
Como ocurrió con el coronavirus que causa el COVID, pueden emerger patógenos potencialmente peligrosos que se propagan entre los seres humanos mucho antes de que el sistema de vigilancia de la salud pública logre detectarlos.
Un equipo de investigadores de diferentes departamentos de la Universidad de Yale, en los Estados Unidos, descubrió un biomarcador que podría ser útil para describir virus desconocidos de manera más rápida, incluso antes de que el patógeno circule masivamente en una comunidad.
Un biomarcador es una sustancia que se usa como indicador de un estado biológico; y puede ser indicador de procesos biológicos normales, procesos patogénicos o respuestas farmacológicas a una intervención terapéutica. En el caso de la investigación que hicieron los científicos de Yale, este marcador permite detectar virus que no se han identificado previamente.

Los investigadores encontraron que el biomarcador se puede tener en cuenta cuando se hacen los testeos en frotis nasales. Se identifica a través la presencia de una única molécula del sistema inmune y así se pueden descubrir virus sigilosos no identificados, según informan en la revista especializada Lancet Microbe.
“Encontrar un nuevo virus peligroso es como buscar una aguja en un pajar”, afirmó Ellen Foxman, profesora asociada de Medicina de Laboratorio e Inmunobiología y autora principal del estudio. “Hemos encontrado una forma de reducir significativamente el tamaño del pajar”, resaltó.
Generalmente, los encargados de salud pública que trabajan en vigilancia de patógenos suelen buscar en unas pocas fuentes las señales de advertencia de enfermedades emergentes. Estudian los virus emergentes en animales que pueden transmitir la infección a los humanos.

Pero es difícil determinar cuáles de los cientos, o miles, de nuevas variantes virales representan un verdadero peligro. Y se buscan brotes de afecciones respiratorias inexplicables, que fue como se descubrió en China el coronavirus SARS-Cov-2 que causa el COVID.
Cuando se produce un brote por un nuevo virus y se lo detecta, puede ser demasiado tarde para contener su propagación. El patógeno podría haber estado circulando y muchas personas podrían estar afectadas.
Para el nuevo estudio, Foxman y su equipo revisaron una observación realizada en su laboratorio en 2017, que pensaron que podría aportar una nueva forma de monitorear patógenos inesperados.

Los hisopados nasales se toman comúnmente de pacientes con sospecha de infecciones respiratorias y se analizan para detectar las características específicas de 10 a 15 virus conocidos. La mayoría de las pruebas dan negativo.
Pero el equipo de Foxman observó en 2017 que en unos pocos hisopados que dieron negativo para los virus “sospechosos habituales” seguían mostrando signos de que las defensas antivirales estaban activadas. Ese resultado indicaba la presencia de un virus. El signo revelador era un alto nivel de una única proteína antiviral producida por las células que recubren las fosas nasales.
A partir de ese hallazgo, los investigadores aplicaron métodos de secuenciación genética a muestras antiguas que contenían la proteína. En una de las muestras encontraron un virus de la gripe inesperado, que se llama gripe C.

Los investigadores también utilizaron esa misma estrategia de volver a analizar muestras antiguas para buscar casos perdidos de COVID-19 durante las dos primeras semanas de marzo de 2020. Aunque habían aparecido casos del virus en el estado de Nueva York por esas mismas fechas, las pruebas no estuvieron disponibles hasta semanas después.
Cientos de muestras de frotis nasales tomadas de pacientes en el Hospital de Yale-New Haven durante ese tiempo habían dado negativo en las pruebas comunes de detección del virus. Cuando se analizó el biomarcador del sistema inmune, la gran mayoría de esas muestras no mostraban ningún rastro de actividad del sistema de defensa antiviral.
Pero unas pocas sí lo hicieron. Entre ellas, el equipo encontró cuatro casos de COVID-19 que no habían sido diagnosticados en ese momento. Los resultados revelan que las pruebas de detección de la proteína antiviral producida por el organismo humano pueden ayudar a determinar con precisión qué hisopados nasales tienen más probabilidades de contener virus inesperados. Es decir, esa proteína antiviral se puede usar como biomarcador.

En diálogo con Infobae, el biólogo molecular Maximiliano Juri Ayub, del Instituto Multidisciplinario de Investigaciones Biológicas del Conicet en San Luis, consideró que el hallazgo de los científicos de Yale es “interesante especialmente para detectar posibles nuevos virus o inferir infección si no se ha realizado el diagnóstico”. Los investigadores -comentó- proponen usar a una proteína del sistema inmune del ser humano como predictor de infección viral para aquellos pacientes con síntomas.
Eso se puede lograr incluso si las pruebas de detección de virus respiratorios conocidos son negativas. En concreto, el estudio del biomarcador puede permitir a los investigadores acotar la búsqueda de patógenos inesperados. Ese avance hace factible la vigilancia de virus inesperados mediante hisopados recogidos durante la atención rutinaria a los pacientes, según los investigadores.
Las muestras que posean el biomarcador pueden analizarse con métodos genéticos más complejos para identificar patógenos inesperados o emergentes que circulen en la población de pacientes y poner en marcha una respuesta por parte de la comunidad sanitaria.
Los científicos Nagarjuna Cheemarla y Jason Bishai, también de la Universidad de Yale son coautores principales del artículo. También colaboraron Amelia Hanron y Joseph Fauver. Contaron con subsidios de los Institutos Nacionales de la Salud, la Fundación Hartwell, la Fundación Gruber, las Becas Rápidas para la investigación de COVID-19 del Centro Mercatus y el Fondo de la Familia Huffman.
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