Los bonobos y el poder de imaginar, un hallazgo que reescribe los límites de la mente animal

Un conjunto de experimentos controlados mostró que un mono fue capaz de seguir objetos inexistentes en escenarios simulados, una habilidad cognitiva que hasta ahora se atribuía solo a los humanos y que podría tener raíces evolutivas profundas. Los detalles publicados en Nature

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Experimentos controlados mostraron que un
Experimentos controlados mostraron que un bonobo siguió objetos imaginarios en escenarios simulados un resultado que desafía ideas previas (UJHopkins)

Durante décadas, la imaginación ocupó un lugar casi sagrado en la definición de lo humano. La capacidad de fingir, de jugar a que una taza vacía contiene té o de que una fruta inexistente puede moverse de un recipiente a otro, formó parte del repertorio cognitivo que separaba a nuestra especie del resto del reino animal.

Sin embargo, una serie de experimentos realizados por investigadores de la Universidad Johns Hopkins y la Universidad de St Andrews puso en cuestión esa frontera con resultados tan simples como disruptivos.

El protagonista fue Kanzi, un bonobo criado en un entorno de investigación cognitiva y conocido por su habilidad para interactuar con humanos mediante símbolos y gestos. En escenarios cuidadosamente diseñados, los científicos observaron algo que hasta ahora solo aparecía en relatos anecdóticos: un simio que no solo respondía a estímulos visibles, sino que parecía seguir mentalmente la trayectoria de objetos que no existían.

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Kanzi identificó la ubicación de jugo imaginario en vasos vacíos incluso cuando el experimentador cambió posiciones durante las pruebas (Nature)

El punto de partida se inspiró en un comportamiento cotidiano de la infancia humana. A edades muy tempranas, los niños participan en juegos de simulación con notable naturalidad. Pueden beber de una taza vacía, atender a un paciente imaginario o compartir alimentos inexistentes sin confundir la ficción con la realidad. En el desarrollo humano, este tipo de juego simbólico se interpreta como una señal temprana de imaginación y de una vida mental que va más allá del aquí y ahora.

Hasta ahora, ningún estudio controlado había logrado demostrar de manera concluyente que los animales no humanos pudieran hacer algo comparable. Existían observaciones aisladas en estado salvaje y en cautiverio, como chimpancés jóvenes que cargaban palos como si fueran crías o animales que parecían interactuar con objetos ausentes. No obstante, esas conductas siempre admitían explicaciones alternativas, como la repetición de acciones aprendidas sin representación mental de un objeto imaginario.

El equipo liderado por Christopher Krupenye y Amalia Bastos decidió abordar ese vacío experimental con una estrategia directa. En una mesa, frente a frente, un experimentador humano y Kanzi participaron en situaciones que recordaban a una fiesta de té infantil. Jarras, tazas, cuencos y frascos se presentaron completamente vacíos, sin pistas visuales ni recompensas inmediatas que guiaran la elección del bonobo.

El estudio indica que la
El estudio indica que la comprensión de la simulación podría remontarse al ancestro común de humanos y bonobos hace entre 6 y 9 millones de años

En uno de los experimentos clave, el investigador simuló verter jugo imaginario en dos vasos transparentes y luego fingió vaciar uno de ellos.

La pregunta fue simple: ¿dónde estaba el jugo? Kanzi señaló de manera consistente el vaso correcto, incluso cuando el experimentador cambiaba la posición de los recipientes. Para descartar que el bonobo creyera en la presencia de un líquido real invisible, el equipo introdujo una segunda prueba con jugo verdadero y jugo imaginario. Frente a esa elección, Kanzi optó mayoritariamente por el vaso con contenido real, lo que indicó que distinguía entre ambos niveles de representación.

El mismo esquema se repitió con uvas imaginarias que se desplazaban entre contenedores vacíos. Una vez más, Kanzi identificó la ubicación correcta del objeto inexistente. No fue infalible, pero su desempeño superó claramente lo esperable por azar. Más importante aún, no recibió recompensas por acertar, lo que descartó un aprendizaje basado en señales físicas sutiles del experimentador.

Para los investigadores, estos resultados representaron un punto de inflexión. Como señaló Krupenye, “es realmente revolucionario que su vida mental trascienda el presente”. La frase sintetizó una idea poderosa: la mente de un simio pudo operar en un plano que no dependía de estímulos inmediatos, sino de representaciones internas.

Imaginación, evolución y una frontera que se vuelve borrosa

En un laboratorio de alta
En un laboratorio de alta tecnología, un mono con electrodos implantados en la cabeza interactúa con una pantalla digital como parte de un experimento de neurociencia. La imagen ilustra el uso de primates en estudios avanzados sobre la conexión entre el cerebro y dispositivos electrónicos, con el objetivo de desarrollar nuevas tecnologías médicas e interfaces cerebro-computadora. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El impacto del estudio no se limitó al ámbito de la psicología animal. Sus implicancias alcanzaron preguntas profundas sobre la evolución de la cognición y el origen de capacidades mentales complejas. Si un bonobo pudo comprender y manipular mentalmente objetos imaginarios, la imaginación dejó de ser un rasgo exclusivamente humano.

Los autores del trabajo propusieron que esta capacidad podría remontarse a un ancestro común que vivió hace entre seis y nueve millones de años. Bastos lo expresó con claridad al afirmar: “Dado que compartimos esta [capacidad] con los bonobos, podríamos esperar razonablemente que esto se remonte a nuestro ancestro común. Así que eso habría sido hace entre 6 y 9 millones de años”. Esta perspectiva situó la imaginación no como una innovación reciente de Homo sapiens, sino como una herencia evolutiva más antigua de lo que se pensaba.

El estudio publicdo en Nature, también dialogó con hitos previos en la historia de la primatología. Jane Goodall cambió para siempre la definición de humanidad cuando documentó que los chimpancés fabricaban y usaban herramientas. Ese descubrimiento obligó a reconsiderar una frontera que parecía firme. Ahora, la posibilidad de que los simios participen en juegos de simulación invitó a una revisión similar.

Como explicó Krupenye, “Jane Goodall descubrió que los chimpancés fabrican herramientas y eso condujo a un cambio en la definición de lo que significa ser humano y esto también nos invita a reconsiderar qué nos hace especiales y qué vida mental hay ahí fuera entre otras criaturas”.

Los resultados aportan evidencia experimental
Los resultados aportan evidencia experimental de que un animal no humano puede representar y rastrear objetos que no existen en pruebas (Wikipedia)

La publicación de los resultados en revistas científicas de alto impacto generó reacciones cautelosas pero entusiastas. Investigadores ajenos al estudio destacaron el rigor experimental y el valor de haber trasladado un fenómeno escurridizo, como la imaginación, a un entorno controlado. Para muchos, el trabajo aportó la primera evidencia sólida de que un animal no humano puede seguir objetos inexistentes dentro de una narrativa simulada.

No obstante, también surgieron preguntas abiertas. Kanzi creció en un entorno singular, con entrenamiento en comunicación simbólica y una interacción constante con humanos. Los propios autores reconocieron que no estaba claro si simios sin ese tipo de crianza mostrarían habilidades similares. Aun así, el hallazgo estableció un punto de partida. Como señaló la profesora Zanna Clay, el estudio ofreció “una primera prueba experimental rigurosa de que los simios tienen una forma de pensamiento imaginativo”.

Más allá del caso puntual de Kanzi, el trabajo alimentó una reflexión más amplia sobre cómo se interpreta la vida mental de los animales. Durante mucho tiempo, predominó la idea de que los animales vivían anclados al presente, reaccionando de manera casi automática a estímulos externos. Los nuevos datos cuestionaron esa imagen.

Si un bonobo pudo mantener en su mente la existencia de un objeto inexistente y, al mismo tiempo, comprender que no era real, entonces la línea entre imaginación humana y animal se volvió mucho más difusa.

Investigadores señalan que la imaginación
Investigadores señalan que la imaginación brinda una vida mental rica y que compartirla con simios cuestiona visiones roboticas del animal (WikiCommons/Atallent)

Los investigadores también señalaron que la imaginación no se limita al juego. En humanos, esta capacidad sostiene la planificación, la empatía y la posibilidad de pensar en el futuro. Explorar si los simios pueden proyectarse mentalmente hacia escenarios futuros o inferir estados mentales ajenos se convirtió en uno de los próximos objetivos del equipo.

La historia de Kanzi añadió además una dimensión ética al debate. Si los simios poseen una vida mental más rica de lo que se creía, las responsabilidades humanas hacia su cuidado y conservación adquieren un nuevo peso. Krupenye lo expresó en términos directos: “La imaginación es una de esas cosas que en los humanos nos proporciona una rica vida mental. Y si compartimos algunas raíces de la imaginación con los simios, eso debería hacernos cuestionar la suposición de que otros animales simplemente viven vidas robóticas, limitadas al presente”.

En ese sentido, el estudio no solo aportó datos sobre cognición animal, sino que también invitó a revisar la manera en que las sociedades humanas se relacionan con otras especies. Reconocer capacidades mentales complejas en los simios reforzó los argumentos a favor de su protección y de la preservación de sus hábitats.

A partir de una escena sencilla, una mesa con tazas vacías y gestos de ficción, los científicos abrieron una ventana inesperada hacia la mente de nuestros parientes evolutivos más cercanos.

El juego de simulación, tan familiar en la infancia humana, apareció como un puente cognitivo que conecta especies separadas por millones de años de evolución. En ese cruce, la imaginación dejó de ser un privilegio exclusivo y pasó a convertirse en una herencia compartida, aún en proceso de comprensión.

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