Ingo Schulze en su departamento en Berlín, 2017(Gaby Gerster)
Ingo Schulze en su departamento en Berlín, 2017(Gaby Gerster)

“No fuimos suficientemente fuertes en el Este como para aclarar nuestros asuntos entre nosotros y, en verdad, entregamos inmediatamente a Bonn el poder conquistado, en medio de grandes aplausos democráticos”, afirma al escritor alemán Ingo Schulze, perteneciente a una generación literaria cuya trayectoria comienza tras la desaparición de la República Democrática Alemana (RDA).

“Pero por supuesto que lamentablemente no se trató de una unificación. Fue una adhesión, y el que se adhiere tiene que aceptar las reglas de juego del otro”, reflexiona Schulze (Dresde, 1962), para luego definirlo como una “colonización de lujo”.

El autor de las novelas Historias simples y Adam y Evelyn -recientemente llevada al cine- recibe a Infobae Cultura en su departamento. El diálogo se desenvuelve durante casi una hora, junto a una laptop y dos vasos de agua, en la mesa alargada de una amplia cocina comedor.

Schulze habla en alemán, después de aclarar amablemente al comienzo que lamenta no dominar el español. Una luz otoñal pero intensa atraviesa los ventanales con vistas a un idílico lago de Berlín, la ciudad donde el escritor vive desde 1993.

El novelista y cuentista sostiene que, tras el fin de la RDA, el Oeste se vio fortalecido, incluso en aquellos aspectos que ya se venían cuestionando. “Pienso que perdimos bastante tiempo, porque Occidente se sintió vencedor y siguió poniendo en práctica lo que ya existía”.

El autor de 33 momentos de felicidad y Nuevas vidas lanza además una advertencia sobre el principio del capitalismo: “Esta especulación con la esperanza de obtener más beneficios destruye la vida”.

Schulze, traducido a numerosas lenguas, entre ellas el español, no duda en reconocer durante la entrevista que “por supuesto se conoce muy poco” de literatura latinoamericana por sus tierras.

Y, de su visita hace unos cuantos años a Buenos Aires y Montevideo, emerge nítido un recuerdo: su búsqueda de primeras ediciones de Juan Carlos Onetti en las librerías de viejo. Un esfuerzo que rindió frutos: compró un ejemplar con la firma del autor de El astillero, que actualmente sigue atesorando.

-¿Cuál es su balance actual sobre la desaparición de la RDA? ¿Se fue modificando su punto de vista con el paso del tiempo?

-Creo que, con cada nueva experiencia, el pasado se resignifica. Yo también actualmente hablo distinto sobre los años 1989-1990 en relación a 1993, 2000 o 2010, porque simplemente después uno vivió otras cosas y se adoptan otros criterios. Y creo que la dimensión internacional de 1989-1990 aún no ha sido comprendida o apenas reflejada, así como la consecuencia de la autoliberación del Este. A partir de eso el Oeste se vio fortalecido, incluso en aquellos aspectos que ya se estaban cuestionando allí. El neoliberalismo solamente se vio aumentado y, por lo tanto, pienso que perdimos bastante tiempo, porque Occidente se sintió vencedor y siguió poniendo en práctica lo que ya existía. Un ejemplo muy simple: en la escuela aprendí que debíamos trasladar el tránsito de las calles a las vías. No es algo de lo que ahora pueda afirmarse “es un invento comunista”. Poco después de 1990 miles de ferroviarios fueron despedidos, porque se trasladaba todo a las calles. Y 30 años después se dice “tenemos que fortalecer los trenes”. ¿Qué pasó entretanto? Ahora desarrollamos coches eléctricos, esto es la mayor idiotez, en lugar de cuestionar los autos, al menos en las ciudades. O sea que son tantas cosas, sin importar si se habla de política de paz, justicia o ecología, en las que uno vuelve a chocar siempre con este principio del capitalismo, que la ganancia, la ganancia privada, es la puerta al beneficio de todos. Y eso puede ser así en determinadas áreas. Pero, visto en una totalidad, no podemos hacer de cuenta que el capitalismo es el mercado de los sábados donde se van a hacer las compras. Aquí se trata en cambio de acciones, mercados, bolsas y de sumas a las que incluso estados nacionales como Alemania tendrían dificultades para equiparar. Esta especulación con la esperanza de obtener más beneficios destruye la vida. ¿Cómo es posible que hoy en día hasta se ofrezca a un fondo buitre que compre un hospital o un asilo de ancianos? Incluso se están tratando de hacer ganancias con la salud. Eso es criminal, desde mi punto de vista.

Schulze y una vida dividida entre dos alemanias
Schulze y una vida dividida entre dos alemanias

-¿Cuán grande sigue siendo hoy la brecha entre Este y Oeste?

-Esto siempre es difícil de describir. Porque los mayores enfrentamientos los tengo con alemanes del Este, con los que en verdad tuve o creí tener experiencias similares. Pero estas experiencias son interpretadas de manera distinta. Sin embargo, solamente si se mira cómo están repartidos los patrimonios familiares, en el Este están claramente por debajo de los del Oeste. Lo que en casos individuales no significa nada, ya que naturalmente en el Este hay toda una serie de personas ricas. Sin embargo, la mayoría de las familias promedio pudieron acumular más en Occidente, porque simplemente tenían más tiempo para hacerlo.

La dificultad reside naturalmente en muchas cosas que pasaron hace 28, 29 años. Porque no fuimos suficientemente fuertes en el Este como para aclarar nuestros asuntos entre nosotros y, en verdad, entregamos inmediatamente a Bonn el poder conquistado, en medio de grandes aplausos democráticos. Pero por supuesto que lamentablemente no se trató de una unificación. Fue una adhesión, y el que se adhiere tiene que aceptar las reglas de juego del otro. Y, en consecuencia, fue por supuesto una colonización de lujo, en comparación con Europa del Este o la Unión Soviética, porque todo venía del Oeste. Y en el Este, en tanto, ¿quién tomaba posesión de una empresa? Cualquiera podía comprarla, pero en el Este naturalmente nadie tenía el dinero para hacerlo. Algunas pequeñas cosas sí que están en manos del Este. Pero hasta hoy los puestos directivos en el Este están mayoritariamente en manos de personas del Oeste.

-¿Qué aspectos se modificaron en la vida social y familiar tras la desaparición de la RDA?

-Creo que a partir de 1989-1990 también cambiaron el amor, el matrimonio y la convivencia. Al modificarse completamente las circunstancias, todo se puso nuevamente a debate. En la RDA solían trabajar los dos, con pocas excepciones. Y la evaluación de los oficios, quien repentinamente perdía el trabajo, cuál oficio, quién podía seguir ejerciéndolo, quién tenía quizás irse al Oeste para encontrar trabajo. Ahí se modificó todo y fue interesante cómo volvieron a aparecer estos viejos modelos de roles. O sea, el hombre como sostén de la familia, lo que en la RDA era completamente ridículo. A los hombres se les propuso ese tan viejo modelo de roles en el momento en el que el hombre y la mujer perdían el trabajo; la mujer posiblemente aún más rápido. Entonces, de golpe, la exigencia hacia el hombre se volvió mayor.

Y también estaban naturalmente los hombres de Occidente, por lo general financieramente mejor parados. Ellos sabían cómo se leía el menú italiano, el español o el japonés. Si bien estoy casado con una mujer del Oeste, desde un punto de vista estadístico es mucho más frecuente que se juntaran hombre del Oeste-mujer del Este.

-¿Existe tal vez algún punto de vista compartido por los alemanes del Este sobre estos acontecimientos históricos, treinta años después?

-Eso es muy disímil, por lo tanto, es difícil generalizar. Efectivamente creo que las posibilidades personales por supuesto se ampliaron para la mayoría. Solamente depende siempre de quién paga la cuenta. A partir de nuestra adhesión teníamos una suerte de derechos, por lo tanto queríamos conseguir los mismos derechos sobre el sur que los que tenía el Oeste. La famosa banana efectivamente no crece en el Rin ni en el Mosela, sino en algún lugar de Colombia, y entonces queríamos tenerlas bajo las mismas buenas condiciones.

Lo único bueno, o una de las cosas buenas en el Este, era que prácticamente no vivíamos o directamente no vivíamos a costas del sur. Por eso no teníamos tan buena fruta ni materias primas.

-¿Cuáles fueron los principales errores de la reunificación?

-El error fue cometido por los alemanes del Este...

-¿Y por qué fue todo tan rápido?

-Esto también tuvo que ver con (Helmut) Kohl y la información equivocada. La RDA ya no era solvente, etcétera. Eso simplemente era el camino más fácil. O sea, ahora el marco alemán, rápido, y todos creyeron en un milagro. Pero quien reflexionaba sabía que no podía funcionar si en junio recibía su salario en divisa de la RDA y, un mes después, en marcos alemanes. En realidad, lo sabían todos, pero ninguno quería darse por enterado. Se trata, por supuesto, de criterios básicos desacertados, que luego continúan influyendo. Ya sea que se tratase de la propiedad, de las posiciones jerárquicas. Pero además es interesante comprenderlo como patrón, como modelo, para el mundo en general. Cómo transcurren estos procesos, cómo tuvo lugar una colonialización, cómo liberarse de ella. Cuando uno observa Sudáfrica, el final del apartheid, fue algo así como “nos agarramos todo y ahora sí tenemos los mismos derechos, nos sigue perteneciendo todo y ahora construiremos la democracia y la libertad”.

-Sus libros se publicaron tras la caída del Muro de Berlín. ¿De no haber ocurrido, usted habría sido otro escritor?

-Con toda seguridad. Es una de las experiencias más importantes de mi vida, este cambio de paradigma que se produjo en 1989-1990, y eso trajo consigo la posibilidad de que lo que se había vivido y lo que se vivía en ese momento naturalmente de alguna forma podían ser comparados entre sí. Eso funcionaba de modo tan completamente distinto que era interesante establecer esas comparaciones.

Guardias fronterizos de Alemania Oriental la caída del Muro de Berlín. Noviembre de 1989 (Reuters)
Guardias fronterizos de Alemania Oriental la caída del Muro de Berlín. Noviembre de 1989 (Reuters)

-¿Está trabajando en algún nuevo libro? ¿Habrá pronto alguna nueva obra suya traducida al español?

-Sí, en marzo llegará un libro nuevo. Peter Holtz, mi más reciente novela (Peter Holtz. Su vida dichosa, contada por él mismo), a la que le tengo mucho cariño, tiene 570 páginas y entonces lamentablemente no encontré traductor. Apareció en Francia y recientemente en Italia, así como también en otros países, pero lamentablemente no en español.

-¿Su próxima obra pertenece asimismo al género de la novela?

-Sí, una novela que tal vez sea un poco más sencilla, porque tiene solamente 270 páginas. En realidad quería escribir una nouvelle. Se trata de un anticuario que vende libros usados en Dresde y se narra su historia. En la segunda parte habla el que escribió esta historia y el lector se entera por qué la escribió y en la tercera parte sale a la luz que el personaje principal está muerto y probablemente el narrador sea el asesino.

-Uno de los personajes de Historias simples afirma que “cuando uno escribe, observa el mundo con mayor atención”. ¿Está de acuerdo?

-Naturalmente creo que la observación es el requisito previo para poder escribir, pero finalmente también se trata de lo que a uno lo motiva, o sea el espíritu con el cual se escribe. ¿Qué tipo de espíritu es? ¿Parte de la insatisfacción, impulsa a decir algo? Siempre me pasa que tengo una especie de impulso inicial y sé aproximadamente sobre qué quiero trabajar, pero luego se trata en gran parte de seguir la propia lógica de lo que se escribió. Y esto es interesante en la medida que te aparta de ti mismo y que superas lo más pronto posible las propias limitaciones, cuando notas qué es lo que abre la historia y cómo puedes seguirla hilando.

Pero siempre prefiero hablar de literatura como lector, porque siento que necesito los libros para vivir y porque gracias a ellos uno se siente acompañado en determinadas experiencias. Creo que hay determinadas experiencias que solamente se dejan plasmar en una historia, en una poesía o en una obra de teatro.

-¿Escribir es una forma posible de sanar heridas?

-No creo demasiado en esa escritura terapéutica… pero naturalmente cada persona tiene que contarse de alguna manera su historia o cada uno necesita de alguna manera una historia de la propia vida. Y esto es cierto, se cuenta algo para entenderlo mejor. Para, después de todo, ser consciente de ello.

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