
A fines de julio del 2017, el Barcelona FC se encontraba de pretemporada en Estados Unidos y el brasileño Neymar era el hombre de momento. Las chances de su traspaso al Paris Saint Germain eran cada vez más fuertes y él alimentaba los rumores con publicaciones enigmáticas en las redes sociales. Se sentía eclipsado por la figura de Lionel Messi y estancado en un club que giraba en torno al astro argentino. Ese sistema lo privaba de convertirse en el mejor futbolista del planeta. Necesitaba convertirse en la piedra angular de un proyecto y no ser un actor de reparto. Y se marchó, sin dudarlo. Era previsible.
Lo que nadie pudo anticipar fue que 365 días después, tras una temporada intensa, con un camino lleno de piedras y signado por los altibajos, el futbolista más caro de la historia pasó a ser el principal hazmerreír. Al hablar de su rendimiento en la Copa de Mundo nadie piensa en goles, asistencias o regates de lujo; se lo asocia directamente con las simulaciones de faltas y otras artimañas desleales.
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Desembarco turbulento en París
Hace exactamente un año, Neymar le anotaba dos goles a la Juventus en un amistoso llevado a cabo en el marco de la International Champions Cup. Los pies del brasileño dieron una exhibición en el MetLife Stadium de New Jersey pero su cabeza ya estaba en otro sitio. Cuatro días después le anotaba un gol al Manchester United en Maryland. Vivía en estado de gracia pero anhelando una pronta salida. En la previa al Clásico amistoso ante el Real Madrid en Miami, tuvo una pelea con su nuevo compañero Nélson Semedo en un entrenamiento y la prensa ya hablaba de un "acuerdo total" para marcharse a París.
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Los medios españoles revelaron luego que tras esa pelea con Semedo, el astro brasileño confesó a sus compañeros más cercanos que estaba encaminando su salida con rumbo a París. Sus compinches en ataque, Lionel Messi y Luis Suárez, fueron los primeros en conocer los detalles de un adiós que terminó de cerrarse en poco más de 72 horas y fue anunciada oficialmente seis días más tarde. El fichaje se hizo en 222 millones de euros (poco más de USD 263 millones) y Neymar se transformó, por lejos, en el futbolista más caro de la historia.
Pero la euforia de toda la capital francesa escondía la mirada con recelo de un vestuario que no se sintió cómodo desde el primer entrenamiento. Tanto en la presentación oficial al público como en la introducción interna a la plantilla, el presidente Nasser Al-Khelaifi y el director deportivo Antero Henrique no dejaron de adular a la nueva joya del club. Nadie ponía en duda su jerarquía, pero sabían que tendrían que lidiar con una estrella afín a los favoritismos y las atribuciones excesivas.
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El primero en advertirlo fue el entrenador, Unai Emery, quien aconsejó a los directivos del PSG que sean más comprensivos con todos sus futbolistas e intenten crear un clima de unión. A esta altura, ya se había efectuado la llegada de Kylian Mbappé, un chico que llegaba con 18 años para que el brasileño se sienta más cerca de la figura de Messi que nunca y decida arroparlo bajo su sombra, como Leo lo había hecho con él en el Barça. Pero se gestión de líder no estuvo ni cerca de aquel modelo que intentó replicar.
Sucesión de peleas, escándalos y desgracias
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Inevitablemente, la guerra de egos explotó en el PSG. Luego de varios espectáculos dentro del campo, con Neymar demostrando que su mejor versión estaba muy por encima de la media de la Ligue 1, llegó la famosa pelea con el uruguayo Edinson Cavani por la ejecución de un penal. El 17 de septiembre de 2017, en el partido ante Olympique Lyon por la fecha 6 de la Ligue 1, estalló la bomba: los atacantes discutieron por un penal. El periódico L'Equipe reveló posteriormente que casi se pelean a golpes en el vestuario. A partir de allí, la grieta comenzó a ser cada vez más grande.
Mientras Emery se esforzaba por mantener la armonía, los directivos le ofrecían a Cavani un millón de euros extra para cederle todos los balones detenidos al brasileño, algo que el uruguayo no aceptó y lo tomó como un mal gesto. A eso le siguieron una escapada de Neymar a Londres que no cayó bien entre sus compañeros y la posterior expulsión en el clásico ante el Olympique de Marsella. Todo caía mal en un vestuario molesto. Si bien dentro de la cancha hacía su gran aporte con goles y asistencia, por fuera había un clima muy tenso.
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Pese a este contexto, el astro del PSG sellaba con la selección brasileña la clasificación al Mundial y se ilusionaba con darle al proyecto qatarí el ansiado título de la Champions League. Los números del club parisino en la fase de grupos de la Liga de Campeones habían sido espectaculares. Además, en la pausa navideña y las vacaciones en su país, se reconcilió con Bruna Marquezine, su gran amor. Parecía que aún la temporada podía llegar a buen puerto pese al gran número de contratiempos que dejaron el mar revuelto.
Adiós a la 'Champions' y la lesión que lo obligó a brillar
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El sorteo de la Champions League emparejó al PSG ante el peor rival posible: el Real Madrid. Aquel 14 de febrero de 2018, en el césped del Santiago Bernabéu, donde se jugó el duelo de ida, Neymar desaprovechó su chance de acercarse de enamorar por completo al fútbol mundial y el PSG sucumbió por pánico escénico ante el equipo que mejor compite a nivel europeo. Habían comenzado ganando 1-0 y se despidieron con un 1-3 que dejaba todo cuesta arriba para el partido de vuelta.

Para colmo, 10 días más tarde, Neymar pisó mal en un forcejeo con Bouna Sarr en el duelo ante el Olympique Marsella por la Fecha 27 del campeonato francés y se dobló el tobillo derecho. Lloró sobre el césped del Parque de los Príncipes como si supiera que su temporada a nivel clubes iba a acabar en ese mismo momento. El astro brasileño no se recuperó para jugar el partido de vuelta de la Champions con el Madrid y el equipo francés quedó eliminado.
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Neymar quedó en el medio de una puja entre la Confederación Brasileña de Fútbol, que temía que el ídolo comprometa su participación en el Mundial de Rusia 2018, y el Paris Saint Germain, que había pagado más USD 250 millones y no quería que su temporada acabe de forma prematura. El esguince de ligamento lateral externo del tobillo derecho y la fisura en el quinto metatarsiano obligaron al jugador de decantarse por poner todas sus fuerzas para llegar en óptimas condiciones a la Copa del Mundo que podría consagrarlo como el gran heredero del legado de Messi y Cristiano Ronaldo.
Se exilió en Brasil para operarse y recuperarse lejos del ruido de París, donde los murmullos por su frustrada temporada y los rumores de traspaso al Real Madrid no le permitían concentrarse de lleno en el Mundial. Quiso estar cerca de sus afectos, de su novia y su familia, y centrarse únicamente en la conquista del trofeo más preciado en el mundo del fútbol.
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Desde el PSG insistían en que Neymar debía reaparecer con el equipo antes que con la selección de su país, pero el astro ya estaba enfocado en llegar pleno al debut del 17 de junio en Rostov, contra Suiza. Y fue como él lo quiso. Su regreso a los campos de juego fue con la camiseta de Brasil en un amistoso ante Croacia en el 3 de junio en Anfield. Convirtió uno de los goles del 2-0 ante el elenco helvético y volvió a anotar para que el elenco de Tite se imponga a Austria. Había superado con éxito su tres meses de inactividad y brotaban las razones para creer que iba a conducir a Brasil a su sexto título mundialista.
De figura a blanco de burlas en el Mundial
Pese a que reservó energías para la Copa del Mundo y en los amistosos previos insinuó que podría deslumbrar en dicho torneo, nada salió como esperaba. A sus 26 años no pudo desplegar todo su potencial y se convirtió en la gran figura mediática del fútbol. No atendió a tiempo las responsabilidades que le delegó su equipo y pasó gran parte del torneo frustrado, sin poder quebrar defensas con sus regates, desenganchado de sus compañeros, preocupado por su tobillo izquierdo, expuesto por los Árbitros Asistentes de Video (VAR) y yéndose del torneo por la puerta trasera.

"Es difícil encontrar fuerzas para querer seguir jugando al fútbol", escribió en sus redes sociales, mientras todo allí el mundo se reía de él. Se transformó en un 'meme' permanente y hasta las empresas, como una famosa cadena de comidas rápidas o el servicio emergencias de Portugal, se mofaron de sus simulaciones y exageraciones al recibir faltas. La estrella brasileña, señalada como el hombre capaz de dominar el fútbol en la próxima década, perdió su reputación y sus posibilidades definitivas de lograr su primer Balón de Oro. A su edad, Messi ya tenía cuatro y Cristiano Ronaldo tenía el suyo.
Ha decidido quedarse en el Paris Saint Germain, donde tendrá que recuperar el prestigio que ha perdido en un año fatídico —la prensa de su país lo destroza— y su inmenso valor publicitario se verá amenazado por uno de sus compañeros: Kylian Mbappé, el joven francés de 19 años que pisará el vestuario como campeón del mundo y habiendo llenado el formulario de postulante a ocupar el trono del fútbol en los próximos años. Mbappé es el hombre del momento y al brasileño lo azotan los fantasmas del eclipse.
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