Joan Didion y un viaje al interior de Estados Unidos
Joan Didion y un viaje al interior de Estados Unidos

Durante la década del '70, la escritora estadounidense realizó varios viajes en auto por diferentes ciudades de su país, a la vez que anotaba historias, anécdotas y pensamientos en sus diarios personales. Hoy, esos textos salen a la luz en Sur y Oeste (Literatura Random House)

Infobae Cultura presenta un adelanto de , una recopilación de los cuadernos inéditos de la autora estadounidense escritos en los setenta durante un viaje en auto por su país

“Sur y Oeste” (Literatura Random House) Joan Didion
“Sur y Oeste” (Literatura Random House) Joan Didion

Biloxi

En el Golfo todo parece irse al carajo: a las paredes les salen manchas, las entanas se oxidan. Las cortinas crían moho. La madera se deforma. Los aires acondicionados dejan de funcionar. En nuestra habitación del hotel Edgewater Gulf, donde estaba teniendo lugar la Convención de Radiotelevisión de Misisipi, el aire acondicionado de la ventana temblaba y sufría violentas sacudidas cada vez que lo encendías. El Edgewater Gulf es un hotel enorme y blanco como una lavandería gigante y con pinta de estar a punto de ser clausurado para su demolición. La piscina es grande y está descuidada, y el agua huele a pescado. Detrás del hotel hay un centro comercial nuevo construido alrededor de una galería cubierta con aire acondicionado, y empecé a escaparme allí para intentar regresar a la América normal.

En el ascensor del Edgewater Gulf:

–Walter, creo que habéis crecido más que ninguna ciudad del estado de Misisipi.

–Bueno, las cifras no están claras.

–¿No hay tanta gente como esperaba la Cá-mara de Comercio?

–No, bueno…

–Lo mismo pasó en Tupelo. En Tupelo pidieron un recuento.

–Bueno, francamente, no creo que tengamos a tanta gente… Ven los coches y creen que viven aquí, pero vienen de otras partes, se gastan un dólar al día…

–Un dólar como mucho.

Los dos hombres estaban hablando de cara a las puertas del ascensor, no el uno de cara al otro. El diálogo se desarrollaba en tono grave. La posibilidad de "crecimiento" en las poblaciones pequeñas de Misisipi es un anhelo eterno y se ve eternamente refutada. La de la Radiotelevisión de Misisipi era, según me aseguró todo el mundo, "la convención más de puta madre de todo el estado de Misisipi".

Una noche, después de la cena, dimos una vuelta en coche por Biloxi y nos paramos a ver un partido de la Pony League bajo unas luces muy potentes. En las gradas había un puñado de hombres con camisas de manga corta y mujeres con blusas descoloridas de algodón y pantalones pirata, viendo jugar a los niños. Debajo de las gradas, unos niños jugaban descalzos en el suelo de tierra y había un coche de policía aparcado, con el motor al ralentí y las portezuelas abiertas. Dentro no había nadie. El partido terminó sin satisfacer a nadie.

Por todas las poblaciones de Misisipi pasan vías de tren, o por lo menos eso parece, y en todos los cruces de vías hay un letrero que dice: "policía de misisipi/stop". Las vías están elevadas y a su alrededor crecen zanahorias silvestres.

Después del partido de la Pony League fuimos a tomarnos una cerveza en un bar que quedaba a unas manzanas, y allí nos encontramos con otra gente que había estado en las gradas, sin niños a la vista. Al parecer era una simple forma de pasar unas horas en los atardeceres de verano. Ya habían ido a ver The Losers, supuestamente; en sus casas hacía calor y al ponerse el sol ya habían terminado de cenar.

Otra forma de matar el rato aquella noche (aunque creo que era un pasatiempo casi imperceptiblemente más de clase media) era ir al Rodeo de Pesca de la Kiwanis, donde los peces más grandes capturados durante la jornada se exponían en bandejas con hielo. En el se-rrín de debajo del toldo había sentada una niña, enhebrando anillas de latas de cerveza para hacerse un collar.

A las 10.30 de la mañana de un día de la Convención de Radiotelevisión se celebró, en el salón de baile del Edgewater Gulf, un evento que el programa denominaba "Almuerzo para Señoras". Tocaba en directo el trío de Billy Fane y presidía Bob McRaney Sr., de la WROB de West Point.

–El trío de Billy Fane se está convirtiendo en una especie de institución en lo que respecta a nuestra convención –dijo, y procedió a presentar el siguiente número musical–: Esta mañana tenemos un número que… creo… a menos que hayan sido ustedes indios de una reserva, y no muchos lo hemos sido… les va a parecer a ustedes original y desacostumbrado, cuando menos. En Colorado… o en algún sitio del Oeste… hay un pueblecito muy pintoresco llamado Taos. Y esta mañana tenemos a un joven que ha perfeccionado un baile del aro de Taos… Es Allen Thomas, de Franklinton, Luisiana… acompañado de Martin Belcher a los timbales indios.

–Les va a encantar este número –nos dijo alguien de mi mesa–. Nosotros lo vimos en el instituto en el 49.

–Ya me gustaría tocar el órgano así –dijo otra persona durante la actuación del trío de Billy Fane.

–Pero ¿no lo tocas así?

–Tendríais que venir todas a visitarnos –dijo una tercera mujer. Eran todo mujeres jóvenes, la mayor debía de tener treinta años–. Os tocaría el órgano.

–Nunca conseguiremos ir –dijo la primera mujer–. Nunca he estado en ningún sitio al que quisiera ir.

Había una rifa entre las asistentas al almuerzo, y el primer premio era un revestimiento de masonita para las paredes de una habitación. Las mujeres querían de verdad la habi-tación de masonita y también el juego de cuchillos de trinchar, la baraja de naipes, el par de zapatos de Miss América, el espejo de tocador con luces y el grabado de Jesucristo sobre madera. Rememoraron entre ellas quiénes habían ganado los premios de la rifa el año anterior, y la estancia se llenó de la envidia nostálgica que se tenían unas a otras. En el margen del salón de baile jugaban varias niñas con sandalias y vestidos de verano, esperando a sus madres, que ahora, en plena rifa, también eran como niñas.

Resultaba llamativo y alarmante contemplar lo aislada que estaba aquella gente de lo que era normal en la vida americana en 1970. Toda su información era de quinta mano, y se había ido mitificando por el camino. A fin de cuentas, ¿acaso importa dónde esté Taos, si Taos no está en Misisipi?

En el banquete de los Premios de la Radiotelevisión de Misisipi abundaban los chistes y parábolas. He aquí un chiste: "¿Sabes qué te sale si cruzas un violín con un gallo? La respuesta es que, si miras el corral, podrás ver a alguien violindo a tu gallo". Me pareció un chiste interesante, en el sentido de que carecía de elementos graciosos y sin embargo todo el mundo se rio a carcajadas y en las mesas que me rodeaban lo siguieron repitiendo para todos aquellos que no habían oído el final.

Y he aquí una parábola que oí aquella noche:

–Había una abeja zumbando en un campo de tréboles y entonces vino una vaca y se tragó a la abeja, y la abeja siguió zumbando allí dentro y hacía calorcito y daba sueño, así que la abeja se fue a dormir y cuando se despertó la vaca ya no estaba.

Si no recuerdo mal, la parábola ilustraba algo relacionado no con los malos tiempos de la radiotelevisión sino con los buenos, y al parecer transmitía su idea al público con mucha claridad, aunque no llegué a entenderla.

En la tarima alguien mencionó en repetidas ocasiones que íbamos a "entrar en la era espacial en esta nueva década", y sin embargo parecíamos estar muy lejos de allí, y, en cualquier caso, ¿acaso no habíamos entrado ya en la era espacial? Yo tenía la sensación de llevar tanto tiempo en la Costa del Golfo que ahora mis fuentes de información también eran remotas e inaccesibles, y, al igual que las mujeres del Almuerzo para Señoras, ya nunca conseguiría ir a ningún sitio al que quisiera ir. Uno de los galardones de la noche era a la "Mejor serie de programas hechos por una mujer".

El banquete homenajeaba al congresista William Colmer (demócrata, de Misisipi), que llevaba treinta y ocho años en la Cámara de Representantes y en la actualidad presidía el Comité del Reglamento de la Cámara. Le iban a conceder el Galardón de la Radiotelevisión al Hombre del Año y había venido con su ayudante, su madre y su secretaria. Al aceptar el premio, el congresista Colmer comentó entre dientes que había "manzanas podridas en todas las huertas", y al hablar de los intereses del resto del país en el estado de Misisipi dijo que era "como tener al ginecólogo en Nueva Jersey cuando el bebé está naciendo en Misisipi".

–Por aquí recibimos mucha publicidad negativa –dijo el galardonado con el premio al Servicio Público Destacado.

La solidaridad que engendraba la desaprobación exterior era una nota constante. Parecía haber llegado a un punto en que todos los ciudadanos de Misisipi estaban unidos de una forma que simplemente no se daba entre los residentes de ningún otro estado. Solo podían estar cómodos entre ellos. Lo que compartían parecía pesar más que cualquier diferencia que pudieran tener, de clase o económica o incluso racial.

Charles L. Sullivan, que fue presentado como "vicegobernador del estado de Misisipi y miembro de la Iglesia Baptista de Clarksdale", se puso en pie para hablar.

–Cada vez estoy más convencido de que vivimos en una era de manifestantes, gente indisciplinada, desharrapada, desinformada y a veces antiamericana, que trastorna la vida privada y pública de este país.

Se quejó de la prensa, "que se contenta con soltar un par de 'Odio Misisipi' en voz bien alta":

–Esta generación adulta ha logrado más cosas que ninguna generación en toda la historia de la civilización; ha empezado la exploración del espacio infinito de Dios. Simplemente me niego a oírlos poner el grito en el cielo por una situación que ellos mismos han iniciado. No me creo que el derecho a estar en desacuerdo sea el derecho a destruir la Universidad de Jackson o la de Kent o [el "ni siquiera" estaba implícito] la de Berkeley. Si es verdad, como dicen, que han perdido la esperanza en el proceso democrático, entonces yo y los que se manifiestan conmigo insistiremos ahora y siempre en que, si hay que cambiar el sistema, hay que cambiarlo en las urnas y no en las calles. –Y terminó con el consabido fi-nal de todos los discursos sureños–: Podemos vivir todos juntos con la dignidad y la libertad que su Creador quiso darnos.

Con tantos policías de carretera como invitados de honor, aquel banquete y todo aquel discurso tenían un claro mensaje de fondo, porque habían sido los policías de carretera quienes habían disparado en Jackson.

Notas al azar del fin de semana: el director negro de la emisora de Gulfport haciendo cola y hablando con Stan Torgerson, de Meridian, sobre la programación de música negra, y Torgerson diciendo que él programaba canciones del Top 40 y no blues profundo ni soul, y que también tenía una tienda de discos, "o sea que sé muy bien qué puñetas compran". Bob Evans, de la WNAG de Grenada, intentando explicar la estructura de clases sociales de los pueblos de Misisipi usando como ejemplo a cinco familias, donde el banquero siempre era el número uno porque era el que daba los préstamos. Una chica negra, alumna de la Universidad Estatal de Jackson, presentó una lista de demandas en una reunión de la tarde y todo el mundo me explicó que lo había hecho "con mucha cortesía". Un homenaje a la cobertura informativa durante el huracán Camille, donde "la radiotelevisión trabajó en armonía sinfónica con el departamento de meteorología y las autoridades de protección civil". Tras el desastre "llegaron famosos de todo el país, Bob Hope, las Golddiggers, Bobby Goldsboro. El hecho de que viniera Bob Hope hizo que la gente viera que realmente le importamos al país". La señora McGrath, de Jackson, se me acercó para decirme al oído que lo de la  Universidad Estatal de Jackson había estado preparado.

Los centros turísticos de la Costa del Golfo viven en cierta medida de las apuestas ilegales, de garitos escondidos entre los pinares que todos los visitantes conocen. La Mafia es poderosa en esta costa.

Las mujeres del Almuerzo para Señoras, hablando de la tele:

–La tengo puesta por los seriales.

–La necesito por los seriales.

–Solo oigo la radio en la cocina.¿Y al conducir?, le pregunté. La guapa jovencita me miró como si estuviera realmente perpleja.

–¿Conducir adónde? –me preguntó.

No sé por qué fuimos a Meridian en vez de a Mobile, tal como teníamos planeado, pero al cabo de unos días ya parecía imperativo marcharse del Golfo y dejar atrás aquel aire asfixiante.

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