
El triunfo de Jair Bolsonaro en 2018 hizo creer al entonces jefe del Ejército brasileño, Eduardo Vilas Boas, que se presentaba una oportunidad para mostrar la capacidad de gestión de los militares y recomponer la imagen de los uniformados tres décadas después del fin de la Dictadura. Cayo en una trampa. Comprometió a las Fuerzas Armadas con su participación en un gobierno imprevisible que creó la peor crisis social de la historia del país con su negacionismo ante la pandemia de Covid que ya dejó 315.000 muertos y que amenaza con terminar en una tragedia mayúscula. Los militares llegaron a tener 10 ministerios y otros 6.000 ocupan cargos en todos los niveles de administración. Vilas Boas se tuvo que ir en enero de 2019. Bolsonaro era imposible de controlar. Desde entonces, los nuevos jefes militares buscaron la manera de salir del laberinto que se habían metido mientras el presidente los presionaba para que los apoyaran en su no-política para enfrentar la pandemia. Todo terminó como era previsible, con la peor crisis político-militar desde 1977: la renuncia del ministro de Defensa y de los tres comandantes de las Fuerzas Armadas.
La cúpula castrense estaba muy preocupada por los gestos autoritarios del presidente. Bolsonaro quería forzar a los militares a que lo apoyen con medidas de excepción en su batalla contra los gobernadores que están decretando confinamientos, cerrando el comercio, los colegios y las playas para reducir los contagios de coronavirus. Particularmente, cayó muy mal lo que dijo el presidente en un discurso del 8 de marzo: “Mi Ejército no va a obligar al pueblo a quedarse en casa”. Los uniformados no estaban dispuestos ni a usar la fuerza para evitar los cierres y mucho menos a aceptar ese imperativo “mi” que los convertía en títeres de la voluntad de Bolsonaro. “Contra la Constitución no haremos nada”, fue la respuesta por lo bajo de los comandantes.

El generalato nunca quiso a Bolsonaro. Siguieron las órdenes del comandante y se incorporaron al gobierno. Pero desconfiaron siempre del ex capitán que pasó a retiro tras ser absuelto por insubordinación. Había liderado una protesta para reclamar por mejores salarios y amenazó con una sublevación. Desde entonces tiene simpatías entre los militares de graduación inferior y los policías militares, pero nunca de los generales. El nuevo ministro de Defensa, Walter Braca Netto, no es precisamente un líder entre los oficiales y es improbable que vaya a modificar ese sentimiento de rechazo hacia el presidente.
Con la red sanitaria desbordada por el Covid, la suspensión de la ayuda de emergencia para los más necesitados, la rehabilitación política del ex presidente Lula da Silva y la caída en desgracia de su antiguo aliado político, el juez Sergio Moro, en la última semana, la crisis de gobierno se veía venir. Se hablaba de algunos cambios en el gabinete como ya es habitual en el gobierno de Bolsonaro: hizo 24 relevos ministeriales. Sanidad y Educación van por su cuarto titular. Pero la salida el lunes de su amigo, el ministro de Relaciones Exteriores, Ernesto Araújo, precipitó la “ruptura” con sus principales aliados, los militares.
Al ministro de Defensa, Fernando Azevedo, Bolsonaro lo destituyó sin contemplaciones tras una reunión de menos de cinco minutos y después de meses de tensión entre ambos. No se había visto nada parecido desde que el entonces presidente de facto Ernesto Geisel echó al ministro del Ejército en plena dictadura. Los comandantes no pudieron absorber semejante desplante y enviaron sus cartas de renuncia. Algunos creen que aprovecharon la situación para abandonar un barco que está a la deriva y en peligro de hundirse. “Esta es una crisis profunda y abarca tanto a los militares como al gobierno. Es la primera vez que sucede algo así desde la redemocratización. Ahora habrá que ver cómo sale Bolsonaro de ésta. Con los militares pareciera que ya no podrá contar, por lo menos como lo había hecho hasta ahora”, opinó João Roberto Martins Filho, especialista en temas de Defensa.
La salida del canciller Araújo también es muy significativa. Cientos de banqueros y economistas habían pedido su cabeza en una carta pública en la que lo responsabilizaron por el fracaso en conseguir dosis de vacunas en los países productores. Araújo se mostró en toda su gestión como un admirador incondicional del ex presidente estadounidense Donald Trump. El nuevo canciller, Carlos França, es un diplomático de carrera considerado moderado y pragmático. Tiene por delante dos tareas titánicas, la primera es la urgencia por conseguir el apoyo político para que lleguen mayores cantidades de vacunas. Y la otra, más de fondo, es la de revertir la imagen de “país paria” en el que Bolsonaro convirtió a Brasil con sus posiciones de extrema derecha y su negacionismo de la pandemia que, como lo indicó la Organización Mundial de la Salud, “pone en peligro a todo el mundo”.

El tercer relevo ministerial importante es el del Secretario de Gobierno que se encarga, sobre todo, de las relaciones con el Congreso. Allí es donde Bolsonaro tiene a sus nuevos aliados, los diputados y senadores de “la vieja política” que tanto denostó. Es lo se conoce como el “centrão”, el gran centro, un conglomerado de partidos de caciques territoriales sin ideología que ofrecen con escaso pudor su apoyo parlamentario al mejor postor a cambio de cargos con abultados presupuestos. La nueva ministra a cargo de esa cartera es la diputada Flávia Arruda que entra en el gabinete como representante de esa constelación de siglas. Bolsonaro busca que, a cambio, los presidentes de las dos Cámaras, ambos del Centrão, lo protejan ante investigaciones de corrupción a él y a sus cuatro hijos que lo asesoran mientras hacen dudosos negocios y de las decenas de peticiones de impeachment que están en tratamiento en el Congreso.
Es probable que, con esta salida masiva del gobierno, las Fuerzas Armadas puedan, en cierta manera, lavar -aunque marginalmente- su imagen de corresponsables de la enorme crisis sanitaria y social en la que está sumido el país. Pero no se podrán despegar totalmente del gobierno de Bolsonaro. Los militares fueron hasta ahora el mayor sostén del gobierno y la mayoría de ellos conservan sus puestos.
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