
El sonambulismo humano persiste como una rareza que la evolución no eliminó, y una explicación posible apunta menos a una ventaja adaptativa que al lugar donde dormían nuestros antepasados. Según Popular Science, esa conducta aparece sobre todo en humanos, mientras que en otras especies no se ha documentado en sentido estricto.
David R. Samson, profesor asociado de antropología evolutiva de la Universidad de Toronto, sostiene que los humanos probablemente no son los únicos con episodios motores extraños durante el sueño, pero sí los únicos en quienes el fenómeno, tal como se define, resulta abrumadoramente prevalente. La pregunta, en su planteamiento, remite a una diferencia básica entre nuestra especie y otros primates: el sitio donde pasaban la noche.
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El contraste es directo. Un gorila dormido en un nido elevado que se levantara y caminara unos pasos tendría un desenlace rápido y probablemente fatal; en los humanos, en cambio, el trastorno aparece con relativa frecuencia y desde hace siglos genera fascinación, inquietud y hasta humor.
De acuerdo con Popular Science, el trastorno afecta a cerca del 5% de los niños y al 1,5% de los adultos. Esa combinación de frecuencia y extrañeza explica por qué el fenómeno sigue llamando la atención, desde referencias literarias hasta casos judiciales vinculados a medicamentos para dormir.
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Qué ocurre en el cerebro durante un episodio
El sonambulismo ocurre sobre todo durante el sueño profundo no REM. Samson lo describe como un caso de “disociación de estados”: ciertas partes del cerebro vinculadas al movimiento y a la activación entran en funcionamiento mientras las regiones relacionadas con la conciencia reflexiva, el juicio y la memoria permanecen esencialmente dormidas.

En términos prácticos, eso permite que el cuerpo ejecute acciones complejas: bajar escaleras, abrir puertas o avanzar por un pasillo oscuro. “Partes del cerebro involucradas en el movimiento y la activación se ponen en marcha, mientras las regiones implicadas en la conciencia reflexiva, el juicio y la memoria permanecen en un estado similar al sueño”, precisó Samson en declaraciones recogidas por Popular Science. Y añadió: “El cuerpo puede moverse antes de que la mente despierta haya llegado por completo”.
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Por qué la evolución no eliminó el rasgo
La explicación evolutiva que propone Samson es directa. Casi todos los primates duermen fuera del suelo —en ramas, cavidades de árboles o plataformas elevadas—, de modo que un individuo que caminara dormido tendría muchas probabilidades de caer y morir. “La selección sería intensa”, afirma. Desde esa lógica, el sonambulismo no es una función desarrollada con un propósito, sino una falla poco frecuente dentro de un sistema de sueño por lo demás ajustado.
En los humanos, el “caparazón de sueño” formado por campamentos con protección social, refugios, fuego, lechos y vigilancia compartida habría reducido el costo inmediato de levantarse dormido.
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La red de seguridad nocturna construida por nuestros antepasados sustituyó, en parte, la necesidad de permanecer completamente inmóviles. Ahí encaja la idea de “selección relajada”: rasgos desfavorables pueden persistir cuando el entorno ya no los elimina con la misma fuerza.

Samson sostiene que la selección natural no borró el sonambulismo en los humanos porque el ambiente temprano dejó de castigar con la misma dureza a quienes lo padecían. Los grupos humanos comenzaron a dormir en lugares más seguros y protegidos socialmente, y ese cambio amortiguó el costo del rasgo.
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La distancia entre lo que se ve y lo que se vive
Otra parte de la rareza del sonambulismo está en la brecha entre la conducta observable y la experiencia interior. Samson relató a Popular Science un episodio que presenció con un amigo y colega con antecedentes de sonambulismo.
“Una noche, caminaba por un pasillo oscuro para ir al baño cuando vi su silueta al otro extremo. De pronto, se lanzó hacia mí, me agarró y terminamos en una breve y desconcertante lucha en el pasillo”, contó. “Luego, tan abruptamente como empezó, se detuvo, se dio la vuelta y volvió a la cama como si no hubiera pasado nada”.
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A la mañana siguiente, el amigo no recordaba el forcejeo. En cambio, ofreció otra versión, intensa y coherente dentro de su experiencia onírica. “Cuando le conté lo que había pasado, me dijo que en su sueño una pared de madera caía sobre mí y que él intentaba salvarme”, explicó Samson.
“Eso, para mí, es una de las cosas más llamativas de estos episodios: desde fuera, la conducta puede parecer repentina, física e incluso alarmante, pero por dentro la lógica del sueño puede ser protectora, intencional y emocionalmente coherente”.
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El componente genético y los factores de riesgo
El fenómeno también muestra un componente familiar claro. Samson señala que la genética influye, aunque no exista un único “gen del sonambulismo”, y describe la tendencia como una propensión a dormir tan profundamente que cuesta regresar por completo a la vigilia. El trastorno aparece con más frecuencia en la infancia, cuando el sueño profundo no REM predomina y los ciclos de sueño y vigilia todavía maduran.

Un estudio longitudinal citado en el texto halló que los niños sin antecedentes familiares tenían cerca de un 22% de probabilidad de presentar sonambulismo; la cifra subía a 47% con uno de los padres afectado y a 61% cuando ambos lo eran. “Hay un componente familiar y genético”, resumió Samson.
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El especialista plantea, además, que el trastorno no debe verse solo como una excentricidad o un recurso de ficción, porque puede ofrecer pistas sobre el estado de salud.
La privación de sueño, la fiebre, el estrés, el alcohol, algunos medicamentos y trastornos como la apnea obstructiva elevan el riesgo. Para quienes son propensos a estos episodios, esos factores merecen atención cuando aparecen caminatas nocturnas o conductas extrañas de madrugada.
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