
Hace 66 millones de años, un solo día alteró el rumbo de la vida en la Tierra. El impacto de un asteroide cerca de lo que hoy es la península de Yucatán, en México, produjo una serie de fenómenos que extinguieron gran parte de la biodiversidad, poniendo fin a la era de los dinosaurios.
Durante décadas, la comunidad científica discutió los mecanismos detrás de esa extinción masiva: ¿la muerte fue consecuencia de incendios globales, de un invierno prolongado por el polvo en la atmósfera, o de una combinación letal de ambos fenómenos?
Investigaciones recientes arrojan luz sobre el papel del calor atrapado en la atmósfera y aportan una pieza clave: la huella química que permite identificar el tipo exacto de meteorito que originó el cráter de Chicxulub.
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El nuevo trabajo, publicado en Journal of Geophysical Research: Biogeosciences, sostiene que la mayoría de los dinosaurios y otros grandes vertebrados desaparecieron en cuestión de horas por el efecto de una capa de polvo que convirtió la superficie del planeta en un gigantesco horno.
Solo aquellos animales capaces de refugiarse bajo tierra o sumergirse en aguas profundas sobrevivieron al infierno.
Alexandria Johnson, profesora en Purdue, explicó: “Descubrimos que la capa de polvo era tan impermeable a la radiación que atrapó prácticamente todo el calor generado por la caída de las esférulas cerca de la superficie del planeta. Es como si el polvo actuara como la tapa de una olla”.
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Calor, polvo y un efecto letal: cómo la Tierra se transformó en una trampa térmica

El impacto del asteroide, con un diámetro estimado de 12 kilómetros, desintegró no solo la roca espacial sino también una enorme porción de la corteza terrestre. Más de mil kilómetros cúbicos de material —roca vaporizada, partículas de suelo, restos de plantas y animales y fragmentos del propio meteorito— fueron lanzados hacia la atmósfera y más allá. Parte de ese material escapó al espacio, pero la mayoría volvió a caer.
“Las esférulas pueden atravesar la atmósfera y separarse del vapor de roca al ser desaceleradas por las fuerzas de arrastre; ese distinto comportamiento es clave en lo que seguiría después”, explicó Brandon Johnson, experto de la Universidad de Purdue.
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Las esférulas, pequeñas como granos de azúcar, al rozar la atmósfera en su descenso generaron calor intenso, como sucede en la reentrada de cápsulas espaciales.

Este proceso, junto con la nube de polvo fino que quedó suspendida, provocó un fenómeno singular: el polvo formó una capa casi impenetrable que no solo bloqueó la luz solar, sino que impidió que el calor generado por la caída de esférulas y otros fragmentos escapara hacia el espacio. El resultado fue una radiación térmica 17 veces mayor a la necesaria para matar a un ser humano.
El trabajo de campo en el yacimiento de Tanis, en Dakota del Norte, resultó esencial para reconstruir el evento. Allí, a 3.000 kilómetros del impacto, se halló una capa repleta de animales muertos casi al instante, cubierta por un tenue estrato de polvo extraterrestre. Se descubrieron peces con esférulas en las branquias, lo que demuestra que la muerte fue súbita y global.
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Los autores concluyen que “toda esa enorme energía cinética tiene que ir a alguna parte y, al final, se transforma en calor”. El polvo funcionó como un sello, rebotando el calor de vuelta al suelo y manteniendo la superficie a temperaturas letales.

La consecuencia inmediata fue la muerte masiva de animales terrestres incapaces de protegerse. Los primeros mamíferos, algunos dinosaurios aviarios y peces de aguas profundas sobrevivieron gracias a su capacidad de refugio. Este panorama se apoya en la evidencia de que plantas y animales excavadores o acuáticos fueron los principales supervivientes del evento.
“No fue la onda expansiva del impacto ni la bola de fuego, porque esos efectos no llegan muy lejos”, aclaró Johnson.
La historia no terminó con ese infierno inicial. Cuando la energía térmica se disipó, la capa de polvo siguió bloqueando la radiación solar, dando paso a un prolongado invierno global. Simulaciones recientes indican que la temperatura media del planeta descendió 20 grados y se mantuvo baja durante 30 años. Esta combinación de calor letal inmediato y enfriamiento sostenido selló el destino de los dinosaurios y marcó el inicio de una nueva era.
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El meteorito de Chicxulub: un fragmento raro del sistema solar y un cambio en la explicación de la extinción

Durante mucho tiempo, los científicos supieron que el asteroide responsable de la extinción era una condrita carbonácea, una rara familia de meteoritos ricos en carbono que representa menos del 5% de los cuerpos espaciales conocidos.
Sin embargo, las diferencias dentro de esa familia impedían precisar qué tipo exacto impactó la Tierra. Entender su composición era clave para reconstruir los procesos químicos que influyeron en la extinción y en la transformación de la atmósfera y los ecosistemas.
Un equipo internacional, con investigadores de Canadá, Francia, Bélgica y Austria, logró identificar por primera vez la “huella dactilar” del meteorito de Chicxulub mediante el análisis de isótopos de níquel en la capa de arcilla que cubre el planeta desde aquel evento.
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Los resultados, publicados en Science Advances, apuntan hacia un subtipo llamado condrita CO —o condrita carbonácea clase Ornans—, uno de los materiales más primitivos y escasos del sistema solar. Estas rocas, además de su rareza, probablemente provienen de zonas lejanas, cerca de Júpiter o más allá.
El descubrimiento se basa en la medición precisa de los isótopos de níquel, elemento que varía de manera característica según el tipo de meteorito. Al comparar muestras extraídas de diferentes partes del mundo con meteoritos conocidos, los científicos confirmaron la identidad del cuerpo que formó el cráter de Chicxulub.
Este avance modifica la explicación previa sobre el impacto: conocer el tipo de meteorito permite deducir qué sustancias químicas fueron liberadas y cómo estas afectaron la atmósfera, el clima y la vida.
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El nuevo estudio también refuerza la relevancia del calor y el fuego como factores centrales de la extinción masiva. La evidencia geológica muestra que el material expulsado circuló por todo el planeta y, al enfriarse, se transformó en polvo fino. Cuando las esferas volvieron a caer y se desaceleraron en la atmósfera, generaron un calor adicional amplificado por la presencia del polvo, lo que habría desencadenado incendios a escala continental.
Esta hipótesis sostiene que la supervivencia dependió de la capacidad de refugio y que el calor extremo fue la causa principal de muerte para muchos organismos terrestres.
A pesar de la contundencia de los modelos, persisten debates dentro de la comunidad científica. Algunos investigadores argumentan que el pulso térmico, aunque devastador, no alcanzó para iniciar incendios forestales globales, mientras que otros creen que el polvo y la reentrada de material eyectado fueron suficientes para explicar la mortandad masiva. La hipótesis del calor letal y el polvo como factores combinados gana fuerza gracias a los datos de Tanis y a los nuevos modelos de transferencia radiativa.
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El impacto de Chicxulub depositó una enorme cantidad de energía en la Tierra, generando una columna de roca vaporizada que se expandió rápidamente y se transformó en gotas fundidas y polvo.
Las simulaciones muestran que la reentrada de estos materiales produjo un pulso global de radiación térmica similar al de un horno a máxima potencia. Los animales terrestres sin refugio, especialmente los de piel fina, fueron los más vulnerables. Las plantas y semillas enterradas, así como los linajes de aves y mamíferos con hábitos de madriguera o acuáticos, lograron sobrevivir.
El hallazgo de la composición rara del meteorito agrega una dimensión nueva al relato clásico. La probabilidad de que un asteroide tan especial impacte la Tierra es extremadamente baja, lo que subraya la excepcionalidad del evento que marcó el final del Cretácico y el inicio del Paleógeno.

Para los científicos, identificar la procedencia y las características químicas del meteorito es crucial para entender por qué la extinción fue tan rápida y cuáles fueron los mecanismos físicos y biológicos que determinaron la supervivencia.
La investigación actual no solo aporta respuestas sobre el pasado remoto, sino que ayuda a pensar el riesgo de futuras colisiones y sus posibles consecuencias para la vida en la Tierra. Entender las condiciones que permitieron que algunos animales resistieran y otros no, así como identificar los materiales que pueden cambiar la atmósfera y el clima global en cuestión de horas, ofrece claves para afrontar amenazas astronómicas.
El debate sigue abierto, pero hoy la ciencia cuenta con nuevas herramientas para reconstruir el día más trágico de la historia de la vida. El polvo, el calor y la composición del meteorito emergen como los protagonistas de una extinción que, por su velocidad y magnitud, transformó para siempre el destino del planeta.
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