
El viernes en Bilbao no fue una jornada más. La llegada del fin de semana comenzó con el derbi vasco que abrió la octava fecha de La Liga. Las calles se tiñeron de rojo y blanco desde temprano, generando un ambiente futbolero cargado de pasión.
Por los antecedentes que se registran en este tipo de partidos, en otras ciudades del mundo algunos manchones azules en la marea colorada podrían haber despertado el temor de alguna pelea entre los distintos hinchas de la Real Sociedad y el Athletic. Pero no. No en Vizcaya.
Es imposible imaginar lo que hubiera ocurrido en las inmediaciones del San Mamés si hubiese sido un Boca-River, Barcelona-Real Madrid, Fenerbahce-Galatasaray o Lazio-Roma. En La Catedral reinó la paz entre los fanáticos a través de las cervezas, las tapas y los bocadillos que compartieron entre familiares y amigos, sin importar qué colores los que identificaban a cada uno.

Sin divisiones en las gradas, ni policías intentando separar a las parcialidades para evitar el descontrol, el clásico vasco se vivió bajo un manto de hermandad que es único en el planeta. Incluso los puestos de venta de merchandising de ambos equipos se unieron como los propios fanáticos.
Cuando comenzó el partido todo cambió. Si bien los de la Real Sociedad se mezclaron con los del Athletic, las canciones, cargadas y exigencias en busca de la victoria se mantuvo como en cualquier otro escenario. Fueron más de 50.000 personas sentadas en un estadio de lujo. La Catedral se convirtió en un teatro y la acústica desborda con la salida de los protagonistas representó un espectáculo adicional. La sede española de la próxima Eurocopa fue parte de un show imponente.

Los planteos de los entrenadores fue una clara muestra de la importancia que tiene el derbi en la región. El temor a la derrota provocó que los jugadores generen poco en ataque y opten por un estilo defensivo sin tomar demasiados riesgos. Los del Toto Berizzo apostaron por la posesión sin profundidad, mientras que los de Asier Garitano se inclinaron por los contragolpes.
A la media hora del primer tiempo el San Mamés se convirtió en una caldera gigante. Con la colaboración del VAR, el árbitro Alejandro Hernández sancionó penal para la Real Sociedad y el bullicio ensordecedor acompañado de los pañuelos blancos intentó intimidar a Mikel Oyarzabal. La presión no sirvió: gol.
Como si se tratara de una especie de venganza, el futbolista se acercó a las gradas y besó su escudo. Los hinchas reaccionaron arrojándole lo que podían. La bronca duró escasos segundos, porque Iker Muniain se encargó de empatar el partido. La transición de la desilusión a la locura se produjo gracias al tanto del delantero de Pamplona que alguna vez confesó su amor por River.

En el entretiempo se registró la violencia de manera inesperada y sorpresiva. Ajena al fútbol, un reducido grupo del Athletic comenzó a golpearse con otros hinchas que también llevaban la camiseta albirroja. Temas políticos relacionados al pedido de independencia fue lo que desató la gresca, que rápidamente fue desactivada por el personal de seguridad. En el País Vasco también existe la grieta.
En el complemento, mientras algunos espectadores todavía se estaban acomodando en sus asientos y otros todavía seguían en los pasillos internos del estadio comiendo sus bocatas, Luca Sagalli capitalizó un error defensivo y puso el 2 a 1. Silencio. Los fanáticos locales no daban crédito a la falta de concentración de sus defensores. El pedido de reacción cayó de forma inmediata.
Sin embargo, las esperanzas se terminaron cuando un nuevo error en la última línea derivó en otro penal por una falta del arquero Unai Simón. El ritual de los pañuelos blancos, silbidos y bullicio se repitió con menor intensidad. El resultado fue el mismo: gol. Otra vez Mikel Oyarzabal lo festejó en la cara de los fans del Athletic. Pero la resignación evitó la reacción de los albirrojos.

La conquista de la Real Sociedad fue el pie para que algunos hinchas comiencen a retirarse. Los quince minutos que le quedaban al partido fueron innecesarios porque los del Toto Berizzo buscaron el descuento sin ideas claras. Así, cuando el árbitro marcó el final y los de San Sebastián festejaron su victoria, el público desapareció en un suspiro. La rápida y efectiva evacuación le puso un cierre a la noche del derbi vasco que seguió en los bares cercanos al San Mamés para que la historia de las tapas, cervezas y tragos se vuelva a repetir entre los fanáticos de ambos equipos.

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