa la llegada del segundo gol uruguayo en el partido decisivo del Mundial de 1950 refleja el tormento que sufrió el arquero después de la hazaña que consiguió la Celeste.
Para los hinchas, periodistas y algunos futbolistas, el hombre del Vasco da Gama fue el único responsable del Maracanazo. Su posición en la cancha lo condenó para toda su vida. Incluso su carrera se vio disminuida después del dolor nacional que provocó la derrota en Río de Janeiro.
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Nadie recuerda el Campeonato Sudamericano (actual Copa América) adquirido con su selección en 1949. Tampoco los 8 títulos conseguidos con el club carioca. Ni siquiera el hecho de haberse consolidado como el mejor arquero de la cuarta edición de la Copa del Mundo. Su nombre permanecerá ligado a uno de los fracasos más recordados de la historia de los mundiales.

Su producción en el duelo frente a Uruguay generó uno de los golpes más inesperados de la historia. La derrota de Brasil llevó a que cientos de fanáticos opten por el suicidio, ya sea por la decepción que arrojó el 2 a 1 adverso o por las pérdidas económicas que significaron las apuestas realizadas en la previa del choque.
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La fábula que impone a Obdulio Varela caminando por las calles silenciosas de la ciudad intentando elevar el estado anímico de sus rivales en los bares no fue suficiente para limpiar el orgullo de Barbosa. Más de 4 décadas después, el villano que instaló la opinión pública tuvo el deseo de visitar a la delegación brasileña que participaría de la Copa del Mundo de 1994 en Estados Unidos, pero la respuesta que tuvo no fue la esperada.
"Llévense lejos a este hombre, que sólo atrae a la mala suerte", fue la orden que envió Mario Zagallo, integrante del cuerpo técnico liderado por Carlos Alberto Parreira reconocido por su superstición. Con la negativa del saludo de Romario, Bebeto, Dunga y compañía, Barbosa sacó una conclusión que expuso su sufrimiento: "En Brasil, la condena máxima es de 30 años. La mía fue perpetua".
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Otra situación que lo marcó en su vida cotidiana fue la que vivió en 1970, en un mercado de Río. En ese caso fue una mujer la que le hizo sentir el rigor de la inolvidable frustración. "Míralo, hijo, este hombre fue quien hizo llorar a todo Brasil", deslizó hacia su familiar que la acompañaba.
Si bien intentó pasar al anonimato, Barbosa cargó la cruz de la derrota hasta el día de su muerte. Nunca pudo continuar ligado al fútbol profesional. Tras su retiro en 1962 ocupó un puesto como funcionario de la Superintendencia de Río de Janeiro, pero en sus últimos días, envuelto en la miseria, lo observaron cortando el césped del Maracaná, aquel escenario que le arruinó su trayectoria.
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Algunas versiones afirman que sólo se dedicaba a pasar la máquina de cortar el pasto por el área que rodea al arco en el que Juan Alberto Schiaffino y Alcides Ghiggia convirtieron los goles.

Fueron sus últimos días, cuando quedó viudo y sin hijos por la muerte de su esposa que había sufrido un cáncer de médula ósea. Si bien el Vasco da Gama le había brindado un subsidio exiguo para que pueda sobrevivir, Barbosa nunca pudo superar la catástrofe que significó el Maracanazo.
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El 7 de abril del 2000 falleció de un derrame cerebral y hasta ese día cargó la culpa que le impuso su pueblo. Según Teresa Borba, una amiga íntima del ex futbolista, el arquero de la final de 1950 llegó al hospital repitiendo una frase que sorprendió a los médicos que intentaron salvarle la vida: "No fue culpa mía. Éramos once"…
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