Las ballenas y los delfines, dos de los mamíferos marinos más reconocidos, comparten mucho más que el océano: sus interacciones positivas son más frecuentes de lo que se creía, según un estudio científico publicado recientemente y recogido por National Geographic. Tras analizar casi 200 encuentros documentados entre ambas especies en mares de todo el mundo, los investigadores concluyen que una parte significativa de estos episodios muestra señales de afinidad y posible juego, especialmente entre ballenas jorobadas y delfines mulares.
Comportamientos observados entre ballenas y delfines
El equipo de científicos, liderado por Olaf Meynecke de la Griffith University en Australia, revisó imágenes y videos de 199 episodios de contacto entre 19 especies de cetáceos. De acuerdo con los resultados, aproximadamente una cuarta parte de estos encuentros puede clasificarse como interacciones positivas.
Aunque los expertos advierten que aún no está claro si estos comportamientos reflejan una intención consciente de socializar o simplemente una coincidencia, los datos sugieren que la convivencia amistosa entre ballenas y delfines es más común de lo que se había registrado hasta ahora.
Entre los comportamientos observados, destaca la tendencia de los delfines a nadar cerca de la cabeza de las ballenas en el 80% de los casos, lo que podría indicar un intento de llamar su atención o, al menos, una conciencia mutua. En algunos episodios, los delfines incluso frotaron o tocaron deliberadamente a las ballenas.

Además, se documentaron escenas de bow riding, en las que los delfines aprovechan la ola generada por la cabeza de la ballena para deslizarse, una conducta que también exhiben junto a embarcaciones. Meynecke plantea la duda de si los delfines buscan simplemente disfrutar del impulso o si, en realidad, intentan establecer contacto directo con las ballenas.
El propio Meynecke, en declaraciones recogidas por National Geographic, señala que la proximidad constante entre ambos animales “indicaría que buscan contacto directo, o al menos visual”. El investigador destaca que, en algunos casos, las ballenas parecen responder activamente a la presencia de los delfines, lo que sugiere una posible reciprocidad en la interacción.
Diferencias entre especies y relevancia para la conservación
Thea Taylor, directora del Sussex Dolphin Project en Inglaterra y experta externa consultada por National Geographic, subraya que tradicionalmente se ha interpretado el juego de los delfines alrededor de las ballenas como una actividad unilateral. Sin embargo, el nuevo estudio aporta evidencia de que algunas ballenas también participan activamente en estos intercambios. “Es realmente interesante observar ese juego de ida y vuelta, en lugar de que sea solo en una dirección”, afirma Taylor.

Entre los comportamientos más inusuales registrados, se encuentran dos casos en los que ballenas jorobadas levantaron a un delfín mular sobre su cabeza. Taylor reconoce que este gesto resulta desconcertante y no lo percibe como una acción agresiva, ya que las manifestaciones de hostilidad suelen ser más enérgicas, como golpes de cola o de cabeza.
No obstante, el estudio también documenta episodios menos amigables: en Inglaterra, se han observado delfines matando marsopas y abandonando los cuerpos, un fenómeno cuya motivación sigue siendo desconocida, aunque algunos científicos sugieren que podría tratarse de una forma oscura de juego.
El análisis revela diferencias notables entre especies de ballenas. Las jorobadas, conocidas por su tendencia a intervenir en defensa de otros animales frente a orcas, mostraron una mayor disposición a interactuar con delfines. En al menos un tercio de los encuentros con jorobadas, los investigadores clasificaron la interacción como positiva, con las ballenas acercándose activamente a los delfines, rodando de lado, mostrando el vientre o extendiendo las aletas pectorales, conductas asociadas al cortejo y la socialización. Por el contrario, especies como la ballena azul, la ballena franca del norte y la ballena de aleta apenas reaccionaron ante la presencia de delfines.

El juego, más allá de su aspecto lúdico, cumple un papel esencial en el desarrollo cognitivo y social de los cetáceos. Taylor explica que los delfines dependen en gran medida de sus redes sociales para alimentarse, cazar y reproducirse, y que el juego refuerza estos lazos, de manera similar a lo que ocurre en los humanos. Comprender si distintas especies buscan activamente el juego entre sí ayuda a los científicos a entender mejor su distribución y puede aportar información valiosa para la conservación y la protección de estos animales.
La historia demuestra que la percepción pública sobre los cetáceos ha cambiado radicalmente gracias a la divulgación de sus comportamientos. Antes de 1970, la mayoría de las personas desconocía que las ballenas podían cantar. La publicación de grabaciones de sus cantos transformó la conexión emocional de la sociedad con estos mamíferos y contribuyó a su protección.
Como señala Taylor en National Geographic, descubrir que los cetáceos también juegan puede fortalecer el vínculo emocional entre humanos y estos animales, abriendo nuevas posibilidades para su conservación.
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