
Durante millones de años, los insectos desarrollaron una de las formas corporales más reconocibles del planeta: seis patas, antenas y un cuerpo dividido en segmentos. Sin embargo, un fósil hallado en Texas muestra que sus primeros antepasados podían tener una anatomía muy diferente.
Según informes de Smithsonian Magazine y Science News, la criatura vivió hace unos 324 millones de años, contaba con 24 patas y reunía características asociadas tanto con los insectos como con antiguos organismos acuáticos.
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El ejemplar permaneció durante décadas almacenado en un museo de San Diego, identificado como un crustáceo juvenil. Una nueva observación permitió detectar estructuras que habían pasado inadvertidas y llevó a un equipo internacional a reclasificarlo como una especie desconocida.

El hallazgo aporta evidencia sobre una etapa poco documentada de la evolución de los insectos y respalda la posibilidad de que su llegada a tierra firme ocurriera mediante una fase semiacuática.
Un fósil olvidado durante cuatro décadas
El espécimen fue recolectado en 1985, en un afloramiento rocoso del oeste de Texas. En aquel momento, los investigadores lo identificaron como un ejemplar juvenil de Tesnusocaris goldichi, un crustáceo encontrado en la misma formación geológica.
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El fósil terminó en el Museo de Historia Natural de San Diego, donde permaneció guardado durante décadas. El paleoentomólogo Erik Tihelka, de la Universidad de Cambridge, encontró una representación del ejemplar en un antiguo libro ruso de paleontología. La ilustración despertó sus dudas sobre la clasificación original y lo llevó hasta el museo para examinar la pieza.

A simple vista, el fósil ofrecía pocos detalles. Tihelka recurrió a una técnica basada en luz polarizada cruzada, capaz de disminuir los reflejos y aumentar el contraste. El procedimiento permitió distinguir varias estructuras anatómicas.
El organismo presentaba antenas en forma de látigo, un abdomen compuesto por 11 segmentos, un tórax dividido en tres partes, una cola central acompañada por otras dos más pequeñas y un tubo rígido relacionado con la puesta de huevos. También poseía tres pares de extremidades destinadas a caminar.
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Una anatomía de 24 patas
La característica más llamativa apareció al analizar el abdomen. Además de las seis patas asociadas con la locomoción, el animal tenía nueve pares adicionales de extremidades abdominales, lo que elevaba el total a 24.

Las patas posteriores terminaban en estructuras planas y estriadas semejantes a paletas. De acuerdo con los investigadores, estos apéndices pudieron facilitar el desplazamiento en ambientes acuáticos poco profundos y fangosos.
El conjunto de rasgos llevó al equipo a determinar que no se trataba de un crustáceo juvenil. El organismo pertenecía a un género y una especie desconocidos, que recibieron el nombre de Chosha praecursor.
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La denominación combina ch’osh, palabra navaja para “insecto”, con praecursor, término latino que significa “predecesor”, en referencia a un relato de creación navajo sobre seres semejantes a insectos.

El estudio fue publicado el 26 de agosto de 2026 en la revista Nature y señaló a esta especie como una posible pieza para comprender el período en el que los antepasados de los insectos pasaron de ambientes acuáticos a terrestres.
La transición hacia la tierra pudo ser gradual
Tihelka y sus colegas también revisaron otros tres fósiles con numerosas extremidades. Entre ellos figura Leverhulmia mariae, procedente de la actual Escocia y con unos 405 millones de años. Los otros dos ejemplares fueron encontrados en Illinois y tienen aproximadamente 306 millones de años.
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El análisis conjunto situó a estas criaturas cerca del grupo que reúne a los insectos actuales, mientras que los crustáceos aparecen en una rama evolutiva diferente.
La interpretación propuesta indica que algunos de estos organismos pudieron conservar durante un período características útiles para desenvolverse tanto en el agua como en tierra. “La transición a la tierra pudo haber sido gradual”, explicó Tihelka a la revista Science.

Dany Azar, paleoentomólogo de la Universidad Libanesa, calificó al fósil como un descubrimiento importante para estudiar un período con escasa evidencia.
“Este fósil representa un hito importante en un período desconcertante en el que todo estaba cambiando, pasando de ser predominantemente acuático a terrestre, y prácticamente no teníamos evidencia fósil de esa época”, señaló a Science News.
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La reconstrucción propuesta ubica a Chosha praecursor entre los organismos antiguos que permiten observar una etapa previa a la configuración corporal característica de los insectos modernos. “Llamamos a los insectos ‘hexápodos’, que significa que tienen seis patas. Pero resulta que los originales tenían muchas más”, concluyó Tihelka.
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