
Dormir es una de las funciones biológicas más universales del reino animal. Desde los humanos hasta las aves, ballenas y medusas, todas las especies con cerebro, e incluso algunas sin él, exhiben conductas asociadas al descanso. El sueño representa un riesgo considerable en entornos naturales, ya que limita la capacidad de reacción ante amenazas externas.
“Dormir es universal, aunque en realidad sea muy arriesgado”, afirmó Paul-Antoine Libourel, investigador del Centro de Investigación en Neurociencias de Lyon, Francia, en un reportaje de Los Angeles Times.
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Durante el sueño, los animales quedan más expuestos a depredadores; aun así, la necesidad fisiológica es tan poderosa que ninguna especie logró prescindir de ella, incluso en situaciones adversas.

Durante décadas, el conocimiento sobre el sueño animal en libertad se sustentó en observaciones indirectas, como la inmovilidad o el cierre de los ojos. El desarrollo de dispositivos miniaturizados capaces de registrar ondas cerebrales permitió identificar con precisión cuándo y cómo duermen los animales salvajes. Estos avances tecnológicos revelaron adaptaciones extremas, ajustadas a exigencias ecológicas específicas.
“Estamos descubriendo que el sueño es realmente flexible en respuesta a las demandas ecológicas”, explicó Niels Rattenborg, especialista en sueño animal del Instituto Max Planck de Inteligencia Biológica, en Alemania. Esa plasticidad dio origen a un nuevo campo de estudio que los científicos denominan la ciencia del “sueño extremo”.
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Pingüinos barbijo y el descanso fragmentado
En la Antártida, los pingüinos barbijo enfrentan un desafío constante durante la etapa reproductiva. Estas aves forman parejas de por vida y se alternan para incubar los huevos y proteger a los polluelos mientras el otro adulto se aleja para pescar. La vigilancia se mantiene ininterrumpida durante semanas.
Para resolver la tensión entre descanso y cuidado parental, los pingüinos adoptaron una estrategia singular: miles de microsueños diarios. Cada siesta dura, en promedio, cuatro segundos. El biólogo Won Young Lee, del Instituto de Investigación Polar de Corea, definió estos episodios como “microsueños”.

Los investigadores midieron la actividad cerebral de 14 pingüinos adultos durante 11 días en la Isla Rey Jorge. Los registros mostraron que, pese a la fragmentación extrema, cada animal alcanzó alrededor de once horas totales de sueño por día.
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Este patrón permitió mantener un estado de alerta constante en colonias densamente pobladas, sin descuidar a las crías ante depredadores o movimientos cercanos.
Fragatas: dormir con medio cerebro en pleno vuelo
Las fragatas, grandes aves marinas que anidan en las Islas Galápagos, exhiben otra adaptación notable. Estas especies pueden volar durante semanas sin posarse, una capacidad esencial porque sus plumas no repelen el agua y el contacto con el mar resulta perjudicial.
Durante el vuelo, las fragatas duermen mediante sueño unihemisférico: una mitad del cerebro permanece despierta y la otra descansa. Un ojo queda abierto para vigilar el entorno y evitar obstáculos. Esta estrategia permite planear y ascender aprovechando corrientes de aire cálido con un gasto mínimo de energía.
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Cuando la fragata ejecuta maniobras complejas, como capturar presas, ambos hemisferios cerebrales se mantienen activos. En tierra firme, el patrón cambia; en nidos situados en árboles o arbustos, el descanso ocurre con el cerebro completo y durante lapsos más prolongados. Según Rattenborg, este comportamiento demuestra una adaptación específica al vuelo extendido.
Elefantes marinos y el sueño bajo el océano
Para los elefantes marinos del norte, el descanso en el mar implica riesgos elevados debido a tiburones y orcas. Durante extensos viajes de alimentación, que pueden prolongarse hasta ocho meses, estas focas realizan inmersiones profundas y repetidas en busca de alimento.
Una investigación dirigida por Jessica Kendall-Bar, del Instituto Scripps de Oceanografía, estudió el sueño de 13 hembras mediante gorros de neopreno con sensores que detectaron movimiento y actividad cerebral. Los datos fueron recuperados cuando los animales regresaron a las playas del norte de California.
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Los resultados demostraron que las focas dormían durante las fases más profundas de las inmersiones, por debajo de 160 metros, donde la presencia de depredadores es menos frecuente.

A mayores profundidades, ingresaban en sueño REM, etapa en la que el cuerpo se paraliza temporalmente y el desplazamiento adopta un movimiento en espiral, denominado por los investigadores “espiral de sueño”.
En el océano, los elefantes marinos sumaron alrededor de dos horas diarias de sueño, una cantidad mucho menor que las aproximadamente diez horas registradas en tierra firme.
Estos hallazgos evidencian que el sueño, lejos de responder a un único patrón, adopta múltiples formas según el entorno y las exigencias de supervivencia, con mecanismos fisiológicos ajustados a escenarios de riesgo constante.
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