
El arte mueve multitudes. Lo que para algunos es una exageración, un improbable, algo imposible, esta calurosa tarde en París una cola kilométrica de gente aguarda con paciencia y entusiasmo entrar en un museo. Así como se lee. En el Louvre, la multitud espera para ver la Monna Lisa, la gran influencer de todos los tiempos, como la definieron Héctor Pavón y Mercedes Ezquiaga.
Pero, ¿por qué ahora sucede este torbellino de popularidad sobre la gran obra de Leonardo Da Vinci titulada, originalmente, La Gioconda? La respuesta es tan sencilla que parece inverosímil: el cuadro cambió de lugar. Sigue en el Louvre, sí, pero la sala donde estaba desde el año 2010 está siendo remodelada.

Desplazar una reliquia así, aunque sea un par de metros, es un ejercicio de alto riesgo por su fragilidad: fue pintada hace 500 años. Por lo tanto, se montó un operativo para mudarla y ahora, en estos momentos, se exhibe en la Galería Médicis. A finales de octubre el retrato de Lisa Gherardini, esposa de Francesco del Giocondo, habrá vuelto a su sala original, la Sala de los Estados, justo a tiempo para la gran exposición que el Museo Louvre le dedicará a Leonardo Da Vinci.
Mientras tanto, hoy, desde la mañana, la cola avanza pero se renueva constantemente. Un cartel dice: "Tiempo de espera para entrar en la sala de la Gioconda, 45 minutos". Sin embargo, todos aseguran que la duración es de casi dos horas.

"Take a picture and you go", dicen los guardias y vigilantes que protegen a La GIoconda cuando las personas pasan frente a ella y quieren tomarse una selfie. Unos 20 mil visitantes diarios se acercan al Louvre casi exclusivamente a ver esta pieza, la de la enigmática sonrisa. Por eso, la seguridad que hay en la segunda planta del ala Richelieu del museo no le quita ni un segundo del medio.
La fragilidad de la tabla de álamo en la que se pintó hace que la obra no salga de su caja fuerte nunca. Cuando se la examine, aún permanece allí. Ahora, en este cambio de sala, los técnicos del Louvre han diseñado una vitrina climatizada y blindada que la protege.

Su importancia es simbólica: es una reliquia de la Historia de Occidente y del mundo entero. Para darse una idea, sólo salió del Louvre en dos ocasiones: 1963 y 1974. Mientra la gente avanza, como una marea curiosa, los guardias señalan un cartel, negro sobre blanco, que dice: "Selfies, photos ici, here, aquí".
Capturado el momento, ya sea en una cámara profesional o en un celular con un par de píxeles, los visitantes continúan su marcha. Todos aseguran lo mismo: ha valido la pena.
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