Stephen King
Stephen King

Para entender El visitante, la última novela traducida al español de Stephen King (Estados Unidos, 1947), conviene empezar por una serie de viajes en el tiempo. El primero es tres años atrás, cuando en una entrevista dijo que la presidencia de Donald Trump le provocaba "un susto de muerte". Habituado a bromear sobre qué le da miedo al "Rey del terror", en esa oportunidad, sin embargo, King habló en serio: sin sonrisas ni miradas perspicaces que permitieran traslucir la menor ironía. Aún así, las sonrisas llegaron después, cuando el periodista preguntó si, con este susto en cuenta, pensaba escribir una novela. "Ya la escribí", dijo King. "Se llama La zona muerta".

Y esto conduce al segundo viaje. Porque aunque La zona muerta se publicó en 1979, cuando el actual presidente de los Estados Unidos era apenas un aguerrido inversor inmobiliario en Nueva York, los "lectores constantes" de King saben que esa vieja historia en la que Johnny Smith anticipa las terribles consecuencias de la presidencia de Greg Stillson (un candidato independiente que "a lo largo de una de las campañas más excéntricas" oculta su intención de desatar un holocausto nuclear) no es la única referencia a presidentes tan pintorescos como volátiles en su obra.

El propio Trump, de hecho, ha tenido algunas menciones en la novela de 2016 Fin de guardia, donde King escribe que el peligroso asesino Brady Hartsfield vive rodeado de lujos "como Donald Trump", y una aparición más sutil en Bellas durmientes, de 2017, donde King y su hijo Owen describen a un inestable líder sectario "tramposo y sin otro objetivo que la evasión fiscal" apodado Compadre Hoja Dorada, el color insignia de la marca Trump, al que en la misma novela (y ya sin sutilezas) se compara "en nivel de gilipollez" con los caníbales.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump (REUTERS/Kevin Lamarque)
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump (REUTERS/Kevin Lamarque)

Pero si es cierto que a los escritores les gusta escribir acerca de lo que les gusta pensar, el último viaje en el tiempo es al año pasado, cuando Trump, violando la orden judicial que le prohíbe expulsar a cualquiera de sus redes sociales, "bloqueó" a King en Twitter. El evento marcó un punto de no retorno y desde entonces no pasa un día sin que el bestseller le dedique alguna crítica despectiva a la imagen, los discursos o las acciones ejecutivas de "Baby Don", como lo llama ante 5 millones de seguidores. "Tal vez dije que él tenía la cabeza en un lugar donde solo cierta posición de yoga podría llevarla", bromeó King durante una entrevista televisiva sobre El visitante.

Ya sea por las pasiones políticas o por lo que Twitter enciende desde hace rato entre King y Trump ("Twitter es la manera en que hablo con la gente directamente, sin filtros", ha dicho el presidente, que se considera "el Ernest Hemingway de los 140 caracteres"), lo cierto es que El visitante podría leerse como una indagación literaria de los votantes "ocultos" de Trump. Es decir, como un viaje hacia el mundo de aquellos individuos comunes y corrientes dispuestos a darle el poder. Una búsqueda cuya premisa fundamental fue brillantemente formulada en 2016 por Kellyanne Conway, una de sus primeras jefas de campaña: "El votante de Trump está oculto. No hay un solo votante oculto de Hillary Clinton en todo el país. Están todos en la calle".

Si La zona muerta trataba acerca de cómo un cínico debía engañar a sus votantes para arrastrarlos al caos, cuarenta años más tarde, y a la luz de la historia más contemporánea, El visitante explora la idea inversa. ¿Y si son los votantes "ocultos", aquellos cuya invisibilidad puede provocar un falso sentido de triunfal mayoría entre los incautos (como ocurrió "en la calle" con los votantes de Hillary Clinton hasta las elecciones) los que están dispuestos a liberar al "cuco"?

“El Visitante”, de Stephen King
“El Visitante”, de Stephen King

En El visitante es esta dualidad entre lo luminoso y lo sombrío, y entre lo visible y lo inesperado, lo que provoca que un esposo y padre de familia intachable como Terry Maitland, maestro de literatura y entrenador de béisbol de la liga infantil de Flint City, una ciudad imaginaria en el corazón de Oklahoma, sea arrestado por secuestrar, violar con una rama, "abrirle la garganta a dentelladas" y rociar con su semen a Frank Peterson, de 11 años. Pero el detalle más inquietante es que Terry Maitland es tan culpable como inocente: la policía tiene tantas pruebas irrefutables de que asesinó y violó como de que, en el mismo momento, estaba en otra ciudad, en un festival literario.

Así, al problema de cómo una misma persona puede estar en dos lugares a la vez se le añade otro, casi más turbulento: ¿cómo puede una misma persona ser capaz de los actos más altruistas y también de los más espantosos? Sin perspicacias psicoanalíticas, el detective Ralph Anderson solo recuerda su experiencia con un melón. "Cuando yo era niño me encantaban los melones. Y una vez abrí uno lleno de gusanos y moscas. Desde ese día no soporto ver una rodaja de melón, y menos aún comérmela. Esa es mi metáfora en relación con Terry Maitland. No había manera de que esos bichos entraran, pero allí estaban".

Conmocionada, Flint City empieza a sentirse al borde del descontrol. "No me fío de mis propias reacciones", les advierte a sus compañeros uno de los policías a punto de arrestar a Maitland, que había trabajado con los hijos y nietos de casi todos los habitantes de la ciudad. Mientras tanto, sobre la familia de la víctima se desata un huracán insaciable de desgracias. "La realidad es una capa de hielo muy fina, pero la mayoría de la gente patina sobre ella durante toda su vida y nunca caen y se hunden del todo", dice Holly Gibney, la única en condiciones de resolver el misterio.

Mitin de campaña por Donald Trump en Council Bluffs, Iowa, Estados Unidos. Octubre de 2018 (REUTERS/Leah Millis)
Mitin de campaña por Donald Trump en Council Bluffs, Iowa, Estados Unidos. Octubre de 2018 (REUTERS/Leah Millis)

Quienes recuerden las fuerzas sobrenaturales de Carrie, El resplandor, Eso y Cementerio de animales podrán intuir sin mayores sorpresas una explicación para los crímenes. Pero es en este punto donde la reaparición de Donald Trump adquiere una densidad distinta, con la que King le da una pátina más siniestra que en otras oportunidades. Como si fuera un rasgo más del paisaje rural y suburbano de Oklahoma, uno de los bastiones del Partido Republicano, el nombre del presidente solo surge cuando se aproxima algo funesto.

Cuando esta "maldad oculta" deja sus primeras huellas, por ejemplo, King describe un risco junto a un cementerio con un cartel que dice "Trump. Para que Estados Unidos vuelva a ser grande. Trump". Y más adelante, mientras el dueño de un prostíbulo en el que trabaja otra víctima se lamenta de que el Estado no ayude "a las personas corrientes al cuidado de los ancianos", el policía que lo escucha no puede evitar pensar que eso es algo que "dice el hombre que probablemente votó a Donald Trump". La presencia de El visitante, cuya "verdadera arma es la incredulidad", insiste King, nos conoce y sabe ocultarse entre nosotros para lograr lo que desea. ¿Será por eso que solo las alusiones directas a la muerte, el miedo y la hipocresía escoltan a las menciones del presidente?

Al trasladar la parte crucial de la trama a Texas, sin embargo, las apariciones de Trump dan un último giro. ¿Por qué su foto en una cafetería cualquiera en "un estado republicano como el que más", escribe King, está "pintarrajeada con el pelo negro, un bucle sobre la frente y bigote"? El detective Ralph Anderson encuentra una respuesta: la población de piel blanca en esta región de frontera está en minoría "o poco le falta". Esa simple burla, por lo tanto, es una reacción contra la malevolencia del racismo. Y no es un detalle menor, porque como dice Holly Gibney mientras persigue a la extraña encarnación del mal, "esta es una criatura que se alimenta de los malos sentimientos".

Stephen King
Stephen King

En términos narrativos, El visitante no es más que otra previsible prueba del oficio de Stephen King, un autor que a los 71 años, y con más de medio centenar de novelas a cuestas, sigue construyendo historias acerca del verdadero origen humano del miedo, guiado por el mismo principio que menciona en su autobiografía, Mientras escribo: "Lo mejor es ser sincero". Y si hay algo sincero en El visitante es que la presidencia de Donald Trump todavía le provoca "un susto de muerte".

 

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