
Luego de pasar más de 500 días en la cárcel por corrupción, el presidente de Brasil, Luis Inácio Lula da Silva, está en un afán tremendo por dejar un legado. Su historia como el primer presidente de izquierda en el gigante suramericano no solo ya quedó atrás sino que tiene la sombra del mayor escándalo de corrupción en la historia de ese país. El hecho de que por un tecnicismo tengan que repetir el juicio no cambia la realidad de la condena por la que fue encarcelado.
Pues bien, ahora que tiene una segunda oportunidad no ha desaprovechado un segundo, incluso antes de ser elegido, para tratar de rehacer la historia, por un lado, e intentar crear una nueva basada en una política exterior muy radical que maneja desde Planalto, así se le dice al palacio presidencial brasilero, y excluyendo a Itamarati, una de las cancillerías más poderosas del continente.
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Ya en las elecciones los abogados de Lula lograron, con complicidad del Tribunal Electoral, censurar periodistas y hasta políticos de oposición. Las cuentas de redes sociales que mencionaban que Lula había sido condenado y había pasado 580 días en la cárcel, cosa que era cierta, eran censuradas. Hoy en Brasil no se puede decir nada del pasado judicial de Lula y las redes sociales que lo hagan pueden recibir millonarias multas.

Durante el proceso electoral las quejas de los abogados del hoy presidente eran respondidas el mismo día, mientras que las de los abogados de Bolsonaro pasaban semanas sin decisión alguna, así las redes acusaran al hoy exmandatario de nazi, genocida y otras barbaridades. En la historia democrática de Brasil nunca se había visto una parcialidad tan clara de una entidad electoral que, dadas sus actuaciones, hoy se parece más al CNE de Maduro que a una entidad independiente que debe salvaguardar el proceso electoral.
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Esta censura ha llegado al extremo de que un columnista de Folha, casado con un parlamentario del PT, Glen Greenwood, fue acusado de terrorista por criticar al juez Alexandre de Moraes, el ícono de esa censura a las redes sociales, y Augusto Nunes, periodista de gran renombre, fue despedido de su medio Joven Pam por escribir un trino donde decía que Lula había sido condenado por ladrón, era un ex presidiario y amigo de dictadores; incluso el New York Times, diario de izquierda liberal, ha escrito sobre los abusos de poder de este juez y de la Corte Suprema y cómo sus decisiones afectan la democracia brasileña.
A este deterioro democrático se añade el afán de construir una nueva narrativa sobre la política exterior brasileña con Lula como epicentro. Su afán es tal que en estos seis meses ha viajado casi tanto como en los primeros cuatro años de su primer gobierno. Lo primero que hizo fue nombrar a su excanciller Celso Amorin como asesor internacional y la verdad es que quien hoy debería manejar la política exterior de Brasil. Itamarati, actúa como ejecutor de segunda mano, pues todas las decisiones se toman en el palacio presidencial.
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El primer paso en falso fue su propuesta de paz para Ucrania. Que, obvio, no despegó, pues la cercanía de Lula con Rusia y China no le da un ápice de credibilidad. El puntillazo final fue el desaire que le hizo a Zelensky en la reunión del G7, donde ni siquiera se paró a saludar a unos de los líderes más reconocidos del mundo. Sin embargo, aún insiste, por lo menos para buscar el Nobel de Paz. Hace poco envió a su mano derecha, Celso Amorin, supuestamente a unos temas oficiales a Noruega, pero todo el mundo sabe la verdadera razón de su viaje: empujar su candidatura para ese desvalorizado premio.

Como no funcionó su propuesta de paz, enfocó sus esfuerzos en revivir Unasur, uno de sus legados de la década antepasada que la verdad ha quedado en nada. Invitó primero a Maduro a una visita oficial -y eso que no se puede decir en Brasil que Lula es amigo de los dictadores- dos días antes de la reunión, lo que ya generó incomodidad en los otros presidentes. Ahí salió con su famosa frase de que en Venezuela no pasa nada y lo que hay es una narrativa. Se olvidó que al día siguiente llegaban los mandatarios de los países donde se refugiaron millones de venezolanos huyendo de la violencia, la represión y la pobreza.
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Obvio, la respuesta no se hizo esperar y se dio de varias maneras inusitadas. La primera es que nadie quería estar al lado de Maduro ni en la foto ni en la mesa de diálogo donde se dio la reunión; nadie quería estar cerca. ¿Las víctimas? Los líderes de Surinam y Guyana, a quienes el mismo Brasil mandó a recoger luego, no tenían opción. Para la foto se sumó su “canciller”, Gustavo Petro.
Pero lo más interesante se dio en la reunión donde supuestamente solo harían público el discurso de Lula. Sin embargo, cuando el presidente de Uruguay Luis Lacalle se dio cuenta de esa censura prendió su celular y emitió en directo a través de un live en su Instagram una respuesta rechazando esas declaraciones y la dictadura de Maduro. Lula se salió de los chiros y las críticas de los presidentes de Ecuador y Paraguay nunca salieron del recinto.
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Luego vino la rueda de prensa del presidente de Chile, Gabriel Boric, quien ha sido coherente en los temas de derechos humanos y de democracia y, claro, rechazó de manera contundente las declaraciones de Lula. Su cumbre, por cuenta de su amigo el dictador Maduro, había sido un fracaso. Casi todos los presidentes salieron corriendo de Brasilia y no asistieron a la cena de cierre.
¿Que viene ahora en el ocaso de Lula dada su edad y su cáncer? Sin duda, más cercanía con China, con Rusia y con Irán. Dada la historia radical de Amorín solo se puede esperar una política exterior en ese sentido, pero con un cambio en Argentina como el que se ve venir, pues el contrapeso a esa radicalidad comienza a darse y ya Lacalle y los demócratas que lo admiramos, no vamos a estar tan solos.
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