El giro de Jair Bolsonaro: de las críticas al clientelismo a la “renta ciudadana” en busca de la reelección

Tras pasar la mayor parte de carrera política cuestionando las políticas sociales, el presidente brasileño se ilusiona con los potenciales réditos electorales de hacer permanente el auxilio de emergencia aprobado por la pandemia, clave en el aumento de su popularidad, especialmente entre las personas de bajos recursos

dmizrahi@infobae.com
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, hace un gesto después de asistir a la ceremonia de lanzamiento del Nuevo Crédito de la Vivienda en el Palacio del Planalto en Brasilia, el 30 de septiembre de 2020 (REUTERS/Ueslei Marcelino)
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, hace un gesto después de asistir a la ceremonia de lanzamiento del Nuevo Crédito de la Vivienda en el Palacio del Planalto en Brasilia, el 30 de septiembre de 2020 (REUTERS/Ueslei Marcelino)

“El programa Bolsa Familia no es más que un proyecto para tomar el dinero de los que lo producen y dárselo a los que se acomodan para usen su título de votante y mantengan a los que están en el poder”, dijo Jair Bolsonaro en febrero de 2011, en un discurso en la Cámara de Diputados.

No fue un comentario aislado. Las críticas a la política social eran parte de la marca que construyó el presidente brasileño a lo largo de su carrera como diputado. Cualquier programa de asistencia social o transferencia de ingresos era considerado por él como alguna forma de clientelismo, una de sus críticas preferidas a la clase política, de la que él se autoexcluía.

Ese discurso antisistema fue una de las claves de su éxito electoral en el marco de la profunda crisis de representación en la que se hundió Brasil a partir de 2016. Incluso en 2017, cuando Bolsonaro empezaba a asomar como un aspirante competitivo en las encuestas, insistía en sus críticas. “Para ser candidato a presidente uno tiene que decir que va a ampliar el Bolsa Familia (BF). Entonces voten a otro candidato. Yo no hago demagogia”, afirmó.

Solo en los meses previos a los comicios, cuando pasó a ser el favorito, moderó su discurso y dijo que conservaría el programa insignia de los gobiernos de Lula da Silva por “razones humanitarias”. Pero todo indicaba que no iba a ser una prioridad. Sobre todo, porque cualquier extensión de los planes sociales parecía incompatible con una de las principales apuestas de su programa de gobierno, las ambiciosas reformas liberales de Paulo Guedes, candidato a superministro de Economía, que prometía bajar el gasto público.

Así ganó con claridad las elecciones en octubre de 2018. Pero desde su asunción en enero de 2019, el plan empezó a dar muestras de sus limitaciones como programa de gobierno. Por un lado, la decisión de no acordar con ningún otro partido y de insistir en la confrontación con el establishment político, en un país que sólo se deja gobernar pactando, lo fue dejando cada vez más aislado y débil. Por otro, las políticas de Guedes no daban los resultados esperados. Al menos no a la velocidad que necesitaba el gobierno.

Este año empezó mal para Bolsonaro, con la multiplicación de denuncias por manejos financieros sospechosos contra su círculo familiar, desde sus hijos hasta su esposa. Cuando a ese cóctel se sumó la pandemia, parecía que el gobierno se derrumbaba. Brasil se convirtió rápidamente en uno de los países con más muertos por COVID-19: segundo en términos absolutos, con 150.000, y séptimo en relación a su población. Además, la economía, que no había llegado a despegar, se desplomó a pesar de los intentos de Bolsonaro por evitarlo oponiéndose a las cuarentenas, que los gobernadores aplicaron de todos modos en buena parte del territorio nacional.

La desaprobación del gobierno de Bolsonaro llegó en junio al peor nivel de su presidencia. El 44% de los brasileños tenían una opinión negativa y solo el 32% lo apoyaba, según Datafolha. Al mismo tiempo, la renuncia de Sergio Moro al Ministerio de Justicia y Seguridad, denunciando el intento del presidente de interferir en la Policía Federal para obstaculizar investigaciones contra sus hijos, lo dejó sin uno de sus pilares e instaló la amenaza del impeachment.

Pero fue precisamente la corporación política reunida en el Parlamento la que le arrojó un salvavidas inesperado. En realidad, ya se lo había lanzado, pero el rédito recién se empezaba a sentir. Contra la voluntad inicial del gobierno, el Congreso había aprobado en marzo el otorgamiento de un auxilio de emergencia de 600 reales mensuales (108 dólares) a las personas de bajos recursos. El subsidio llegó a más del 50% de los hogares, según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), algo nunca antes visto en términos de magnitud ni de alcance.

El Ministro de Economía de Brasil, Paulo Guedes, sonríe junto al Presidente Jair Bolsonaro, antes de la ceremonia de lanzamiento del programa Voo Simples en Brasilia, el 7 de octubre de 2020 (REUTERS/Ueslei Marcelino)
El Ministro de Economía de Brasil, Paulo Guedes, sonríe junto al Presidente Jair Bolsonaro, antes de la ceremonia de lanzamiento del programa Voo Simples en Brasilia, el 7 de octubre de 2020 (REUTERS/Ueslei Marcelino)

“Bolsonaro fue electo con un discurso contrario a las prácticas tradicionales de la política, que incluyen el clientelismo, el nepotismo y otras formas de beneficios particulares. También con un discurso liberal, a favor del mercado y en contra de las políticas redistributivas. Su acción, sin embargo, niega todo este discurso. La revelación del nombramiento de familiares y amigos para componer su gabinete como diputado y las designaciones en puestos importantes basadas en la proximidad personal muestran el espíritu nepotista del gobierno. El uso electoral del auxilio de emergencia se acerca mucho a lo que más criticó en política. Bolsonaro estaba en contra al principio. Bajo presión, propuso una ayuda de 200 reales. Fue la Cámara de Diputados la que aumentó la cantidad. No hay un programa de erradicación de la pobreza, sino un intento de aumentar su base de votantes de bajos ingresos”, explicó Fernando Guarnieri, investigador del Instituto de Estudios Sociales y Políticos de la Universidad del Estado de Río de Janeiro, consultado por Infobae.

Tras construir una trayectoria en contra de las ayudas económicas a los más pobres, y luego de resistirse al auxilio en marzo, Bolsonaro se abrazó a él cuando vio que en agosto la aprobación de su gestión llegó a un récord de 37%, el máximo desde que asumió, y la desaprobación cayó al 34%, dejando un saldo positivo por primera vez en más de un año. Es por eso que respaldó su distribución hasta diciembre –aunque el monto bajó a 300 reales– y que ahora trabaja para crear un nuevo programa, que le permita mantenerlo hasta el final de su gobierno y ayudarlo a lograr la reelección.

La Renta Ciudadana (RC) –así se llamaría– simbolizaría el paso a una nueva etapa del proceso político protagonizado por Bolsonaro. Pero ese paso está rodeado de incertidumbre. Porque aún no se sabe cómo se va a financiar y porque no está claro cuál va a ser el impacto del virtual abandono de las grandes promesas de reforma económica personalizadas en Guedes, que se parece cada vez más a un mini-ministro.

Las instituciones trataron de impedir que Bolsonaro produjera un desastre aún mayor con la pandemia y, paradójicamente, le ofrecieron salidas retóricas. Por un lado, la Corte Suprema liberó a los estados y municipios para que tomaran sus propias medidas y decretaran el aislamiento social. Por otro, el Congreso creó la el auxilio de emergencia, que amortiguó sus consecuencias sociales y económicas. Como el electorado no discierne las responsabilidades de las acciones, Bolsonaro se convirtió en el padre y cosechó los frutos. Pero, al mismo tiempo, se convirtió en rehén de esta política, tanto que la única opción que le quedó fue adaptar el antiguo BF con un nuevo nombre, aunque aún no han podido definir de dónde vendrán los recursos para financiar el programa, que ya tiene un padre y un nombre, pero nadie sabe qué será ni quién lo pagará”, dijo a Infobae Vitor Peixoto, profesor de sociología política de la Universidad Estadual do Norte Fluminense.


Del sectarismo al pragmatismo

Hasta su llegada a la presidencia, Bolsonaro se había movido siempre dentro del sistema político, pero muy cerca de los márgenes, con un discurso muy radicalizado, de outsider. Una de las claves de su triunfo en 2018 fue saber articular esa impronta que se había vuelto atractiva para los segmentos de la población brasileña indignados con los políticos tradicionales, con algunas propuestas atractivas para el establishment económico y los sectores medios, que no querían otro presidente del Partido de los Trabajadores.

Su base electoral más fiel lo sigue a él porque se siente identificada con lo que representa, pero difícilmente iba a poder convencer a los otros votantes, que lo usaban como un escudo anti Lula, sin ciertas garantías. Esa era la función de Guedes en materia económica –para fortalecer el vínculo con el empresariado– y de Moro en el campo político –por ser la imagen de la lucha contra la corrupción asociada al PT–.

Pero la mezcla no dio el resultado esperado. En gran medida, por el abordaje sectario de la política por parte de Bolsonaro, que creyó que podía ser presidente con la misma lógica con la que había sido un diputado sin partido durante dos décadas. Es la razón por la que tanto las reformas de Guedes como las de Moro encontraron mucha resistencia en un Congreso que nunca la respondió al presidente, y las que prosperaron lo hicieron tras cambios que las diluyeron.

Maurício Canêdo Pinheiro es profesor de la Escuela Brasileña de Economía de la Fundación Getulio Vargas y compartió una sensación generalizada entre los economistas: “Guedes se fue desinflando de a poco”, dijo en diálogo con Infobae. “En parte, porque no tiene mucha experiencia política, habla demasiado y se pelea con uno y con otro. Con la pandemia se aceleró ese proceso. El real se devaluó mucho más que otras monedas emergentes y se percibe que las reformas no van a ser como prometió Guedes al inicio, y que incluso pueden ser menos de las necesarias. Por ejemplo, ahora salió una reforma administrativa que ataca todo menos lo importante. Está claro que las transformaciones tienen costos y me parece que Bolsonaro no está dispuesto a pagarlos. Lo mismo se ve con el enfrentamiento a la corrupción, que se terminó”.

Jair Bolsonaro habla con el ex ministro de Justicia y Seguridad, Sergio Moro (EFE)
Jair Bolsonaro habla con el ex ministro de Justicia y Seguridad, Sergio Moro (EFE)

El esquema de gobierno original de Bolsonaro terminó de colapsar con la pandemia, cuando se concretó la salida de Moro y se acentuó el empequeñecimiento de Guedes. Con una economía cada vez más más deteriorada y la proliferación de escándalos alrededor de su familia, Bolsonaro pudo mantener el apoyo de sus seguidores más convencidos, pero perdió la confianza de una parte significativa de la clase media y de los sectores de más altos ingresos.

Fue la preocupación por su futuro político si seguía por el mismo camino, a la luz de lo que pasa en Brasil con los presidentes débiles y aislados, como Fernando Collor de Mello y Dilma Rousseff, lo que lo llevó a cambiar de estrategia. La bisagra en ese proceso fue hacer lo que había tratado de evitar: pactar con la partidocracia. A cambio de cargos y de ciertas prebendas, consiguió el respaldo de un grupo muy importante de diputados y senadores pertenecientes al Centrão, como se conoce a una serie de partidos cuya identidad es definida por la recolección de recursos económicos y políticos.

El hecho es que en los últimos dos meses ha surgido un nuevo Bolsonaro –dijo Peixoto–. Lo que estamos presenciando es un cambio completo tanto en el estilo como en la actuación del presidente tras los acuerdos con los partidos del Centrão (PP, PSD, DEM, Republicanos, PL, Solidaridad, MDB, PTB). Le han puesto una especie de collar y, supuestamente, lo ha domesticado. Las hipótesis que podrían explicar este punto de inflexión se refieren a los escándalos de corrupción que involucran a miembros de su familia. A primera vista, Bolsonaro se vio obligado a negociar y fue moderado por la fuerza pragmática del Centrão, a quien le dio las riendas del gobierno. Queda por ver cuánto tiempo podrá permanecer en este nuevo papel”.

El fin de la confrontación con el Congreso le dio tranquilidad y amplió los márgenes de gobernabilidad de Bolsonaro, que en los últimos meses empezó a parecerse más a otros presidentes y a mimetizarse con la estilo brasileño de hacer política. El auxilio de emergencia y la propuesta de crear la RC es el complemento de ese giro.

Un ciudadano camina junto a una imagen del presidente Bolsonaro sosteniendo un cartel con su polémico comentario sobre el COVID-19 al inicio de la pandemia (EFE/ FERNANDO BIZERRA/Archivo)
Un ciudadano camina junto a una imagen del presidente Bolsonaro sosteniendo un cartel con su polémico comentario sobre el COVID-19 al inicio de la pandemia (EFE/ FERNANDO BIZERRA/Archivo)

Las encuestas de Datafolha registran un incipiente mutación en la composición social de la base bolsonarista. En diciembre de 2019 había una relación casi lineal entre poder adquisitivo y apoyo a Bolsonaro: a medida que crecía uno crecía el otro. Así, en la parte baja de la escala, compuesta por las personas que viven en hogares que cobran menos de dos salarios mínimos, tenía una opinión positiva sobre él apenas el 22 por ciento. El 43%, es decir, el doble, hacía una valoración negativa de su gestión. El apoyo subía al 35% en la clase media baja (entre dos y cinco salarios mínimos) y saltaba a 44% en los dos estratos superiores. El saldo más favorable lo tenía entre los que ganan más de diez salarios mínimos: un diferencial de 16 puntos porcentuales entre gente a favor y en contra.

Pero en ningún grupo creció tanto entre diciembre y agosto como en el de menores ingresos, donde pasó de 22% a 35% de respaldo, y de 43% a 31% de rechazo, de modo que convirtió un diferencial de -21 en uno de +4. También creció en la clase media baja, ya que pasaron de 35% a 40% sus adherentes, pero los detractores crecieron un poco más, de 31 a 37%, a expensas de una merma de los neutrales. El saldo es de +3, inferior al del primer grupo.

En cambio, directamente retrocedió entre los segmentos de mayor poder adquisitivo. En los dos cohortes la aprobación cayó de 44% a 40 por ciento. El rechazo avanzó tanto que quedó empatado en lo que sería la clase media alta, y pasó a estar -7 en el saldo de la clase alta, cuando en diciembre estaba en +16.

Es muy pronto para saber si este cambio es coyuntural o se está volviendo estructural. En buena medida, depende de lo que suceda con la RC. No sólo de si se crea o no, sino de sus condiciones. Porque si no es más amplia y generosa que el BF es poco probable que le permita consolidar lo que ganó entre los más pobres. Por otro lado, si para financiarlo tiene que tocar intereses sensibles puede ganarse nuevos enemigos, lo que podría horadar aún más su imagen entre las personas de mayores recursos.

Bolsonaro sostiene a su perro 'Néstor' durante una ceremonia de sanción de la ley de defensa de los animales en el Palacio del Planalto en Brasilia, el 29 de septiembre de 2020 (REUTERS/Adriano Machado)
Bolsonaro sostiene a su perro 'Néstor' durante una ceremonia de sanción de la ley de defensa de los animales en el Palacio del Planalto en Brasilia, el 29 de septiembre de 2020 (REUTERS/Adriano Machado)

Si le sale bien, Bolsonaro podría seguir un recorrido similar al de Lula. Si bien en 2002 ganó en todo el país, fue primordialmente por el voto de sectores populares y medios urbanos del sudeste. Sin embargo, a partir de entonces convirtió en su bastión a los estados pobres del nordeste, en gran medida gracias al BF y a otras políticas sociales.

“El BF le dio dividendos electorales a Lula, pero no fue el factor determinante de su victoria –dijo Guarnieri–. Su gobierno realizó innumerables acciones para erradicar la pobreza que cambiaron la realidad en regiones enteras del nordeste brasileño. Esas zonas son las que menos votaron por Bolsonaro en 2018 y las que más apoyaron al PT, y creo que seguirá siendo así. Pero Bolsonaro fue capaz de atraer a una parte del electorado petista que se benefició del BF en otras regiones del país, donde no hubo tantos cambios en la realidad. Este votante de bajos ingresos vive principalmente en las grandes ciudades del sur y del medio oeste, donde la violencia y la corrupción se consideraban los mayores problemas nacionales. No creo que la recepción de la RC por sí misma conduzca a fuertes cambios en el electorado. La situación en el país y en las grandes ciudades será más decisiva”.

La victoria de Fernando Haddad en los estados del Nordeste en 2018 confirma que el PT sigue siendo muy fuerte allí. Pero la penetración de Bolsonaro en barrios empobrecidos de las áreas metropolitanas muestra que tiene potencial electoral en los segmentos bajos de la población. Eso es lo que tratará de explotar para compensar la pérdida de electores de clase media, que en 2022 podrían acompañar a otros candidatos de centroderecha.

“Una porción de los pobres que es evangélica ya está masivamente a favor de Bolsonaro. Ahora, que un nuevo programa social le permita robar parte del electorado de Lula y del PT depende de cómo se construya y de cuáles sean los discursos que lo rodeen. Si toma dinero de otras políticas sociales, creo que el efecto será pequeño. Si además el PT promete implementar políticas más robustas, también”, dijo a Infobae Sergio Simoni Junior, profesor del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul.

Una manifestación en Sao Paulo en apoyo del ex presidente de Brasil, Lula da Silva (CRIS FAGA / ZUMA PRESS)
Una manifestación en Sao Paulo en apoyo del ex presidente de Brasil, Lula da Silva (CRIS FAGA / ZUMA PRESS)

La jugada podría salirle muy mal a Bolsonaro. La principal causa es que no va a ser gratis la creación de la RC. Si en cualquier país sería difícil financiar un programa tan ambicioso, lo es mucho más en Brasil, que en 2017 aprobó una enmienda constitucional que establece un techo al gasto público, que solo puede aumentar de un año a otro lo mismo que la inflación. Eso significa que necesariamente tendrá que sacarle a algún sector esos recursos, lo que generará una reacción.

“Si el Gobierno quiere abrir espacio fiscal para aprobar la RC tendrá que disminuir los gastos en otra cosa, esa es la cuestión –dijo Canêdo Pinheiro–. La primera propuesta del Ministerio de Economía era hacer un nuevo diseño de varios programas sociales que hay en Brasil, sacar plata de unos que son menos eficientes, que quizás no están dirigidos a paliar la pobreza extrema, pero fue rechazado por Bolsonaro porque no quiso sacar de gente pobre para darle a gente más pobre. Después están los recursos que se destinan a pagar las deudas que tiene el gobierno con empresas y con personas, que la Justicia le manda a saldar. La idea de usar ese dinero sonó muy mal, cayó la bolsa y subió el dólar. Es lo que hizo Dilma, financiar un programa permanente con algo que no es permanente. Así que se descartó la idea. Ahora se suspendieron las negociaciones por hay elecciones municipales, así que después lo van a ver bien. Creo que lo van a aprobar, pero hay que ver cómo”.

Otra de las razones por las que puede salir mal es que si la economía no crece, no hay programa social que pueda salvar a un gobierno. El plan de Guedes podía ser cuestionable para los antiliberales, pero al menos sentaba las bases de un horizonte creíble de crecimiento económico. No está claro que el Gobierno tenga ahora un programa viable. Y nadie discute que Brasil lo necesita, porque el estancamiento lleva ya demasiado tiempo. El riesgo al que se enfrenta Bolsonaro es que la RC no sea suficiente para garantizarle un apoyo electoral significativo entre los sectores populares, pero sí para ganarse la desconfianza de los inversores, lo que podría enterrar sus sueños de reelección.

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