
Aún sumergidos en los dilemas de la pandemia, identificar los determinantes de la gravedad de COVID-19 es importante para la prevención y la intervención de los sistemas de salud. En diferentes ocasiones los especialistas han sugerido el papel clave de las condiciones ambientales en el posible deterioro del sistema respiratorio en el marco de la infección por el SARS-CoV-2.
Ahora, un extenso estudio de miles de pacientes con COVID-19 en hospitales de Ontario, Canadá, realizado por profesionales de la Universidad de California en San Diego, EEUU, encontró vínculos entre la gravedad de las infecciones y los niveles de contaminantes del aire comunes que experimentaron.
“Esto se suma a la evidencia existente de que la contaminación del aire es un asesino silencioso”, explicó Chen Chen, epidemiólogo ambiental de la Universidad de California y autor principal del estudio publicado en el Canadian Medical Association Journal.
El informe analizó más de 150.000 casos de COVID-19 en pacientes de Ontario en 2020. Desglosó cuántos de ellos ingresaron en el hospital debido a la enfermedad, cuántos fueron transferidos a unidades de cuidados intensivos y cuántos murieron.

Más tarde, los investigadores recurrieron a datos desarrollados previamente que combinaron registros de monitoreo del aire con otras fuentes, como imágenes satelitales, para modelar los niveles en Ontario de tres contaminantes comunes: partículas finas, dióxido de nitrógeno y ozono a nivel del suelo. El segundo de ellos se emite en el escape de los motores, que luego se descompone en la atmósfera en ozono. Los tres contaminantes juntos crean smog.
Después de este paso, los científicos combinaron los datos de salud y contaminación, utilizando métodos estadísticos para descartar los efectos de lo que llamaron más de diez actores de confusión diferentes, como condiciones preexistentes y situación económica.
Los investigadores pudieron demostrar que las reacciones más graves al virus estaban asociadas con niveles más altos de exposición a largo plazo a los contaminantes del aire.
Por cada aumento del 25% en partículas finas a las que un paciente estuvo expuesto, la posibilidad de ser admitido en el hospital después de infectarse con COVID-19 aumentó en un 6% y las probabilidades de ser admitido en cuidados intensivos (UCI) aumentaron en un nueve por ciento. El equipo no encontró vínculos entre las tasas de mortalidad y la exposición a partículas.

Los efectos que pudieron identificar fueron menores para el dióxido de nitrógeno. Pero para el ozono a nivel del suelo, el estudio encontró que las correlaciones por cada 25% de aumento en la exposición eran mucho más altas: las posibilidades de ingreso hospitalario aumentaron un 15%. Las admisiones en cuidados intensivos un 30 por ciento, en tanto las tasas de mortalidad aumentaron un 18 por ciento.
“De las personas que ya estaban infectadas, observamos que algunas de las que estuvieron expuestas a niveles más altos de contaminación del aire antes de la infección tenían una mayor probabilidad de peores resultados”, explicó Chen.
El informe de los científicos se basa en investigaciones anteriores que analizaron los vínculos inmediatos entre los niveles de contaminación y las infecciones por COVID-19. Chen admitió que ese enfoque “no capta lo que podrían ser los efectos a largo plazo de los contaminantes del aire. Estuvimos analizando los niveles de contaminación a largo plazo y su impacto en la gravedad de COVID”.

Chen advirtió que el estudio no establece que los tres contaminantes en realidad causaran el empeoramiento de los resultados de la COVID-19. “Pero no sería una sorpresa -sugiere-. Se sabe que todos esos contaminantes irritan los pulmones y la función pulmonar, y el COVID-19 es una enfermedad que ataca la función respiratoria. Sabemos que este virus ingresa por nuestro sistema pulmonar. Es posible que estar expuesto a más contaminación del aire antes de la infección lo haga más susceptible”.
El presente estudio abre la puerta a una investigación más detallada sobre la variación en los resultados de COVID-19. ¿Cuál es el impacto de la edad, por ejemplo, o el estado económico?, son algunas de las preguntas que los autores citan en sus conclusiones y sobre las que se encuentran trabajando para los siguientes pasos de investigación.
“Este estudio no rastreó el mecanismo de cómo la contaminación del aire podría empeorar la enfermedad. Sin embargo nos ha confirmado que debemos hacernos muchas más preguntas en esta área”, concluyó Chen.
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