
Hace más de 500 años, el ajolote o axolotl era considerado por la comunidad de los aztecas como “un monstruo de agua”. Cuando llega a la adultez, esta especie de anfibio mide 23 centímetros de longitud en promedio y tiene capacidad para regenerar sus extremidades amputadas y otros órganos y tejidos. Sin embargo, el ajolote, que habita principalmente en México, está en peligro crítico de extinción.
El ajolote no es la única especie de anfibio que puede desaparecer pronto. Un nuevo estudio internacional, que fue publicado en la revista Nature Communications, reveló que más de 300 especies de anfibios y 500 de reptiles podrían extinguirse por causa del cambio climático a lo largo del siglo en curso.
La investigación fue liderada por Chunrong Mi y Weiguo Du, del Instituto de Zoología de la Academia China de Ciencias, y contó con la colaboración de científicos de Israel, República Checa, Kenia, Bélgica, Nueva Zelanda, Pakistán, Reino Unido, Eslovaquia, Irán, Camerún, Australia, Estados Unidos, Alemania, Ecuador, Brasil, y la Argentina.

No sólo hicieron la predicción basándose en los datos disponibles sobre las poblaciones de especies. También evaluaron e hicieron un llamado de atención sobre la importancia de crear o implementar realmente (y que no queden solo en los papeles) más áreas naturales protegidas. Esas medidas será claves para salvar a las especies de anfibios y reptiles como así también ayudarán a proteger a los ecosistemas.
“Hemos cotejado los datos de distribución de más de 14.000 especies de anfibios y reptiles para realizar una evaluación global de la eficacia de conservación de las áreas naturales protegidas mediante modelos de distribución de especies”, contó a Infobae, Luciano Avila, investigador del Grupo Herpetología Patagónica y director del Instituto Patagónico para el Estudio de los Ecosistemas Continentales (IPEEC-Conicet) en Puerto Madryn, Argentina
“Nuestro análisis reveló que más del 91% de las especies de anfibios y reptiles se distribuyen actualmente en áreas protegidas, y que esa proporción permanecerá inalterada bajo un futuro cambio climático”, aclaró.
Sin embargo, más del 7,8% de las especies se encuentran actualmente fuera de las áreas protegidas, y siguen existiendo grandes lagunas espaciales de conservación, principalmente en los bosques húmedos tropicales y subtropicales, y en los países de ingresos bajos.

Al estar fuera de áreas protegidas, esas especies (300 especies de anfibios y 500 de reptiles) corren peligro. “Nuestro estudio subraya la importancia de las zonas protegidas como refugio de anfibios y reptiles frente al cambio climático y sugiere formas de optimizar las zonas protegidas para conservar mejor la biodiversidad en todo el mundo”, resaltó.
También identificaron grandes regiones donde no hoy existen áreas protegidas que protejan a anfibios y reptiles, particularmente en América Central, los Andes Tropicales, el norte y sur de América del Sur, sur y oeste de África, oeste de la India, suroeste y sureste de China, sudeste de Asia, y norte y sureste de Australia. Grandes vacíos ocurren en algunos países como por ejemplo Canadá y Estados Unidos, a pesar de que tienen un sistema de áreas protegidas muy grande y antiguo, según el investigador.
A nivel de países de América latina, México, Colombia, Venezuela, Brasil son los países que tienen más problemas para proteger sus especies de anfibios y reptiles dentro de áreas protegidas.
“En el caso de la Argentina, el país tiene grandes regiones sin protección para anfibios, y algunas grandes ecoregiones como la Estepa patagónica, Andes y Monte carecen de protección suficiente para reptiles”, expresó.

Para hacer el pronóstico y las recomendaciones, hicieron una evaluación global de la efectividad que tienen las áreas protegidas en la conservación de anfibios y reptiles. La llevaron a cabo a través modelos de distribución de especies.
“Los modelos de distribución de especies se utilizan ampliamente para cuantificar las respuestas de las especies bajo el cambio climático. Permiten el desarrollo de predicciones sólidas del cambio de distribución geográfica de las especies, incluyendo las predicciones futuras”, comentó.
Ese tipo de estudios se habían realizado antes a escalas menores y no para todo el mundo. Por lo cual, “nuestro trabajo publicado en Nature Communications sería el primer intento a escala global con sus limitaciones, aciertos y fallas, pero como un punto de partida para ir refinando los estudios y seguir recopilando información de biodiversidad”, dijo el científico.

Además del cambio climático, otros factores también afectan al grupo de animales que estudiaron. Los seres humanos han hecho enormes cambios en los usos del suelo, con la deforestación o con las actividades agropecuarias, y han introducido (de manera intencional o no) especies de otras regiones del mundo, que pueden convertirse en invasoras y dañar a las nativas.
El cambio climático afecta a reptiles y anfibios tanto directa como indirectamente. Por ejemplo, aumenta la susceptibilidad de los animales a las enfermedades. En el caso del ajolote o axolotl de México, sus poblaciones se fueron reduciendo a partir del crecimiento de las ciudades.
“Las afectó la contaminación por la agricultura y la industria, la introducción de la Tilapia -un pez de agua dulce- que se come a los juveniles de ajolotes, y compite por alimento con los adultos. Sobrevive como mascota, pero en libertad está muy amenazado”, indicó Avila.

El estudio internacional no se hizo solo para ser considerado como una publicación científica más. Funcionarios internacionales, nacionales, provinciales, municipales, ambientalistas, y otros actores sociales podrían usarlo para actuar y cambiar el destino de los animales, que cumplen roles cruciales en los ecosistemas. Por caso, transfieren nutrientes de medios acuáticos a terrestres y controlan las plagas de insectos.
Su desaparición podría favorecer el aumento de las poblaciones de insectos transmisores de enfermedades como la malaria, dengue y fiebre amarilla, que afectan a los seres humanos.

“Las áreas protegidas son la piedra angular para la conservación de la biodiversidad -afirmó Avila-. Lo ideal sería que abarcaran la mayor cantidad de especies de organismos para garantizar una adecuada conservación. ,Además deberían estar interconectadas para garantizar el flujo genético y el intercambio de poblaciones de las especies”, subrayó.
Son una estrategia fundamental -enfatizó- para “la conservación cultural y proporcionan bienes y servicios ecosistémicos esenciales para la sociedad y la vida en general”.
Fundamentalmente -remarcó el científico- se debería garantizar “que sean áreas protegidas reales y no solo denominaciones en papel, administrativas, que no cumplen ninguna función en la conservación de las especies porque no tienen planes de manejo, personal adecuadamente entrenado, equipamiento, y asesoramiento científico”.

Otra medida es prestarle más atención a la venta de los animales. En diálogo con Infobae, otro coautor del estudio Santiago Ron, del Museo de Zoología de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, de la Universidad Católica del Ecuador, en Quito, alertó que “en América Latina hay todavía muchas especies desconocidas para la ciencia. Esas especies pueden estar amenazadas. Pero si no se sabe de su existencia, no se las puede proteger”.
Se debería “prohibir el tráfico tanto legal como ilegal internacional de anfibios y reptiles”, señaló Ron, que es profesor principal y curador. En el caso de los anfibios, una de las principales amenazas “ha sido la expansión de enfermedades a escala global, algo similar a lo que sucedió con el coronavirus SARS-CoV-2 en los seres humanos”.
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