"En el mundo en el que vive este obrero, los pobres, para subsistir, tienen que robarse entre ellos"
(André Bazin, El Neorrealismo)
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Entre 1937 y 1945, el fascismo –Benito Mussolini– intoxicó a Italia con films deliberadamente estúpidos.
El tirano comprendió que el cine era un arma, fundó los estudios Cinecittá, y puso en marcha –producción en serie: casi 220 películas– comedietas de teléfono blanco que mostraban un país próspero y perfecto, sin conflictos sociales, con final feliz, y regidas por una censura de hierro: estaba prohibido mostrar delincuencia, pobreza, ¡y también el género satírico!
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Pero luego de su caída y muerte, el talento, el genio, y la cruda verdad explotaron y fundaron un movimiento que abrió paso a las décadas más brillantes de la historia del cine italiano. Un milagro llamado Neorrealismo…
Roberto Rossellini rompió el fuego en 1945 con Roma, ciudad abierta…, y en 1948, con antecedentes ilustres (Luchino Visconti con Obsesión y La tierra tiembla, por caso), Vittorio de Sica –1901-1974– urdió un milagro: Ladri di biciclette (Ladrones de bicicletas).
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La historia es simple. Un hombre consigue trabajo con una condición: tener bicicleta. Pero en su primer día laboral, se la roban…
En un mundo normal (o relativamente normal), un contratiempo reparable: comprar otra. Pero en el sombrío escenario de la Italia de posguerra –desocupación, hambre, miseria desesperante–, basta esa pequeñez para construir la tragedia de un hombre…
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Vittorio de Sica filmó Ladri… como todas o casi todas las películas del neorrealismo: sin una lira, a pulmón, sólo en escenarios naturales –la calle–, quemando la menor cantidad de celuloide posible (era importado, escaso y carísimo), cámara en mano cuando no había otra opción, y sin repetición de tomas: si una secuencia empezaba con sol y terminaba con lluvia, así se imprimía, aunque la calidad fuera imperfecta y hasta deficiente. Fue, hablemos claro, el cine del hambre, en un país devastado por la guerra.
Basada en una novela del mismo nombre publicada en 1945 por Luigi Bartolini, la adaptó para la pantalla un guionista mítico: Cesare Zavattini, con el mismo de Sica y otras cuatro plumas.
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Los actores, nueve, no eran profesionales: otra clave del neorrealismo. Gente que se interpretaba a sí misma, y acaso con los mismos dramas en su vida real y cotidiana.
Protagonistas: Lamberto Maggiorano como Antonio Ricci, Enzo Staiola como Bruno, hijo de Antonio, y Lianella Carell como Maria, la mujer de Antonio.
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Se estrenó en Italia el 24 de noviembre del 48, y un año después en los Estados Unidos. Dura 93 minutos. Debió costar 133 mil liras… pero lograron hacerla con 81 mil. Talento desbordante en bolsillos secos… Pero ese año ganó el Oscar al mejor film extranjero. En 1954, la revista Sight and Sound la instaló primera en la lista de "las diez mejores películas jamás hechas". En 1962, todavía estaba: séptimo puesto. Y aun está primera en "las 50 películas que deberías ver a los 14 años". Agrego: y a toda edad, así que vivas un siglo…

Los Ricci viven en uno de esos monoblocs grises y helados, y en un suburbio romano no menos gris. Está sin trabajo. Maria, su mujer, debe caminar un largo trecho para llenar un balde de agua en la única canilla pública. Cada mañana, Ricci –como un soldado derrotado y sin esperanza– se para en la larga…, interminable fila de desdichados como él que esperan un trabajo: el más subalterno, miserable, humillante. No importa…
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Una mañana, el amanuense que tiene las listas de vacantes, desde la mitad de una escalera… que no es precisamente una escalera al cielo ni a la gloria, llama:
–¡Ricci! ¡Ricci Antonio!
El hombre se presenta, ansioso, esperando el maná.
El amanuense le informa:
–Hay un puesto municipal para pegar carteles en la calle. Pero hay que tener bicicleta.
Luz y sombra: Ricci tiene una bicicleta, pero está en el montepío. Empeñada para poder comer…
Vacila.
El amanuense insiste, perentorio:
–¿Está o no está?
A ciegas, mintiendo, Ricci responde:
–¡Está, está!

Vuelve a su casa como un condenado a muerte. Derrotado. Sin reacción.
Y en ese punto sucede algo límite. En una sociedad machista, la exaltación de la mujer. Así como Nora, en Casa de muñecas, de Ibsen, le dice a su marido "Tenemos que hablar"… ¡en la Noruega de 1800! (un cachetazo histórico a esa sociedad rígida y conservadora: una mujer que cuestiona), Maria sube a su departamento, despojado casi de todo a
fuerza de acumular boletas de empeño, arranca las sábanas de la cama matrimonial, y grita:
–¡Se puede dormir sin sábanas!
Mujer–coraje, madre–coraje, las empeña, y recupera la bicicleta.
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En una escena tan desoladora como inolvidable, un empleado toma las sábanas, trepa a una escalera gigantesca, y las arrumba
en la última pila de un estante no menos gigantesco… y repleto de sábanas.
La alegoría es atrozmente clara: esos cuadrados de tela blanca no volverán jamás. Lasciate ogni speranza…
Alegría en casa de los Ricci. La cuenta está hecha: el sueldo es bastante bueno, y el municipio provee el uniforme. Antonio va hacia su primer día de trabajo. Hay cierta alegre tristeza (el oxímoron es válido) en la despedida. María le dice adiós como a un héroe romano que va hacia las Galias…, Antonio sonríe bajo su gorra municipal, parte aferrado a su bicicleta… y quien ha visto mucho cine no puede dejar de evocar a Humphrey Bogart en El tesoro de la Sierra Madre: encuentra la moneda salvadora, y no hay dudas: es el principio del desastre…
En una calle cualquiera, se detiene, apoya la bicicleta en la pared, sube algunos peldaños de la escalera –también municipal–, y empieza a pegar un enorme afiche separado en tramos.
Casi al instante sucede lo imaginable: un ladrón le roba la bicicleta y huye como un relámpago.
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El afiche pegado es la sonrisa del diablo: anuncia el estreno de Gilda, y la imagen en una Rita Hayworth casi a tamaño natural, envuelta en el ceñido vestido negro, y con sus manos y brazos en esa cumbre erótica de la época: los largos guantes negros, como letales serpientes.

La tragedia ha escrito su segundo acto.
Stop. No contaré toda la película. Sí, en cambio, volveré a temblar sobre las teclas recordando la escena de Antonio y su hijo, tristes como cipreses, comiendo y tomando vino en un restaurante de lujo que no gozan: siguen haciendo cuentas que no cierran. O los miles o acaso millones de bicicletas estacionadas en Piazza Vittorio y en Porta Portese, donde Ricci debe encontrar la suya….
O la muchedumbre que sale de la cancha cantando el triunfo de su equipo, y rodeando al desdichado y a su hijo: la patética soledad de los condenados…
Sin más detalles. Perdido por perdido, Ricci roba una bicicleta. El resto es silencio. No me atrevo, no debo seguir. ¿Cómo no verla, o no volver a verla?
Salto en el tiempo. En 1974 se estrenó Nos habíamos amado tanto, una joya dirigida por otro monstruo sagrado del cine italiano, Ettore Scola, y con dos actores colosales: Vittorio Gassman y Nino Manfredi (¡Qué generación!).
Uno de los personajes es il professore Palumbo, un intelectual de pueblo, amante del cine hasta la locura, siempre sin una lira partida por la mitad, que se presenta en un programa de preguntas y respuestas cuyo premio es altísimo: la salvación de Palumbo o de cualquier desgraciado de posguerra, la época en que transcurre la película.
Llega a la última pregunta, ya con el premio máximo casi en su bolsillo porque el tema es "Cine italiano".
Encerrado en una cabina, espera la pregunta:
–Profesor Palumbo, ¿a que ardid recurrió Vittorio de Sica en Ladrones de bicicletas para lograr que el niño Enzo Staiola llorara en la última escena, ya que no podía o no quería llorar?
Palumbo, excitado –sabía la respuesta de memoria–, cae en la trampa de su sabiduría. Alarga la respuesta contando otros detalles… y cuando empieza a responder la del premio mayor… ¡suena el timbre! Tiempo cumplido. Participante eliminado. Palumbo seguirá caminando por la senda del perdedor…
El ardid fue cruel pero imprescindible. En un descuido de Enzo Staiola, de Sica deslizó unos fósforos en su chaquetón, y al rato preguntó quién se los había robado. Revisó a unos cuantos actores que conocían el secreto, y al llegar a Enzo le sacó los fósforos del bolsillo y los mostró a todos. Ante la injusta acusación, las lágrimas del niño fueron un río…

Cierta critica conservadora y una parte de la sociedad opulenta –en la guerra no todos se arruinan– cargaron contra de Sica. Lo enlodaron: "Efectista, exagerado, mostrando una realidad muy parcial y desmereciendo a Italia, inventando una historia supuestamente realista y plagada de golpes bajos", etcétera.
Se imponía la venganza contra los imbéciles. Y llegó de la misma mano…
Dos años después, en 1951, de Sica deslumbró al mundo con una maravillosa fábula: Milagro en Milán. El mismo tema (la pobreza, la tragedia de los eternos desgraciados), pero en clave lírica, con toques de humor, y un glorioso final –los pobres de una villa miseria volando en escobas hacia el cielo y buscando "un mundo donde buenos días quiere decir buenos días".
En 1982, el gran genio del cine moderno Made in USA le rindió homenaje a esa escena. ¿Quién no recuerda al ET volviendo sobre dos ruedas, con la luna de fondo, a su lejano planeta?
Consejo. Si bien los hombres duros no lloran (o presumen de ello), cuando vean Ladri di biciclette… tengan un pañuelo a mano. Y también las mujeres: de Sica, en el personaje de Maria Ricci, les ha escrito y filmado una declaración de amor.
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