
Philippe Garrel aguarda en la sala de estar de un hotel en el corazón de Recoleta. Tiene el pelo revuelto, una corbata anudada hasta arriba y la camisa desabotonada, como quien deja que la desidia lo vista. Podría ser el cansancio del jet lag: está recién llegado desde Francia y ni bien puso un pie en Buenos Aires, ya lo esperaba una larga agenda. Pero, en verdad, es que no le importa su apariencia, así como no le importa el qué dirán, los elogios o, mucho menos, las críticas. "No hago mis películas por el público, sino por el placer de hacerlas. Una vez que termino de rodar un film, me preocupo por su primera proyección y el resto no me interesa", dice en un tono desafiante a Infobae Cultura.
Heredero de la nouvelle vague francesa, discípulo de Jean-Luc Godard y figura de culto, Garrel es uno de los directores destacados del BAFICI. La 20º edición del Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires le dedica una retrospectiva de 14 películas, entre largos y cortos, que en su mayoría nunca antes fueron proyectadas en la Argentina, ni en América Latina. Es también su primera vez en el país sudamericano y admite que espera poder conocer el trabajo de algunos directores argentinos, ya que es poco lo que llega a Francia.
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Durante el festival, se estrenará su película L'amant d'un jour, que estará disponible en las salas porteñas a partir del 26 de abril tras su exitoso paso por el Festival de Cannes del año pasado. En blanco y negro, como es típico en su filmografía, Garrel retrata la historia de una joven que, luego de separarse de su novio, regresa a su casa para enterarse de que su padre sale con una mujer de su misma edad. La protagonista es su hija Esther, con lo que cumple una narcisista costumbre de filmar a su familia, como hizo con su hijo Louis Garrel o su ex pareja Brigitte Sy, ambos actores en su trabajo más reconocido, Les amants réguliers.
-¿Lo sorprendió que los organizadores del BAFICI lo hayan elegido para dedicarle una retrospectiva en un país donde nunca antes había estado?
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-Después del estreno de Les amants réguliers (2005), mis películas empezaron a hacerse conocidas en el mundo entero. Mi anterior película, La Jalousie, se estrenó en 40 países, y la anterior a esa, en 30. L'ombre des femmes convocó a 14.000 personas en la Argentina. Pero antes, mis películas no se estrenaban en tantos países. Y eso es nuevo para mí porque creo que hoy en día son más vistas en el exterior que en Francia. Vivimos también un momento de cinefilia mundial, como pasó con el rock en los años 20. Como tengo 70 años y empecé a filmar en 1964, hay muchas de mis películas que el público internacional todavía no pudo ver. Entonces no diría que era normal que me convocaran, pero no me sorprendió.
-¿Sigue el trabajo de algún director de cine argentino?
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-No, pero espero poder ver películas en el festival. Cuando empecé a hacer cine, el único país latinoamericano del que llegaban películas era Brasil. Estaba el nuevo cine brasileño, el nuevo cine polaco y el nuevo italiano, con Bernardo Bertolucci. Yo formaba parte del nuevo cine francés de esa época. Cuando empezaron a llegar películas de directores como Lucrecia Martel, yo ya era más grande y no me sentí identificado con ellos.

-En distintas ocasiones, usted dijo que no piensa en el espectador cuando hace sus películas, ¿cuál es su motivación para filmar?
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-Yo no hago mis películas por el público, sino por el placer de hacerlas. Una vez que termino de rodar un film, me preocupo por su primera proyección y el resto no me interesa. Directores clásicos como Alfred Hitchcock ponen en la pantalla algo que busca ser entendido por el público. Son películas creadas con ese fin. Pero yo no pertenezco a ese estilo. Soy de un cine que es anticonformista. No me gusta el cine dominante. Películas como Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939) me exasperan. Para mí, Cero en conducta (Jean Vigo, 1933) es la mejor película del mundo, mientras que otros considerarán que Lo que el viento se llevó es la mejor. A mí me gusta el pensamiento diferente, no el dominante. Yo soy así. Un día estaba en La Opéra de París escuchando a Verdi y mientras 200.000 personas aplaudían, yo sentía rechazo. Ahí entendí que era diferente. No me gustan las ideas del arte dominante, aunque sea difícil ser un artista radical en un ambiente como el cine, que es una industria.
-Francia atraviesa justamente un boom cinematográfico, ¿teme una hollywoodización del cine francés?
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-Se estrenan 300 películas francesas por año cuando antes no eran más de 100, pero son nulas, casi ninguna es buena. Quizás diez por año valgan la pena. Algo que me decía mi padre (el actor Manuel Garrel) es que el arte no es como cualquier trabajo en el que se puede perfeccionar lo que no es bueno. Debemos admitir a los artistas malos para apreciar a los artistas buenos que hagan obras admirables. No podemos quedarnos solo con los artistas admirables, sino que hay que conservarlos a todos. No podemos ser selectivos como en otros trabajos. Sería hipócrita porque si la industria del cine comercial muere, también muere el cine de autor. Toda la industria del cine dominante y comercial valida al cine de autor.
-En su película más célebre, Les amants réguliers, presenta una historia de amor en el contexto del Mayo Francés y reflexiona sobre el impacto que ese evento tuvo en la juventud. Hoy, 50 años más tarde, cientos de jóvenes tomaron las universidades francesas contra una reforma educacional y al mismo tiempo avanza electoralmente la extrema derecha, ¿cree que sigue encendida la llama revolucionaria en Francia?
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-No sé si es todavía una llama de Mayo del 68. Pero así como siempre habrá guerra en el mundo, por suerte también siempre habrá focos revolucionarios. Si hay algo que no se puede eliminar de la sociedad moderna capitalista es el hecho de que haya llamas revolucionarias. La revolución es parte de la moral del país. Y creo que aunque avance la extrema derecha, se ha logrado evitar que el fascismo gobierne en Francia. No sé si los resultados electorales han sido victorias democráticas, pero al menos han sido derrotas del fascismo. Porque seguimos viviendo en una sociedad tecnocrática, con una moral de pensamiento único, pero derrotar al fascismo es lo único que han aprendido a hacer las generaciones posteriores al Mayo del 68.

-Si en Les amants réguliers entreveía un contexto más político, sus films más recientes tienen otro tono, ¿cuál es la realidad que se trasluce en su última película, L'amant d'un jour, que se estrena en este BAFICI?
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–L'amant d'un jour conforma una trilogía con La Jalousie y L'ombre des femmes en la que, en lugar de concentrarme en el cine y la política como hice en Les amants réguliers, intenté unir el cine y el psicoanálisis. Quise mostrar cómo la inconsciencia y la conciencia pueden obrar en pos de sus propios intereses antagónicos. Aquí es la hija de un profesor de Filosofía que conoce a su novia, una chica de su edad que era alumna de él, y las une una amistad consciente. Pero hay una rivalidad inconsciente porque será la hija la que provoque la ruptura entre su padre y su madrastra. Se revela un complejo de Electra. Paradójicamente, sé que muchas personas que vieron el film, aunque les gustó, no lo entendieron en el sentido que le quise dar, pero así sucede…

Funciones de todas las películas de Philippe Garrel, en este link.
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