
Un linaje de reptiles que atravesó dos extinciones masivas no necesitó conquistar todos los ambientes del planeta para sobrevivir: se mantuvo cerca del calor. Un estudio liderado por científicos de University College London concluyó que los antepasados de los cocodrilos siguieron los climas cálidos durante 245 millones de años, una estrategia que pudo darles refugios decisivos cuando el asteroide de Chicxulub terminó con los dinosaurios no avianos.
La escena parece salida de una película: hace 66 millones de años, un objeto procedente del espacio impactó en la actual península de Yucatán, alteró la atmósfera y sumió a gran parte del planeta en un período de frío y oscuridad. Los dinosaurios no avianos desaparecieron. Sin embargo, la rama evolutiva de los cocodrilos logró mantenerse y, con el tiempo, volvió a expandirse.
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La explicación no se reduce a sus mandíbulas, su vida semiaquática o su capacidad para pasar largos períodos con poco alimento. La nueva investigación propone sumar otro factor: estos animales y sus parientes más antiguos habrían permanecido, durante millones de años, dentro de una franja térmica favorable. Cuando el mundo cambió de manera abrupta, algunas de esas regiones cálidas persistieron cerca del ecuador y los subtrópicos.

El trabajo, publicado en Science Advances, reunió más de 7.000 fósiles y registros de más de 400 especies actuales y extintas. Los investigadores combinaron esa información con reconstrucciones por computadora de la geografía y el clima terrestre desde hace 245 millones de años.
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Los antepasados de los cocodrilos se movieron detrás del calor
El grupo analizado recibe el nombre de pseudosuquios. Incluye a los cocodrilos actuales y a una extensa variedad de parientes extinguidos que aparecieron en una época cercana a la de los primeros dinosaurios. A lo largo de su historia, esos reptiles habitaron escenarios muy distintos a los paisajes que hoy se asocian con un cocodrilo: desde zonas ribereñas hasta áreas continentales alejadas del agua.
El patrón que surge de los registros es claro. En lugar de acomodarse de forma amplia a climas fríos, secos o templados, los pseudosuquios tendieron a conservar su preferencia por las temperaturas elevadas. Cuando el planeta entraba en períodos más cálidos, se expandían hacia latitudes altas. Cuando bajaba la temperatura global, su distribución se retraía hacia las regiones tropicales.
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Durante el Eoceno temprano, hace cerca de 50 millones de años, la Tierra era aproximadamente 10 ℃ más cálida que en la actualidad y las regiones polares no tenían capas de hielo permanentes. Entonces, los parientes de los cocodrilos llegaron a ocupar territorios de América del Norte, Europa e incluso la Antártida. Después, a medida que el planeta se enfrió, sus poblaciones volvieron a concentrarse cerca de los trópicos.
Ese vaivén geográfico permite entender una paradoja. La apariencia de los cocodrilos actuales suele transmitir una idea de inmovilidad evolutiva, como si fueran animales detenidos en el tiempo. Pero su supervivencia estuvo ligada a desplazamientos prolongados a través de continentes que cambiaban de posición, mares que avanzaban o retrocedían y ciclos de calentamiento y enfriamiento que remodelaron los ecosistemas.
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Tras el asteroide, las zonas cálidas dieron refugio a los antepasados de los cocodrilos
El equipo encabezado por Alfio Alessandro Chiarenza, investigador de UCL Earth Sciences, reconstruyó además las condiciones climáticas que pudieron prevalecer en las décadas y los siglos posteriores al impacto del asteroide de Chicxulub.
Las simulaciones contemplaron distintos escenarios: la reducción de la luz solar por cenizas y polvo suspendidos en la atmósfera, así como el aumento del dióxido de carbono vinculado con el vulcanismo. En los casos con una caída del 5% o del 10% de la radiación solar, los ambientes cálidos del ecuador y los subtrópicos conservaron condiciones aptas para los parientes de los cocodrilos.

La excepción apareció bajo una reducción del 15% de la luz solar. En ese supuesto, las áreas favorables desaparecían. Sin embargo, los autores indicaron que ese escenario extremo hoy se considera poco probable.
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“El asteroide no volvió a todo el planeta igual de hostil para todos los grupos”, señaló Chiarenza en declaraciones difundidas por UCL. Según el investigador, la antigua preferencia de estos reptiles por el calor pudo haberlos situado justamente en las zonas donde las condiciones resistieron mejor la crisis global.
La diferencia con los dinosaurios no avianos fue marcada. Modelos anteriores, elaborados por integrantes del mismo grupo de investigación, indicaron que los ambientes climáticamente adecuados para esos animales se redujeron de manera mucho más drástica tras el impacto. Los refugios ecuatoriales habrían sido, así, una ventaja geográfica para los supervivientes del linaje cocodriliano.
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El clima no explica por sí solo una supervivencia de 66 millones de años
Los autores advierten que el clima no fue la única clave. Atribuir la supervivencia a una sola causa sería simplificar un proceso que involucró cambios ambientales, disponibilidad de alimentos y rasgos biológicos de cada grupo.
Los cocodrilos y sus parientes contaban con cuerpos relativamente pequeños frente a muchos dinosaurios, dietas flexibles y hábitos vinculados con el agua dulce. Además, como animales ectotermos —regulan su temperatura corporal a partir del ambiente— necesitan menos energía que los mamíferos y las aves para sostener sus funciones vitales. Esa característica pudo resultar útil en un mundo donde las cadenas alimentarias sufrieron una interrupción abrupta.
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La vida semiaquática también ofrecía cierta protección. Ríos, lagos y humedales podían amortiguar parcialmente las oscilaciones térmicas que afectaban a los ecosistemas terrestres. En un contexto de incendios, falta de luz y escasez de vegetación, esos ambientes podían conservar recursos durante más tiempo que los paisajes expuestos.
El registro fósil, de todos modos, muestra excepciones a la preferencia por el calor. Hace unos 34 millones de años, una rama extinta de crocodilianos de Australia se adaptó a condiciones más secas, similares a las de un desierto. La modificación coincidió con un período prolongado de enfriamiento global y aridificación del continente.
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Ese caso no invalida la tendencia principal, pero recuerda que la historia evolutiva no avanza en línea recta. Algunas ramas encontraron modos de responder a transformaciones locales; otras se extinguieron. Las que dieron origen a los cocodrilos actuales conservaron una estrecha relación con el calor y los ambientes acuáticos.
Los cocodrilos actuales son sobrevivientes de una diversidad perdida
La investigación también cambia la mirada sobre los cocodrilos modernos. Hoy existen poco más de 20 especies, una cifra reducida frente a la diversidad que alcanzaron sus antepasados. En la era de los dinosaurios, los pseudosuquios ocuparon nichos ecológicos mucho más variados, con formas terrestres, marinas y de agua dulce.
La supervivencia de su linaje no significó que todas sus ramas atravesaran indemnes las crisis del planeta. Muchas desaparecieron. Las especies que viven hoy representan una fracción de aquella diversidad y enfrentan amenazas contemporáneas, entre ellas la pérdida de humedales, la contaminación, la caza ilegal y el aumento del nivel del mar.
La investigación sostiene que la conservación de un nicho climático cálido influyó en la expansión, la extinción y la persistencia de este linaje. Los investigadores plantean que ese recorrido de 250 millones de años permite observar cómo la geografía y el clima pueden condicionar qué especies encuentran refugio cuando el planeta entra en crisis.
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