
Adrián Bar, líder de las bandas Orions Beethoven y Triciclosclos y uno de los pioneros del rock argentino, murió este martes, según confirmó su productora a través de un comunicado oficial. Tenía 73 años y una trayectoria extensa ligada a los márgenes más persistentes y creativos del género. Músico y compositor, fue una figura clave en la construcción de una escena que entendió al rock como forma de vida y canal de expresión cultural, lejos de la consagración masiva.
El deceso de Adrián Bar, figura cardinal y menos visible del rock argentino, reactiva un debate pendiente sobre la memoria y el reconocimiento a los pioneros que forjaron la identidad del género desde la periferia. Su productora, Mandíbula, informó que sus cenizas se depositarán en el mar argentino, en Santa Clara del Mar, en una ceremonia aún sin fecha definida, a la que podrán asistir familiares, amigos y quienes deseen acompañar.
Esta disposición, que rechaza una despedida pública inmediata, refleja el itinerario vital de un creador que siempre eligió el movimiento, el paisaje y la libertad como coordenadas centrales de su vida artística y personal. En el mensaje difundido para anunciar su fallecimiento, la productora expresó: “Lamentablemente queremos comunicar a toda la comunidad artística, rockera, a los medios y al público en general el fallecimiento de uno de los pioneros de nuestro rock nacional, Adrián Bar está descansando en paz”.

El comunicado no precisó el motivo de la muerte, aunque la figura de Bar había adquirido en los últimos años un lugar de testigo activo, afianzando su presencia en la memoria cultural mientras mantenía una distancia crítica y creativa con el escenario central del rock nacional.
A finales de 2023, Adrián Bar volvió a mostrar su capacidad introspectiva a través de sus redes sociales: “Finalmente me llegó ese tiempo al que denominan ‘vejez’, donde las cosas circunstanciales suceden en forma diferente a las que estábamos acostumbrados. A mí me pasa, hay cosas que ya no puedo hacer, es lógico, al cuerpo le pasan factura por los excesos realizados, llevo en mi mochila un par de condiciones físicas complicadas, pero no me quejo ni me arrepiento, sigo viviendo como siempre, como toda la vida, es verdad, con algunas limitaciones, pero con el fuego eterno que llevamos dentro brillando, encendido. Cada segundo, cada instante son eternos y efímeros a la vez”, publicó el músico.
Nacido en 1952, Bar integró una generación que entendió el rock como una experiencia global: música, pertenencia, identidad, cultura. En la década de los 70 fundó Orion’s Beethoven con su hermano Ronan, grupo devenido en Orions, con el que se volvió protagonista del origen del rock argentino, participando en festivales emblemáticos como Pinap, B.A. Rock y La Falda Rock.
Tocó junto a exponentes como Luis Alberto Spinetta y Pappo, y Charly García llegó a grabar con Orions Beethoven. Lejos de ocupar un lugar destacado en los manuales oficiales, Bar trazó su legado en la trama subterránea del rock argentino. Su estilo esquivaba fórmulas y mercados, colocando en primer plano la búsqueda artística y la independencia. Con la banda Triciclosclos durante los años 90 continuó ese derrotero. En sus conciertos, la música se entendía como una experiencia colectiva más que como espectáculo.
Para Bar, la frase “Toda la noche hasta que salga el sol tocando en una banda de rock and roll, sin parar” fue mucho más que un estribillo recurrente: condensaba una forma de habitar el mundo y de pensar el arte. El artista eligió caminos laterales, lejos de las modas y del centro del canon, opción que le aseguró el respeto y la admiración de músicos y oyentes en busca de autenticidad. La influencia de la música clásica —herencia familiar— nutrió sus primeras exploraciones en el “rock sinfónico”. A punto de lanzar el álbum “Volando alto” con Orions en 1982, el músico Miguel Abuelo le propuso sumarse como guitarrista a Los Abuelos de la Nada, pero Bar, enfocado en su propio proyecto, sugirió a Gustavo Bazterrica, quien finalmente integró el grupo.
En marzo de 2015, Bar fue distinguido como Ciudadano Ilustre del Partido Tres de Febrero, recibiendo la mención en un festival ante 40.000 personas, de manos de su amigo Willy Quiroga. Su recorrido nunca apuntó al lucimiento inmediato, sino a ejercer con convicción el arte como forma de vida y de crítica. Durante el año pasado, Bar incursionó en la literatura publicando su primer libro, Bueno nada, presentado en diciembre en la Biblioteca del Congreso. Allí, Daniel Ripoll, el histórico editor de la revista Pelo, escribió en la contratapa: “Si cada ser humano es en sí mismo la representación carnal de ese uno con el universo, tiendo a creer que Adrián Bar es una de las personas (y personajes) más representativos, o al menos su mente, de esas capacidades y concentraciones múltiples”. La despedida proyectada junto al mar, sin estridencias públicas, sintetiza la coherencia de una carrera signada por la ética de la libertad y el rechazo a la domesticación de los orígenes.
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