
Un dominó. De a tandas, los jurados de la Academia Sueca empezaron a renunciar. Una pieza y otra pieza y otra pieza. Hasta que todo se desplomó y se decidió cancelar la entrega del Premio Nobel de Literatura 2018 que se debería entregar en los próximos días. ¿Qué pasó?, se preguntaban todos.
Lo que pasó fue, definitivamente, un escándalo.
Escándalo de abusos sexuales
El dramaturgo francés Jean-Claude Arnault, esposo de la jurado Katarina Frostenson, fue acusado de tres hechos graves. El primero —que tiene que ver con cuestiones específicas de manejo de información— es haber filtrado los nombres de los premiados antes de que se entregue el galardón, y el segundo es por haber recibido para su centro cultural financiación de la Academia, lo cual representa lo que se denomina un conflicto de intereses.
Pero el tercero —aquí aparece el quid del asunto— es el de haber abusado sexualmente de dieciocho mujeres entre 1996 y 2017. Lo aseguraron de forma anónima, en el diario Dagens Nyheter en noviembre pasado, en medio de la campaña de denuncias de abusos #MeToo.
Cuando las cosas se hacen públicas, todo estalla. Así se volvió una crisis sin precedentes. Comenzaron renunciando Peter Englund, Klas Östergren y Kjell Espmark, y a los pocos días le siguió la secretaria permanente desde 2015 Sara Danius, así como la mismísima Katarina Frostenson, esposa de Arnault. Las piezas siguieron cayendo hasta llegar a ocho renuncias. El colapso se tornó inevitable, entonces anunciaron el viernes 4 de mayo, mediante un comunicado que no habrá Nobel en 2018 para poder "recuperar la confianza pública en la Academia antes de que se pueda anunciar el próximo ganador", que será en 2019, junto con el del corriente año.

El corolario de la historia es que, hace tres días, Jean-Claude Arnault recibió su sentencia: dos años de cárcel —ni tres como pedía la fiscal, ni seis como es el máximo fijado para este tipo de delitos— por considerarse culpable de uno de los dos casos de violación de los que estaba acusado.
Un premio alternativo y el desplante de Murakami
En julio, se anunció la creación de la Nueva Academia. Un grupo de personas de la literatura decidió tomar la posta y hacer un nuevo premio: el Premio Nobel de Literatura alternativo. Mediante un comunicado en The Guardian lo anunciaron. Lo dirigen la editora Ann Pålsson, la profesora de la Universidad de Gotemburgo Lisbeth Larsson y la bibliotecaria Gunilla Sandin. La votación pública determinó cuatro candidatos.
¿Quiénes son? La novelista francesa Maryse Condé, el inglés Neil Gaiman, autor de cómics y libros de fantasía —la apuesta disruptiva frente a la mirada literaria tradicional—; Kim Thúy, nacida en Vietnam que creció como migrante refugiada en Canadá. El cuarto es el japonés Haruki Murakami —eterno candidato al Nobel—, pero él mismo decidió bajarse de la terna. "Prefiere concentrarse en su escritura y seguir fuera de la atención mediática", indicaron los organizadores.

Este mes se anunciará el ganador, y el 11 de diciembre, el día siguiente a la entrega del premio, la Nueva Academia se disolverá. Para ese entonces su objetivo ya habrá sido realizado.
¿Fin de una era y renovación?
Cuando todos nos desayunamos que no habría galardón, que no podríamos debatir entre quién sí y quién no, que no repasaríamos la intensa obra del premiado, pensamos: ¿y ahora qué? ¿Cómo se vive un año sin Nobel de Literatura? ¿Se trata del compás de espera en busca del prestigio perdido o el fin de una era?
"Me parece perfecto que no lo den —le había dicho a Infobae Cultura la escritora argentina Claudia Piñeiro—, porque para que el premio valga tiene que tener un buen jurado. Si el jurado no es confiable, es mejor no hacerlo. Además, si lo entregaban, el premio ya estaba manchado. Hay que bajarle la intensidad a la importancia al Nobel. A mí, personalmente, no me parece que tenga tanto prestigio". Además, editores y libreros aseguraron que tampoco el Nobel mueve la aguja de la industria, es decir, no representa un gran caudal de ventas.
El agente literario sueco Joakim Hansson también habló con Infobae Cultura y había asegurado lo siguiente: "Para nosotros, el valor de la transparencia es fundamental. No está en cuestión la capacidad intelectual de los miembros de la Academia pero su accionar al hacer silencio frente a lo que conocían del poeta acusado los hace responsables. El comité se convirtió en un espacio pomposo y conservador, patriarcal".

Tal vez sólo haya que esperar. Lo importante fue la forma en que la sociedad no hizo oídos sordos a semejante cuestión. No siempre el show debe continuar. Eso, este año —el año sin Nobel de Literatura—, quedó claro.
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Literatura sin Nobel: ¿compás de espera en busca del prestigio perdido o el fin de una era?
Kazuo Ishiguro ganó el Premio Nobel de Literatura 2017
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