Hay historias que encuentran su forma definitiva con el paso del tiempo. Y hay nombres que, sin proponérselo, terminan fundiéndose con ellas hasta volverse inseparables. La de Parque Lezama es una de esas. Y también lo es la de Luis Brandoni, que murió este lunes, a los 86 años, tras sufrir un hematoma subdural —una acumulación de sangre entre el cerebro y su cubierta exterior— provocado por un golpe en la cabeza luego de una caída en su casa. La noticia, inevitablemente, resignifica cada una de sus últimas apariciones, incluso esta: su León Schwartz llevado al cine, como una suerte de despedida involuntaria.
Quién hubiera dicho que, después de levantar el Oscar con El secreto de sus ojos en 2010, Juan José Campanella elegiría el camino más paciente, casi artesanal, para volver a filmar en la Argentina. Apenas tres películas en dieciséis años: Metegol, El cuento de las comadrejas y ahora Parque Lezama, esa criatura escénica que ya llevaba más de una década respirando sobre tablas, nacida a partir de I’m Not Rappaport, de Herb Gardner, y transformada en un fenómeno propio.
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En el medio, Campanella se volcó a las series, pero había algo en esta historia que lo reclamaba de regreso. Quizás la certeza de que no se trataba solo de una adaptación, sino de una memoria viva: 1.170 funciones desde su estreno en 2013, primero en el Liceo, después en el Politeama, con Brandoni y Eduardo Blanco apropiándose de esos personajes hasta volverlos carne.

El salto al cine —estrenado el 19 de febrero y luego incorporado a Netflix el 6 de marzo— no traiciona ese origen teatral: lo potencia. Si en el escenario la palabra era todo, en la pantalla los primeros planos le agregan una dimensión nueva, casi íntima. Campanella no “abre” la historia, no la expande hacia lo cinematográfico convencional. La concentra. La respeta. La deja respirar en ese mismo banco del Parque Lezama donde León Schwartz y Antonio Cardozo discuten la vida como si el tiempo no existiera… o como si se estuviera terminando.
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León, el militante comunista que exagera, inventa, seduce con sus relatos; Antonio, el hombre cansado que solo quiere transitar sus últimos años sin sobresaltos. Entre ellos, un duelo de miradas sobre el mundo, sobre la vejez, sobre lo que queda. Ese contrapunto fue siempre el corazón de la obra. Y lo sigue siendo acá.
Hoy, con la muerte de Brandoni todavía fresca, su León Schwartz adquiere otro peso. Hay algo en su mirada, en su forma de decir, en sus pausas, que ya no suena solo a interpretación. Suena a legado.
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Sobre ese proceso, Verónica Pelaccini —su hija en la ficción en las tablas y en la pantalla grande— lo explicaba con precisión emocional: “Fue como un ejercicio con el mejor de los maestros, porque estamos hablando de Campanella. A veces uno tiende a pensar que la película es lo mismo que se vio en el teatro trasladado al cine y la verdad es que en este caso estamos ante una especie de juego donde se nos propuso algo distinto, una transposición total. Todo lo que pasaba en el teatro está super valorizado por la cámara, hay algo de la intimidad, del pensamiento y de las emociones que vistos a través del lente permite que el público sienta el hecho cinematográfico generando una complicidad aún mayor con el espectador...”
Y también: “Beto es el mejor compañero que podés tener. Es cómplice, conectábamos mutuamente, tiene mucho sentido del humor y es extremadamente generoso como compañero y como actor...”
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Quizás ahí esté la clave de todo. En esa palabra: generoso. Brandoni lo fue en escena, con sus compañeros, con el público. Y Parque Lezama, sin haberlo buscado, termina funcionando como un testimonio. No solo de una obra que marcó un hito en el teatro argentino, sino de un actor que hizo de cada personaje una forma de quedarse un poco más.
Porque al final, mientras León sigue hablando en ese banco, mientras Antonio lo escucha con una mezcla de fastidio y ternura, lo que queda no es solo la historia. Es la sensación de que algunos diálogos no terminan nunca. Y de que ciertas despedidas, incluso cuando llegan, encuentran la manera de no ser del todo definitivas.
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